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Realidad contra ideología

Asistimos atónitos no al fin de las ideologías pero sí al desmoronamiento del pensamiento hegemónico del Estado total del Bienestar. Las diferentes burbujas han ido explotado como si se hubiesen estrellado contra la cama de un faquir, y la burbuja estatal no iba a ser una excepción.

Si bien es cierto que mientras que el mercado y la libre información han permitido purgar las malas decisiones empresariales, la reacción del aparato estatal se ha resistido hasta el último momento a ajustar el cinturón que a todos nos aprieta.

El Estado concebido como ese gran Leviatán mecanicista tiene sus tiempos y un fin primordial que se antepone a cualquier objetivo: su supervivencia. En eso, se asemeja a un ser vivo y antes de caer y desmoronarse por pura ineficiencia busca la forma de perpetuarse. Ni presiones internacionales ni ejercicios de responsabilidad sobrevenidos de la clase política. De hecho, ahora se están dedicado a poner en práctica lo que mejor saben hacer, mantener el poder. Y en esa maniobra nos salvarán de la quiebra y de caer en el abismo. 

No sabemos hasta dónde llegaran los ajustes en la administración pero los primeros pasos apuntan en la buena dirección y aunque se podría haber elegido el camino del populismo y la pauperización somos afortunados, el país no parece haberse echado al monte a golpe de cacerola sino que ha asumido los pecados colectivos y está dispuesto a redimirlos con resignación. Tampoco podemos lanzar las campanas al vuelo pues la senda de la demagogia nunca desaparecerá y es un camino recto y fácil que desemboca en la miseria igualmente distribuida entre todos los miembros de la sociedad.

Por el momento, la realidad se ha terminado imponiendo a las ilusiones y espejismos que se habían diseminado desde la ideología del Estado que todo lo puede, las "ayudas" indiscriminadas y universales son insostenibles para los hombros de los contribuyentes en una economía que intenta ser productiva y dinámica. Continuar aumentando la presión fiscal sin disminuir el gasto terminaría dejando exhausta a la gallina de los huevos de oro, ese difícil equilibrio que Europa ha conseguido al permitir un libre mercado tutelado por el Estado gravado con unos impuestos que no hagan inviable la supervivencia empresarial.

De la necesidad virtud, con lo que al final hemos terminado viendo como los defensores del credo estatista empezaban a podar la enredadera de la burocracia y el gasto del dinero de los contribuyentes sin más límite que el del bien común, lo que equivale a decir a lo que beneficia a la clase dirigente. La crisis nos ahorrará muchos gastos y obras innecesarias programadas que ya nunca se llegarán a realizar. Aunque sea a regañadientes, y mucho más tarde de lo que se debería, se sanearán las cuentas permitiendo que el ahorro pueda ajustarse a las necesidades reales del mercado y no a las imaginadas en los despachos de los políticos.

Pero la Humanidad no es estática y el fin de la Historia nunca llegará, se creyó que con la caída del muro y del comunismo las utopías no volverían a desafiar la realidad con metas inalcanzables pero cuando no se habían terminado de derrumbar ya se estaban erigiendo sobre sus escombros las ideas que proveerían al progresismo de bazas con las que ilusionar a unos votantes siempre deseosos de sustituir su confianza en el paraíso del más allá con el de más de acá, mucho más próximo y, por tanto, enfervorizante.

Ahora más que nunca es el ocasión perfecta para dar la batalla de las ideas. El socialismo, además de un  error intelectual, siempre conlleva la ruina y es por ello que debería aprovecharse este momento de baño de realidad generalizada para sustituir semejante ideología dominante en el pensamiento de nuestra época por otra que se ajuste a la realidad de la lógica de la acción humana.