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Recuperar el liberalismo

Decía Ortega que “los hombres juegan a la tragedia porque no creen en la realidad de la tragedia que se está representando en el mundo civilizado”. Algo similar nos ocurre a los liberales. Muchos sabrán de qué hablo. Nos enzarzamos continuamente en disputas sobre nimiedades técnicas o marginalidades de nuestra propia ideología con el único fin de medir la “pureza” de cada liberal. Nos dedicamos a resaltar los “errores” ideológicos de todos aquellos que se catalogan como liberales, en vez de tratar de dejar nuestras diferencias aparte, llegar a acuerdos de mínimos y, a partir de ahí, dar la batalla de las ideas de manera conjunta. Los liberales muchas veces tratamos de crear nuestras propias tragedias en vez de combatir las que realmente existen a nivel ideológico en el polarizado mundo de hoy en día. A muchos sorprenderá que mi artículo de hoy no sea estrictamente económico, pero es que en un momento como el actual, con el populismo iliberal campando a sus anchas por todo el espectro político, debemos primero refundar las bases del liberalismo; lo cual no significa traicionar nuestros ideales, sino tratar de atraer a un mayor número de personas a ellos, todas ellas fieles defensoras de principios básicos del liberalismo como son: la separación de podres, la libertad educativa, la libertad religiosa, la libertad económica, el Principio de No Agresión… en definitiva, una defensa generalizada de la libertad individual (que no tiene por que ser economicista) sobre la que se ha construido en mayor o menor medida el mundo desarrollado.

Hoy en día hay tres principales retos o desafíos que se le presentan al liberalismo. Dos de esos retos son combatir el populismo de izquierdas y derechas. El populismo y la irracionalidad política son peligrosos independientemente del lado del espectro político del que procedan. No quiero emplear el adjetivo “extrema” en este artículo para referirme a cierta derecha e izquierda que últimamente campa a sus anchas por Europa, ya que esto solo llevaría a polarizar y marginalizar aún más el debate, en lugar de centrarnos en qué ideas en particular, procedentes de dichas ideologías populistas, ha de combatir el liberalismo. El tercer reto puede ser quizás el más difícil de los tres, aunque va fuertemente relacionado con los dos anteriores. Este desafío consiste en volver a ser una ideología atractiva al gran público, reduciendo el papel que juegan las emociones primarias en política y dando mucho mayor cabida al raciocinio y la reflexión. Explicando los grandes avances que los sistemas liberales han aportado al mundo, y el peligro y riesgo que conlleva alejarse del liberalismo político, decantándose por opciones a ambos polos del espectro político. Pero nada de esto se podrá hacer si los liberales nos encontramos inmersos en nuestras propias batallas, dando lugar a nuestras propias tragedias y abandonando el pragmatismo. Para que el liberalismo triunfe ha de ser un liberalismo pragmático, abierto, flexible, aceptante, y, ante todo, combatiente con el adversario político real; no el creado por nosotros mismos.

¿Pero cómo combatir el populismo? No existe una respuesta simple y directa a esta pregunta, ni espacio suficiente en esta entrada para detallar cuales creo humildemente que pueden ser, desde el liberalismo, algunas estrategias eficaces para combatir el populismo. Antes de nada, para saber como solucionar una diatriba, hemos de conocer sus causas. En el caso del resurgimiento del populismo político, las tres principales causas a las que frecuentemente se alega son: la desigualdad económica, la identidad cultural y la movilidad social; y es este último factor el de mayor peso y relevancia, tal y como explico en este artículo previo.

La izquierda populista, por su parte, hace gran hincapié en sus discursos en el factor de la desigualdad, y trata de centrar cualquier discusión en ese único elemento. A la izquierda populista no le resulta relevante hablar de pobreza en relación con el total de la población, ya que saben que en términos de reducción de pobreza el capitalismo liberal hace tiempo que demostró ser superior. En este sentido, podemos observar cómo la pobreza global (personas viviendo con menos de 1.90 dólares al día, según establece el Banco Mundial) se ha reducido de un 44% en 1980 a un 9.5% hoy en día. Un gran triunfo del sistema de libre mercado. Por ello, para combatir el mensaje antiestablishment de la izquierda populista, los liberales hemos de hacer llegar los datos y la realidad global al grueso de la ciudadanía de manera sencilla y rápida. No es algo imposible de lograr, ya que hay varios proyectos exitosos y en constante crecimiento que trabajan sobre esto, tal y como son Our World In Data, de Max Roser (Oxford University) o Gapminder, del fallecido autor de Factfulness, Hans Rosling. Hace falta mucha más gente como ellos que se encargue de simplificar los datos, presentarlos de manera sencilla, y divulgarlos al gran público, difundiendo así los beneficios del liberalismo político y económico. No podemos permitir que la izquierda populista, como es el caso de Podemos en España, o los diferentes líderes o movimientos izquierdistas en Latinoamérica, como ocurre actualmente en Chile, se apropien de la agenda política, marquen el contenido y ritmo del debate ideológico, y además transmitan mensajes falsos a la población, creando hombres de paja, que más tarde derrumbarán retóricamente a través de sus mensajes cargados de odio hacia cualquiera que no piense como ellos, o simplemente hacia alguien que considere que cualquier reforma acometida ha de encontrarse dentro de los límites establecidos por el Estado de derecho de cada nación o comunidad política.

Por otro lado, el liberalismo también ha de combatir firmemente a la derecha populista. Un ejemplo lo encontramos en el auge de Vox hasta los 52 escaños. Vox no es fascista, algo meridianamente claro para cualquiera que haya leído un mínimo acerca de la historia del fascismo y sus terribles crímenes. Pero Vox, por supuesto, tampoco es liberal. Es un partido conservador y nacional-populista, con el que únicamente se puede colaborar en algunos asuntos en los cuales coincidamos en defensa de la libertad, como puede ser la lucha por la libertad de Venezuela, la promoción de la igualdad ante la ley, una menor fiscalidad… pero hay otras tantas cosas que los liberales jamás podremos compartir con partidos nacional-populistas, como es el caso de sus políticas restrictivas de la inmigración, la desigualdad que desean promover entre matrimonios homosexuales y heterosexuales o el simple hecho de meter a todo el movimiento feminista en el mismo saco, cuando los liberales sí debemos ser feministas, entendiendo el término tal y como lo comprendían Clara Campoamor o Concepción Arenal.

El liberalismo también ha de combatir otra faceta muy relevante de la derecha populista: su aversión a la internacionalización de la cultura que la propia globalización de la economía conlleva. ¿Y como trata la derecha populista de evitar esto? Pues bien, a través del proteccionismo. Partidos como Frente Nacional, Liga Norte o, en España, y en menor medida, Vox, han reclamado “ayudas a la industria nacional”, una “defensa de la agricultura nacional” o incluso restringir algunos pactos de libre comercio por facilitar estos la entrada de bienes agrícolas de terceros países. Frente al proteccionismo, los liberales siempre deberemos defender el libre mercado y la internacionalización de la economía y la cultura que ello conlleva. Por supuesto que el patriotismo y la defensa de la cultura nacional es lícito, siempre que sea en el ámbito privado y no se coarte la libertad de un tercero para ello.

En conclusión, el liberalismo ha de ser fiel siempre a sus principios, a la par que pragmático y flexible para ser capaz de adaptarse a las demandas del sector de la sociedad que se siente alejado de cualquier clase de populismo, y desea preservar y cuidar la democracia liberal y todo lo que ella conlleva. Por ello pido que todos los partidos situados cerca del centro del tablero-independientemente si a “centro” le acompaña el sustantivo “izquierda” o “derecha”-acuerden el respeto y la defensa (aún más importante) de ciertos principios básicos liberales, muchos de ellos incuestionables desde el final de la Segunda Guerra Mundial-. Todo liberal sabrá de qué principios básicos hablo, y por qué hoy más que nunca en los últimos años urge defenderlos con tesón y determinación. ¡Viva la libertad!