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¿Se puede acabar con el tráfico y la contaminación de las ciudades sin recurrir a la prohibición generalizada? (I)

Los objetivos que se ha marcado el Ayuntamiento de Madrid de mejorar la movilidad en la capital, reduciendo los niveles de contaminación acústica y atmosférica (para lo cual se pretende restringir el tráfico rodado en las denominadas Áreas de Prioridad Residencial), son compartidos por los gobernantes de otras grandes capitales, como París o Helsinki, que también tienen planes que van en la misma línea. La forma de resolver los problemas se busca, de nuevo, en la imposición al ciudadano, prohibiendo, en este caso, el uso de los vehículos “particulares”. En este artículo vamos a analizar si el desarrollo de nuevas tecnologías (del coche eléctrico o de la conducción autónoma…) podría reducir los problemas que existen ahora mismo tanto de movilidad como de contaminación en las ciudades.

En los últimos años son habituales las noticas sobre desarrollos tecnológicos en relación con los coches autónomos, coches eléctricos, nuevas formas de acumulación de energía, etc., desarrollos todos ellos que, indiscutiblemente, aumentarán la eficiencia del transporte en las ciudades de manera importante y supondrán una reducción también drástica de las emisiones por kilómetro recorrido: por un lado, el desarrollo de nuevas tecnologías supondrá, seguro, una reducción de la energía necesaria, tanto de las emisiones tanto de ruidos como de CO2, simplemente por una mejora en los motores. Por otra parte, la autonomía y “conectividad” de los vehículos facilitaría la implantación de sistemas de señalización mucho más eficientes, con, por ejemplo, “semáforos” adaptados a las necesidades del tráfico en tiempo real. Además, se podría liberar una gran cantidad de espacio hasta ahora reservado a aparcamiento, que sería destinado a otros usos, con la posibilidad de disponer de más carriles para los vehículos; la distribución y entrega de productos se podría hacer por la noche a mucho menor coste y aprovechando que las calles están menos congestionadas. Pero no sólo eso, el coste del uso del vehículo como tal se reduciría, dado que seríamos muchísimo más eficientes en dicho uso: en la actualidad, la mayor parte de los vehículos de uso privado pasan la mayor parte de las horas del día estacionados sin ser utilizados, lo que supone un coste brutal que no sería necesario con el coche autónomo, que facilitaría mucho más el uso “compartido” de ese vehículo, su alquiler por horas o trayectos, etc.

Pero no todo serían ventajas en relación con los problemas que estamos analizando, pues existen consecuencias que mitigan las ventajas anteriores: si el uso del coche autónomo se generalizase, y los costes de su utilización se redujesen, la mayor flexibilidad que ofrece aumentaría su uso por la gente, en detrimento de otras formas de transporte como el metro o el autobús, lo que aumentaría los problemas que nos ocupan. Además, la posibilidad de aparcarlo fuera de la ciudad para liberar espacio en su interior aumentaría el número de viajes en los que el vehículo va vacío desde el aparcamiento hasta el punto en el que se encuentra el usuario, aumentando también la congestión y la contaminación, máxime cuando los horarios laborales hacen que el uso masivo sea en horas puntuales. La no necesidad de conductor hace, además, que los pasajeros del coche puedan ir haciendo otras cosas que no sean conducir, sin que, en consecuencia, el “trayecto” tenga necesariamente que considerarse una pérdida de tiempo, lo que podría hacer que la gente viviese menos en el centro de las ciudades, pero aumentaría el número de trayectos, de kilómetros y también la contaminación.  Por lo demás, la coexistencia del coche autónomo con los peatones y los ciclistas no parece que sea fácil, con altos riesgos de accidente si la tecnología no se desarrolla muchísimo más.

A la vista de lo anterior, y dado que el tráfico y la congestión en el seno de las ciudades es un problema, puede ser interesante explorar otras soluciones, esta vez de naturaleza institucional, que no supongan simplemente la prohibición en los términos en los que estamos acostumbrados. Ello es, precisamente, lo que haremos en el próximo artículo.