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Nacionalismo y liberalismo, incompatibles por necesidad

No es raro encontrar en diversos lugares del mundo partidos políticos y otro tipo de organizaciones, como asociaciones de distinta naturaleza, que defienden tener la doble característica de liberal y nacionalista. Sobre lo primero, suelen defender en sentido amplio la libertad tanto económica como en otros aspectos de la vida de los ciudadanos. En cuanto lo segundo, hay dos opciones.

En unos casos son adalides de una supuesta ‘construcción’ nacional que se traduce en la búsqueda de la creación de un Estado propio para el conjunto de territorios que ellos identifican como propios de lo que consideran su ‘nación’ (lo cual puede lograrse mediante la secesión de un Estado, la unificación de varios o la segregación de territorios de diversos Estados para configurar uno nuevo). En otras situaciones, lo que proclaman es el mantenimiento de la ‘identidad nacional’ de una entidad política ya existente (a la que se pretende mantener en sus fronteras actuales o incluso se quiere expandir territorialmente con diversas excusas).

Aunque se trate de argumentar que nacionalismo y liberalismo son compatibles, en la práctica no lo son en absoluto. La ‘construcción nacional’ o el ‘fortalecimiento de la nación’ son procesos necesariamente colectivistas, en el sentido de que el centro de toda la acción es un sujeto colectivo al que se le dota de supuestos derechos y se le pretenden dar teóricas libertades. Y esto siempre choca de forma frontal con la libertad individual, que de hecho es la única que merece ser llamada y considerada como libertad.

Cuando alguno de esos partidos que pretende ser al mismo tiempo liberal y nacionalista obtiene el poder, se ve que termina primando lo segundo sobre lo primero. Así, establece o mantiene políticas destinadas a premiar el uso de una lengua sobre otras, llegando a castigar el uso de un determinado idioma. No se conforman en esto con regular los usos lingüísticos en cuestiones como la relación con la Administración, sino que entran en ámbitos privados (multar por rotular un negocio en determinado lenguaje y no en otro o castigar a los niños por la lengua que utilizan en el patio del colegio).

También se crean, por ejemplo, potentes medios de comunicación públicos destinados a adoctrinar a la ciudadanía, al tiempo que dedican mucho dinero público a subvencionar periódicos, radios, televisiones y sitios webs privados a cambio de sumisión al poder y su proyecto nacionalista. Por supuesto, no falta la creación de organismos de control, con poder sancionador incluso, destinados a perseguir a aquellas empresas periodísitcas que mantienen su independencia de criterio. En ocasiones, incluso, se llegan a elaborar informes y listas sobre periodistas ‘amigos’ y ‘enemigos’ (pueden usar otros términos que vienen a decir lo mismo). Nada de ello resulta liberal en absoluto.

Si todo lo anterior puede resultar exagerado, ha de pensarse que eso está ocurriendo, por ejemplo, en Cataluña. Esas son algunas de las políticas de una Convergència Democràtica de Catalunya que se define a sí misma como liberal y está inmersa en la construcción de una nación independiente catalana, para lo que no duda en hacer algo tan antiliberal como gastar ingentes cantidades de recursos públicos en adoctrinar a la ciudadanía y difundir por todo el mundo sus planes.

No vamos aquí a negar que sea posible un independentismo liberal. Al contrario, es perfectamente factible. Hay un ejemplo muy claro de ello: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Amércia –el progresivo alejamiento del sistema político de ese país de sus ideales liberales fundacionales es una cuestión diferente–. En ningún punto de este texto se alude a la existencia de una nación para justificar su separación de la Corona de Inglaterra. No se menciona la protección de la identidad nacional, o su construción, como el motivo de la secesión. Todo el texto gira en torno a la necesidad de liberarse de una tiranía y a la búsqueda de la libertad. No tiene nada que ver con el nacionalismo.

El independentismo liberal es posible, siempre que el objetivo sea limitar la capacidad de coacción del poder político sobre los ciudadanos. De hecho, en teoría también sería posible que un territorio se uniera a otra entidad estatal existente de la que no forma parte (o se juntaran varios Estados para crear uno nuevo) con el objetivo de lograr unas mayores garantías de libertad individual. Lo que nunca podremos encontrar es un nacionalismo liberal.