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Patriotismo fiscal y otros liberticidios

Las crisis muestran la materia con la que estamos hechos, descubren tanto fortalezas como debilidades y la capacidad de sobrevivir. La pandemia de la covid-19 ha expuesto, ante todos los españoles, los objetivos, las estrategias (o su ausencia) e incluso la naturaleza ética, tanto de los socios del Gobierno como de la oposición. Un asunto diferente es el análisis o la interpretación de todo ello y las conclusiones que saque cada uno. En cuanto a la oposición, la hay desde más timorata a más audaz, de más segura de sus actos a más dubitativa, de más colaborativa a más belicosa. En cuanto al Gobierno y sus socios, creo que en general no engañan. El PSOE, dominado por la figura de Sánchez, muestra apetito por el poder o, al menos, por el cargo. Asume su labor en esta crisis, aparentemente, con el objetivo de que no le destronen, que salgan intactas su estructura y las relaciones con otros grupos, ajenos al partido. El conjunto de partidos que apoyan desde fuera al Gobierno siempre han tenido claros sus propósitos y peticiones y son ellas, y no las víctimas y muertos de la pandemia, los que marcan apoyos puntuales. He dejado para el último lugar a Unidas Podemos, antes Unidos Podemos, antes Podemos, porque siempre ha sido el que más claro ha tenido sus políticas, estrategias y objetivos. Sus soflamas y eslóganes nunca las han ocultado.

Unidas Podemos es, básicamente, comunista. Es cierto que algunas veces ha negado la ideología y se ha declarado transversal, del pueblo, de todos. Simple estrategia política que ha querido no asustar a los que saben lo que implica el comunismo. Al principio, era más útil no mostrarse como un partido y sí como un movimiento cercano a la “gente”, preocupado de las “víctimas” y luchador contra el “poderoso”. En este devenir, Unidas Podemos ha dejado detrás a gente desencantada al descubrir algunas de sus incoherencias, que su personal visión idílica no se correspondía con los hechos, pero pese a estas pérdidas, se ha abierto camino, algunas veces de manera magistral, en el proceloso y caótico mundo político para terminar formando una coalición de gobierno con el PSOE. Lo que puede ser perjudicial para ellos.

Cabe pensar que, para un partido que se dice revolucionario, no es de las mejores opciones afrontar una crisis como la de la covid-19 en el poder. Si el que hubiera podido hacer la coalición de gobierno en España hubiera sido la derecha o el centro derecha, incluso con apoyos externos, la naturaleza comunista y revolucionaria de los ‘podemitas’ los habría llevado a tomar la calle, a convocar o realizar innumerables manifestaciones, incluso en medio de la prohibición de salir, todo lo necesario para intentar hacer un cambio social. Es un hecho histórico que a los comunistas no les importan las víctimas cuando su prioridad es construir una nueva realidad, una nueva normalidad, un nuevo régimen. Los muertos y afectados serán, en todo caso, mártires futuros a los que se les reconocerá, o no, una vez tomado el poder absoluto. Ha querido la casualidad que la peor crisis a la que se ha enfrentado España desde la Guerra Civil sea con un gobierno de socialistas y comunistas bajo el paraguas, no sé si muy efectivo, de la UE. Hay que reconocer que esta ideología es incansable. Cuando se enfrentó con una crisis sin precedentes, como la caída de la Unión Soviética, supo orillarse para reinventarse y, con un nuevo lenguaje, vender los mismos y fracasados conceptos, de forma que los menos versados en su evolución ven todo ello como algo novedoso, un soplo de aire fresco, confundiendo la frescura con la fetidez de los muertos. Una de estas evoluciones es Unidas Podemos que, ahora, desde el poder, con la aquiescencia de los socialistas, impone políticas que poco o nada tienen que ver con la pandemia, aunque se venda como una necesidad circunstancial y es razonable pensar que pretenden que sea para siempre.

Pablo Iglesias, líder indiscutible de la formación, ha tenido un papel esencial en la crisis, pero no en la prevención de contagios o muertes, sino en la presión para instalar medidas de su programa. Hace unos días hablaba de la necesidad de promover el “patriotismo fiscal”, es decir, que con la excusa de que los altos patrimonios (uno de los enemigos habituales de los comunistas) deben pagar más impuestos, promueve que todos acerquemos el ascua a su sardina (que no la nuestra) y le demos parte de nuestras rentas o ahorros. Salvo sus acérrimos seguidores, todo el mundo sabe que este tipo de impuesto terminará afectando a todos. Los que puedan, se irán del país, al menos parte de sus fortunas. Cuando la recaudación no llegue a las expectativas pensadas, se irán barajando medidas que afecten a otras fortunas menos copiosas y así se descapitalizará a la clase media, empresas y autónomos y, necesariamente, la riqueza disminuirá. Mientras tanto, nosotros se lo guisamos y ellos se lo comen.

Uno de los sectores que más está sufriendo en esta crisis es el del turismo, junto a otros relacionados como el hostelero o las aerolíneas. El turismo nunca ha sido un sector muy apreciado por los ‘podemitas’. El propio Iglesias, Alberto Garzón, ahora ministro de Consumo, o Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, han atacado este negocio al que han asignado todo tipo de males, desde trabajos precarios (confundiendo lo temporal con lo precario), pasando por ser contaminante e insostenible, hasta peligroso para lo tradicional. Estas críticas han sido ataques al sector hotelero, al alquiler de apartamentos a través de plataformas online, medidas fiscales contra el sector han sido habituales, impuestos ‘verdes’ sobre los turistas, incluso movimientos ciudadanos relacionados con la extrema izquierda de carácter reivindicativo e incluso violento. Con todo eso, representa casi un 15% del PIB en España. Durante esta crisis, la parte ‘podemita’ del Gobierno, no sé si con la complicidad del PSOE, está tomando medidas que menoscaban el sector. El propio Alberto Garzón se refirió al turismo como un sector de bajo valor añadido. Quieren los de morado que el modelo económico cambie, pero tampoco aclaran exactamente a qué. Esto también es muy propio de los comunistas, saben que quieren el cambio y luego van improvisando, porque los únicos planes que tienen son los que asaltan el Palacio de Invierno, no los que pretenden mejorar la vida de la gente.

El tercer liberticidio al que me voy a referir es uno con el que están de acuerdo hasta ciertos sectores de la derecha: la renta mínima, un dinero que todo humano debería tener desde que nace y que pretende satisfacer… Bueno, eso es más complicado explicarlo; algunos dicen que las necesidades vitales, pero con el tiempo, el concepto ha cambiado. Eso de comer y beber, que es lo más vital, no es suficiente. También la casa, con ciertas condiciones, lógicamente, pues no cabe cualquier cuchitril… O sí, pero ya definiremos “cuchitril” (no vayamos a dejar fuera los pisos burbuja de Barcelona). Ahora se está hablando de pobreza energética, porque la electricidad es esencial, incluso la señal del wifi y, así, redefinimos el término “pobre”. La renta mínima es cada vez menos mínima si miramos los valores del mercado de estos productos y servicios.

En épocas difíciles es más fácil vender esta medida que, no debemos olvidar, saldría de los impuestos de los que trabajan o de los impuestos de los hijos y nietos de todos, si se tira de deuda. Qué menos que ahora, que estamos en plena pandemia, se dé una renta mínima a los que nada tienen y con nada se quedan. Cualquier duda sobre ello descubre a un desalmado que no ve el sufrimiento, un psicópata. Los subsidios siempre han sido una herramienta importante para los comunistas. Cabría preguntarse si, en el fondo, el sueño húmedo del ‘podemita’ es una cartilla de racionamiento universal y millones esperando su caridad. La renta mínima pública, sobre todo si cada vez hay más gente que lo necesita, es incompatible con la estabilidad de una sociedad occidental. Hay sistemas privados que consiguen resultados mucho mejores, desde seguros para los más pudientes, que les darían recursos en épocas difíciles, hasta la caridad de muchas instituciones para los que ya están en situación complicada. Estas ayudas deben estar limitadas en cantidad y en el tiempo (salvo situaciones extremas como, por ejemplo, enfermedades) y supeditadas a la búsqueda activa de trabajo o a una alternativa a la situación que se padece, pues se corre el riesgo vivir de ellas para siempre y aceptar una situación precaria a cambio de cierta sensación de seguridad. En definitiva, la renta mínima y, en general, los subsidios son una estupenda herramienta de control de las poblaciones, el principio y base de un estado clientelar.

Es difícil saber de dónde van a sacar el presupuesto para tanta ‘generosidad’, ya que el primer liberticidio no satisface, ni de lejos, los recursos necesarios. Sin embargo, a los comunistas este pequeño detalle nunca les ha importado mucho. Si no pueden, se los inventan, y si no tienen tanta imaginación, pues se tomarán medidas de represión para que los descontentos no se pronuncien y revuelvan a los menos descontentos. Lo que sí evidencia esta pandemia es la naturaleza del Estado, que más que servir a los ciudadanos, que es algo que los más estatistas siempre señalan, se sirve de ellos para soportar su existencia, porque ¿se ha planteado en este tiempo que llevamos de confinamiento y de crisis, alguna vez, en esta España que tenemos, que se vayan a recortar gastos e incluso servicios estatales (y no me refiero a los sanitarios, educativos y asistenciales)? Habrá que verlo, sin ánimo de ejercer de profeta, creo que no quedará otro remedio, y también habrá un incremento de la presión fiscal y, desde luego, en unos meses estaremos intervenidos por la UE. Y Unidas Podemos tendrá que reinventarse de nuevo. Y no dudo que lo hará.

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