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Que entren

Europa está recibiendo una gran ola de inmigración, provocada por las guerras que asolan Siria y Libia. A los desplazados por la guerra se han unido otros inmigrantes motivados por el deseo de progresos, que han visto en la grieta que se ha abierto en las fronteras europeas su oportunidad. El Mediterráneo no es barrera suficiente para decenas de miles de personas que ven en Grecia la puerta de entrada en la UE. Turquía y los Balcanes tampoco lo son. Y Europa está sumida en el desconcierto, incapaz de resolver sus propias contradicciones.

La cuestión más urgente es la de resolver qué hacer. El primer impulso es frenarlo. Pero, desde un punto de vista práctico, plantar una valla, o dos, o cinco, no será suficiente. Para frenarlo de verdad habría que desplegar a los Ejércitos, con la orden de disparar si alguien quiere franquear las fronteras. Por supuesto, si una valla ha merecido el oprobio general del gobierno de Hungría, la acción de los Ejércitos es inimaginable para la opinión pública europea.

De modo que el único modo posible de detener la llegada de centenares de miles, de millones de ciudadanos de otros países, es inaceptable políticamente, por lo que en la práctica continuará fluyendo el caudal humano hacia Europa. Este es el punto de partida del que debemos partir para dar respuesta a la pregunta “¿qué hacer?”.

De nuevo, una respuesta es la de esperar que la sociedad, como se dice con insistencia desde todos los altavoces, les acoja. ¿Qué quiere decir esto en la práctica? Hay dos acciones económicas voluntarias: el regalo y el intercambio. El regalo, dar algo a cambio de nada, es una inclinación natural del hombre, más racional cuando se produce una situación catastrófica, y esta lo es, pues se entiende que al menos a corto plazo gran parte de los inmigrantes no podrán dar nada a cambio de recibir durante un tiempo lo que necesiten. Pero el regalo tiene un límite económico: la riqueza más la capacidad de ahorro de quien lo da. Y un límite moral: la convicción de que el otro tiene que producir algo por él mismo, bien directamente, bien por medio del intercambio.

Esta es la segunda vía económica, voluntaria, para adquirir bienes y servicios: la producción y el intercambio. En este caso, estamos hablando de la integración en el orden económico capitalista, tal como funciona en nuestras sociedades. Asumir de golpe una gran cantidad de nuevos trabajadores, con una cultura distinta, muchos de ellos sin el idioma de la sociedad de acogida y carentes de otro capital humano buscado en Europa, no es fácil. Y lo entorpecen aún más los impuestos y las regulaciones. Difícil, pero no imposible. Y, a largo plazo, sostenible.

La otra vía para adquirir bienes y servicios es la no económica; la vía política. En este caso, es el Estado asistencial o de Bienestar. Se ha puesto de manifiesto que los medios del Estado de Bienestar son limitados, que están ya sometidos a una gran presión, y que un aumento de beneficiarios netos reduciría necesariamente el resto de ayudas públicas para los naturales del país, o incrementaría la presión fiscal también sobre ellos.

La suma del Estado de Bienestar con la inmigración hace saltar por los aires varias posiciones muy queridas por una gran parte de europeos. Una, que no formamos parte de una comunidad nacional, sino que nuestra ciudadanía es puramente europea. Pero como es una ciudadanía ahistórica, se asienta sobre un conjunto de ideas que llaman “valores europeos”. Uno de ellos es el de la solidaridad, no ya entre europeos, sino con los ciudadanos del resto del mundo. Pero esa solidaridad, también la que va vía impuestos, especialmente esa, tiene un límite. Llevada la situación a sus últimas consecuencias, el mantenimiento del Estado de Bienestar conduce al cierre de las fronteras, pues sólo así podrán mantenerse las ayudas tal como están en estos momentos. Y se ve, así, cómo una institución que se ha ido construyendo en nombre de la solidaridad lleva a todo lo contrario, a cerrarle las puertas a quien necesita ayuda u oportunidades para salir adelante.

Hay que elegir entre mantener el Estado de Bienestar y cerrar las fronteras, o abrirlas y replantearse el papel del Estado en la sociedad, y permitir que traspase las fronteras quien se encuentre desplazado por una guerra o quiera progresar y acuda donde hay capital y su trabajo valdrá más. Creo que esta segunda opción es más propia de una sociedad libre. Y el hecho de que el Estado de Bienestar se vea más presionado, y se acelere su previsible crisis, no es una desventaja.