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Romper el silencio contra el horror

El pasado 19 de abril se cumplió el setenta aniversario del levantamiento de los fámelicos y pobremente armados habitantes del gueto judío de Varsovia contra sus torturadores nazis alemanes. Aunque la intentona, como se recuerda en estos días, estaba condenada al fracaso debido a la superioridad aplastante de las fuerzas de ocupación alemanas, muchos de sus habitantes libraron durante un mes una desigual batalla porque no tenían nada que perder.

Estas reacciones desesperadas ante la macabra maquinaria de asesinar por fases instaurada por los nacionalsocialistas alemanes, nos recuerdan que en otros tiempos las dificultades para luchar contra las fuerzas del mal absoluto superaban a las actuales. De cómo, durante el ascenso de los totalitarismos del siglo XX, al convencimiento de unos implacables fanáticos se unió la cobardía y el cálculo cortoplacista de muchos que vislumbraron beneficios en adaptarse a la nueva era que anunciaba una sarta de criminales. Doblegarse a la corriente que se estimaba poderosa e imparable constituyó la moda ideológica dominante en las sociedades europeas de los años treinta. Solo unos pocos se opusieron de forma activa a los actos de barbarie mientras ocurrían. No debemos olvidar los aspectos más tenebrosos del alma humana al analizar su comportamiento. Las masivas condenas retrospectivas solo vinieron después de la derrota sin paliativos de las potencias del Eje. Tuvieron que transcurrir todavía otros cuarenta y cinco años hasta que el derribo del muro de Berlín en 1989 abrió de par en par la miseria de los regímenes comunistas y su largo historial de asesinatos, robos y pillajes en nombre de "la clase trabajadora". Todavía hoy algunos orates con cierto público se proclaman herederos de esas ideas que tanta desolación han causado a la humanidad.

Por el contrario, a otros aún nos estremece la perversión de los experimentos ensayados para manipular la voluntad y la dignidad de las personas en los campos de exterminio y los gulags desplegados por los totalitarismos nacionalsocialista y comunista durante el siglo XX. En medio de la indigencia y la miseria forzadas, resultaba fácil obtener la colaboración a cambio de una doble ración o la esperanza de no ser incluido en las sacas a ejecutar un día cualquiera. Incluso individuos de los propios grupos señalados como víctimas propiciatorias (por su raza, por su religión, por su clase social, que sé yo...) se enrolaron en la casta inferior de colaboradores de los torturadores. Y ¿que hay de la colaboración de esas masas en los procesos de estigmatización, segregación y deportación hacia los campos de exterminio de grupos enteros de la población? Cundieron justificaciones escalofriantes, deseos de querer creer que lo que pasaba no era tan grave, de actuar como si no estuviera ocurriendo o de mantener la ilusión de que no tendría mayores implicaciones cuando las pruebas conducían a percibir justo todo lo contrario.

Salvando las distancias de lugar y tiempo, cabe trazar un paralelismo con el gravísimo problema que los españoles contempóraneos tenemos, individual y colectivamente, con la masacre de 191 muertos y 1.841 heridos, cometida delante de nuestras propias narices hace muy poco tiempo. Quien más, quien menos, sabe o sospecha que los dos únicos condenados por la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo por su participación en los hechos no pudieron ser los únicos involucrados o -más probablemente- no tuvieron nada que ver con la conspiración para aniquilar al mayor número de personas que viajaban en esos cuatros trenes el aciago 11 de marzo de 2004.

Conviene recordar a los intoxicadores que tanto han hecho para que no se descubra en nueve años la verdad de lo ocurrido, que la conspiración existe cuando dos o más personas se conciertan para la ejecución de un delito y resuelven ejecutarlo, según el propio artículo 17.1 del Código Penal español. Los actos preparatorios como la provocación, la conspiración y la proposición para cometer delitos solo están penados cuando se prevé expresamente en las leyes (art. 17.3 CP) y así lo prevé el Código Penal respecto al asesinato (Art. 141). A los efectos de la aplicación de las penas, la consumación del delito "absorbe" la conspiración, si bien, obviamente, resulta necesaria su existencia para que una matanza de esa envergadura tenga visos de suceder. Curiosamente, las sentencias del caso no declaran probado que Emilio Suárez Trashorras (supuesto suministrador de los explosivos) y Jamal Zougam (colocador de al menos una bomba, según dedujeron tres magistrados de la Audiencia Nacional del testimonio de dos testigos rumanas, ahora imputadas por falso testimonio) se conocieran antes de los atentados.

Y, sin embargo, una vez constatado que los políticos que controlan el Estado impiden investigar los hechos y la destrucción, ocultación y manipulación de pruebas posteriores, sorprende la actitud indiferente de la mayoría de los españoles ante la posibilidad de que esos asesinatos en masa queden impunes, cuando la exigencia de su completo esclarecimiento debería compartirse como una cuestión metapolítica que une, más que separa, a personas mínimamente racionales pertenecientes a la misma comunidad que las víctimas indiscriminadas de esos atentados.

 Superados los primeros meses de aturdimiento y detectadas las cortinas de humo tendidas para impedir que trascendiera la simultánea destrucción de pruebas, la condena de solo dos personas tendría que haber supuesto un revulsivo para demandar más averiguaciones sobre el caso y la participación de otras personas en esta matanza de personas equiparable, por sus dimensiones y crueldad, a los crímenes en masa del siglo XX.

Las apisonadoras propagandísticas que apuntalan una versión insostenible no son más poderosas que las que se pusieron al servicio de los líderes totalitarios de ese siglo, de manera que no caben tantos pretextos para mirar a otro lado como los que arguyeron personas que alegaron desconocimiento de lo que pasaba.

 Es por esto por lo que la iniciativa de Gabriel Moris de promover una petición de investigación de los atentados del 11-M dirigida al gobierno, al Congreso y a la Audiencia Nacional merece el apoyo más entusiasta. Como se justifica en su encabezamiento: "Para hacer Justicia y regenerar las Instituciones. Para prevenir otro crimen de lesa humanidad como éste". En efecto, en otro comentario defendí hace años que estos asesinatos masivos reunían las notas para calificarse como delitos de lesa humanidad y, que por lo tanto resultaban imprescriptibles. Ahora me sumo a esa petición para romper el silencio ante el horror y añado la máxima de Virgilio en la Eneida: No te rindas frente al mal, sino combátelo con más audacia. Tu ne cede malis sed contra audentior ito.