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Neolengua, nealengua, neolenguo

Ya imaginarán los lectores españoles que escribo sobre la paranoia pseudofeminista que sufrimos en este país desde hace años: impulsada tanto por los miembros y miembras, portavoces y portavozas de todas las izquierdas, como por los vascos y las vascas del mundo nacionalista más conservador.

Orwell tuvo una intuición genial cuando inventó esa palabra, newspeak: una de las mejores estrategias del Ministerio de la Verdad para controlar a esos pobres ciudadanos de 1984. Lo terrible es que no era una metáfora literaria, sino el reflejo de la espantosa realidad del comunismo, que siempre ha vivido jugando a manipular los hechos y las palabras: todo vale si es útil para sus fines.

Años después, en esta sociedad posmoderna del marxismo cultural, seguimos con las mismas argucias: han sustituido la revolución proletaria por ese invento del heteropatriarcado que, como abiertamente reconocen los teóricos podemitas en YouTube, no es más que una nueva trampa dialéctica para imponer su lucha de clases; ahora de género. Y claro, las primeras víctimas son los indefensos géneros gramaticales, que se han convertido en la herramienta del empoderamiento femenino.

No voy a discutir aquí si los hombres (de sexo masculino), a lo largo de la historia, hemos tenido un protagonismo exagerado en la vida pública. Aunque les planteo una pregunta sobre ese otro papel menos conocido de la mujer en la vida privada y familiar, que no aparece en las crónicas ni en la lista de emperadores romanos: además de acoger, alimentar o vestir a su prole, estoy seguro de que han sido las madres quienes les han enseñado a hablar. ¡Algo fundamental en la transmisión de la cultura!

Sin irnos tan lejos, fue una maestra quien me enseñó a escribir (también a mis hijos): gracias a ella ustedes pueden leer estas líneas… ¿Por qué no vamos a reconocerles entonces una importancia, incluso mayor?

Es cierto que todos los reyes godos fueron varones, así como tantos escritores, científicos o generales. Y eso ha venido marcando su impronta en algunos idiomas como el español, donde hemos conservado las terminaciones –os y –es para el plural masculino y femenino. No soy lingüista, pero el sentido común me dice que los idiomas se han ido formalizando despacio, generación tras generación: sin duda son uno de los “órdenes espontáneos” que brillantemente describiera Hayek. Imagino ese increíble y fascinante proceso -durante siglos- de evolución del latín a las lenguas romances, sin políticos, maestros independentistas ni consellers de cultura por medio… Dejen que las sociedades sigan moldeando nuestras lenguas en libertad, sin obligarnos desde arriba un canon “políticamente correcto”.

Hablaba de Roma y la imposición del latín como lingua franca del Imperio; lo que también me recuerda la expansión del español por América del Norte y del Sur. Con todo lo que pueda criticarse, desde mi punto de vista, fue una imposición más razonable que los procesos de inmersión lingüística que hoy sufren muchos niños de tantas comunidades autónomas en España. Así lo creo, y no pido perdón (como ha puesto de moda estos días Marta Sánchez con su himno…): me parece lógico, y se lo agradezco, que los romanos trajeran su latín a esta península Ibérica. También que los españoles usáramos la preciosa lengua de Cervantes para organizar ese Nuevo Mundo; sin olvidarnos de que enseguida tuvieron la sorprendente iniciativa de crear cátedras para estudiar y mantener los idiomas nativos -por ejemplo, el quechua o aimara andinos- en las universidades que se fundaron allí casi al tiempo de los Descubrimientos.

Parece que -por fin- asistimos a movimientos de rebelión contra esa manipulación del idioma y de la enseñanza. Nada más progresista que ello: ¡cultura y libertad son femeninos!

(Terminando de escribir este análisis, por casualidad, me he topado con una interesantísima entrevista de Cayetana Alvarez de Toledo a Jordan Peterson -a quien no conocía, pero creo que merece la pena seguirle la pista-. Ya me dirán).