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Sobre la buena educación

La polémica ley del “sólo sí es sí” es tan sólo (con todas las críticas que se le quieran hacer) una muestra de una realidad a la que nos enfrentamos a diario en muchísimos ámbitos, no sólo en el derecho penal -como vamos a ver en este artículo-: las personas resuelven sus disputas cada vez más acudiendo a la ley -utilizando a los jueces-.

Aunque pueda parecer lógico, no tendría por qué ser así: cuando en una sociedad se pierden las formas, los modales, las normas de urbanidad, las relaciones adquieren un carácter provisional que hace, por un lado, que la gente no se sienta moral, social o personalmente obligada o responsable, y se crea, además, una sensaciones de desprotección, de incertidumbre o de amenaza constante que llevan, necesariamente, a que sea el juez quien acabe resolviendo los conflictos entre las personas.

Y es que un mínimo de urbanidad y modales comunes no sólo ayudan a entablar diálogos que permitan a las partes llegar a acuerdos, sino que los buenos modales, socialmente reforzados, ayudan a crear vínculos duraderos entre las personas, ya que facilitan la convivencia y la sensación de pertenencia a un mismo grupo. Cuanto más consolidados están esos vínculos -y el propio entorno social más los refuerza-, más difícil lo tiene quien quiere incumplir lo debido, y más probabilidad hay de que las partes en conflicto prefieran buscar soluciones entre ellos sin tener que recurrir a medidas extremas y radicales que perturban, además, esas relaciones sociales -tanto entre ellos como con terceros-. Acudir a un tribunal es, precisamente, una forma extrema de solucionar un conflicto; tan es así que el propio legislador busca, en las leyes de procedimiento, fomentar que las partes sean quienes, mediante acuerdos, solucionen sus problemas.

Hay varias circunstancias, sin embargo, algunas de ellas históricas, que están resquebrajando ese patrimonio social compartido que son la urbanidad y los modales, tan vinculado al arraigo, con quien forma un terrorífico círculo vicioso: por un lado, la preferencia, en parte por motivos ideológicos, de la sinceridad sobre la cortesía, especialmente a partir de la Revolución francesa; la movilidad geográfica (incluso dentro de una misma ciudad) y/o social; el crecimiento de grandes poblaciones -en las que se aumentan el número de relaciones, pero disminuye su intensidad-; la propia configuración urbanística de nuestras ciudades -en las que, tal y como señalaba Jane Jacobs, se gana en intimidad, pero se pierde en la vigilancia y control de unos sobre otros-…

Pero, sobre todo, cada vez nos preocupamos menos de enseñar esos modales a los niños, en muchos casos por la equivocada idea de que esas normas de urbanidad son sólo formas artificiales y dañinas de controlar su comportamiento, cuando son en realidad una forma de ayudar a ese ser humano a elevarse por encima de su egoísmo innato y superar un nivel de vida puramente animal, aprendiendo a contenerse, a preferir un bien futuro mejor a uno presente de menor valor, a respetar y no invadir el terreno del otro, a compartir y agradecer, a ayudar y también a recibir con naturalidad y sin exigencias. A que pueda, en definitiva, desarrollarse como persona y a integrarse en la sociedad a la que pertenece.

Y es que las personas groseras, los maleducados, acaban siempre solos, aunque, en el mejor de los casos simulando una intimidad -con quienes les rodean- artificial y efímera. Sólo con la moral y los modales puede crearse sociedades cohesionadas en las que los individuos se respeten y estén dispuestos a cooperar superando sus impulsos animales egoístas inmediatos, evitando lastimarse unos a otros por impulsos momentáneos. Algunos argumentarán que el estricto cálculo egoísta puede llevar de por sí, a las personas racionales, a acciones de colaboración; ello, sin embargo, no siempre tiene por qué ser así, primero porque no somos tan “racionales” como nos creemos, y, segundo, porque para hacerlo uno tiene que haber aprendido a controlar sus impulsos inmediatos.

Así, como decíamos al principio, cada vez acudimos más a los tribunales para resolver nuestras disputas, no sólo cuando se ha podido cometer un delito, sino para cuestiones más nimias y que en otras épocas se solucionaban sin mayor problema, en parte por la presión social, en parte por el rechazo de la gente a quebrar las relaciones sociales ordinarias ya establecidas. Los liberales hablamos siempre de tres principios básicos para que funcione una sociedad liberal: libertad, propiedad y cumplimiento de los contratos. Ahora bien, para que estén bien engrasados esos principios, y funcionen sin chirriar, es conveniente que existan códigos morales y de conducta compartidos que faciliten las relaciones y mitiguen las controversias, al menos, las no graves.