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¿Qué democracia?

En la actualidad solo cuatro estados no se definen a sí mismos como democráticos: Ciudad del Vaticano, Arabia Saudita, Birmania y Brunei. Las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos suelen encontrarse siempre algo distorsionadas pero seguro que a nadie le costaría demasiado esfuerzo encontrar un puñado de estados más que, de ninguna forma, podrían adecuarse a lo que convencionalmente entendemos como democracia. Tal es la fuerza legitimadora de esta forma de gobierno que son pocos los estados que no enmascaran su tiranía tras formalismos y fórmulas creativas como apellidar a la democracia y otras argucias. Es posible que los cuatros estados no democráticos sean –en este asunto que aquí nos atañe– los más honrados, pues difícilmente podamos encontrar un lugar en este planeta en el que se practique la democracia, aunque previamente deberíamos preguntarnos qué democracia.

Pensar en democracia es pensar en la Grecia Clásica, pero para eso deberíamos afinar un poco más pues poco tenían que ver las formas de gobierno de una polis a otra; y aún tomando como referente a Atenas deberíamos especificar si vamos a tomar como modelo la que se regía tras la reforma de Solón o la que alcanzó la grandeza de Pericles hasta su decadencia frente a los macedonios. Pero sin duda existen unos puntos en común que son los que hoy admira y quiere recuperar la corriente republicana. La concepción del hombre sobre la que se asentaba el gobierno del pueblo no era otra que la del zoon politikon, la del hombre que solo puede realizarse en tanto que es ciudadano y miembro de pleno derecho de la polis. Un concepto integrador y de igualdad... sólo entre quienes eran considerados ciudadanos, los hombres libres. Porque los demás habitantes de la polis –algo así como tres cuartos de su población formada por mujeres, esclavos y extranjeros– no eran considerados como tales. La virtud y la felicidad solo podían alcanzarse en el ámbito público y con el aplauso de la Asamblea mientras que quienes se dedicaban a cultivar su jardín eran tildados de traidores; no se concebía la autonomía, sólo la igualdad y la libertad dentro de la Polis. Y es que si los griegos ya lo pensaron todo antes que nosotros, también la eterna fricción entre democracia y libertad fue discutida por ellos con una vigencia que a veces puede resultar asombrosa aunque por desgracia nos haya llegado sesgada.

La misma carga peyorativa que todavía hoy tiene el término sofista no es más que aquella que le dieron los buenos ciudadanos a aquellos filósofos que osaron vivir de enseñar a otros como ganarse a la opinión pública poniendo en cuestión los cimientos del bien común; al igual que los cínicos y los epicúreos que fueron considerados bárbaros por buscar la felicidad más allá de la vida pública. La propia condena a muerte de Sócrates marca esta ruptura en el pensamiento griego y en su apología final se puede leer que "cuando realmente se quiere combatir por la justicia y si se quiere vivir algún tiempo, es absolutamente necesario confinarse en la vida privada y no abordar la vida pública". Y aún así, condenado por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aceptó su destino legitimando el sometimiento absoluto del ciudadano a las leyes promulgadas por la Polis, última soberana de la vida de sus ciudadanos.

Pero la Historia se cobra sus venganzas y la democracia griega fue condenada al ostracismo –de la misma forma que lo eran sus políticos irresponsables– hasta bien entrado el siglo XVIII. La democracia adquirió entonces la acepción negativa que habían creado sus defensores: el pueblo –ahora masa informe– ya no era ciudadano virtuoso sino bárbaro manipulable; a diferencia de lo que ocurre hoy, tras la experiencia griega los gobiernos procuraron desvincularse de la idea democrática y buscar la legitimidad de su poder en otras esferas divinas o terrenales.

Superada esta idea de democracia absoluta su restitución solo llegó con la idea de representación y la idea de democracia como fórmula para elegir gobiernos antes que como forma de gobierno. La democracia como fin dejaba paso a la democracia como medio al mismo tiempo que Benjamin Constant trazaba la línea que diferenciaba la libertad de los antiguos a los de los modernos. No así para todos, pues la corriente del republicanismo que hoy guía a la izquierda –cuyo profeta podría considerarse Rousseau y su religión la revolución– retomará la idea de una democracia total y totalizadora en la que la Voluntad General es expresión única del conjunto de ciudadanos y debe anteponerse a ellos. Así, entronca con el ideal de democracia griega trasladándolo a la nueva realidad política que es el Estado-Nación en el que actualmente nos enmarcamos y en la que la tensión entre democracia y libertad continúa vigente como en aquél juicio popular en el que Sócrates fue condenado a muerte por enseñar a sus semejantes a buscar su propia verdad más allá de las fronteras de las estructuras de poder; en definitiva, a ser un poco más libres, a ser más hombres.