Usted está aquí

¿Tanto miedo nos da la covid?

Estamos en pleno agosto de este año 2020, el más surrealista de nuestras vidas para muchos de nosotros, de cuyas imágenes difícilmente podremos desprendernos en el resto de las mismas. La pesadilla llegó a España a mediados de marzo, con los primeros casos de contagio y, sobre todo, con el confinamiento impuesto por el Gobierno asociado a un estado de alarma. Pero el paisaje allende nuestras fronteras era igualmente dantesco, con todos los cielos sin aviones y calles y carreteras desiertas. Los Gobiernos habían conseguido paralizar nuestras vidas reales hasta extremos increíbles, aunque por suerte muchas de sus facetas se podían trasladar al mundo virtual posibilitado por las telecomunicaciones.

Pasaron las semanas y los meses, y pudimos volver a salir de casa. Algunos optimistas pensaban que todo volvería a ser como antes, pero la realidad nos está demostrando que no, o, al menos, que aún no. Donde más se puede apreciar la catástrofe es en el sector de entretenimiento, restauración, turismo… Quien pasee por nuestras ciudades y pueblos podrá contemplar terrazas vacías cuya dimensión invita a pensar en grandes multitudes tomando el aperitivo; verá también hoteles de lujo cerrados a cal y canto, o tímidamente abiertos con un par de huéspedes; las calles y carreteras no recuerdan atascos ni en operación salida, y si te acercas a un aeropuerto, todo funciona sin ningún tipo de retraso ni problema, pese a las incómodas medidas exigidas a pasajeros y compañía, pero no por mejora en los procedimientos, sino porque hay muy poca gente. A cines o teatros no me he acercado, pero algún amigo me cuenta que la situación es similar o peor.

Ese es el panorama que observo este julio y este agosto. La gente sigue en casa, atenazada por el miedo. Pero, ¿el miedo a qué? No me voy a poner a dar datos sobre la pandemia, que seguro que el lector estará aburrido de recibir. Sí, ya sabemos todos que el virus se contagia con mucha facilidad, es fácil cogerlo si te expones. Pero también sabemos que en una gran mayoría de los casos, afecta muy poco o nada. Sí, sabemos que hay grupos de riesgo muy elevado en nuestros mayores, y en gente con determinados síndromes. No obstante, para la mayor parte de las personas, la probabilidad de que les afecte gravemente es muy, muy baja. Quizá menor que la de tener un accidente en coche, por comparar con una actividad de riesgo a la que nos exponemos diariamente sin pestañear.

Así que me cuesta creer que la gente, en general, tenga miedo al virus, y que eso sea lo que nos tenga escondidos. No, yo no creo que sea eso. Yo le tengo al virus el miedo justito, que me hace tomar precauciones, pero no me detiene en mis planes. Ahora bien, sí hay otra cosa que me da bastante miedo, y que sí me hace pensármelos dos veces. Me refiero a la respuesta que puedan dar los Gobiernos a algún rebrote. Eso sí es paralizante y terrorífico. Lo último que quiero es irme de vacaciones a A Mariña y que, de un día para otro, el Gobierno gallego decida que no se puede salir de allí en dos semanas. O que me quede tirado porque se cancelan los vuelos a y de Barcelona, ya que la Generalitat ha recomendado a los barceloneses no moverse de sus casas. O que prepare mis vacaciones en la Toscana, y el Gobierno italiano cancele la mitad de las plazas de tren el día antes y me coma alquiler y vacaciones con patatas. O que quiera ir de compras a Londres y el Gobierno inglés decida imponer cuarentena a los viajeros procedentes de España.

En estas condiciones no se puede viajar, no se puede vivir, pero más grave aún, no se puede hacer nada, porque no se puede planificar a medio plazo ni mucho menos llevar a cabo inversiones que puedan hacer rebotar (¿rebrotar?) la economía. Y de eso tienen que cobrar consciencia los políticos, cuanto antes.

El confinamiento ya pasó. Hay un antes y un después de esa medida sin precedentes, que se traduce en un incremento general de riesgo e incertidumbre en la toma de decisiones. No quiero entrar a discutir la efectividad de la medida desde el punto de vista sanitario, pero no cabe duda de que ha sido un desastre absoluto desde el punto de vista económico. Ya decía en mi artículo anterior que se han podido salvar vidas, pero que de poco valdrán esas vidas si se destruye la sociedad para salvarlas.

Ahora lo que tienen que hacer Gobiernos y políticos es arrojar certidumbre al futuro, para que todos podamos ir rehaciendo nuestros planes y así se vuelva a la normalidad, no diré “nueva” porque la normalidad está en constante cambio con nuestras preferencias. Parte de esa certidumbre es, sin duda, comprometerse a no volver a tomar medidas como el confinamiento forzoso, sean cuales sean las circunstancias. Sin esta certeza, será difícil que nadie pueda reanudar su actividad.

Pensemos, por ejemplo, en las compañías aéreas (sí, ya sé que me voy a ejemplos extremos, los más afectados por esta crisis) que están poco a poco retomando su actividad, con gran prudencia y tanteando mucho el terreno. ¿Qué pasaría con ellas si, de repente, se vuelven a cerrar los aeropuertos? Mucho me temo que sería su final y su desaparición, ya que nunca más podrían volver a relanzar sus planes con el beneplácito de los accionistas, por el evidente riesgo de todo el sacrificio asumido se pierda una y otra vez.

No hay alternativa. Los Gobiernos tienen que comprometerse ya con la sociedad a dejarla hacer su vida normal. Han de cesar las continuas amenazas de cierre de comarcas o pueblos (hoy le toca el turno a Aranda del Duero) y de prohibiciones de determinadas actividades. Es más, hay una evidente oportunidad estratégica para los Gobiernos que primero adquieran estos compromisos, pues será allí donde acuda primero la riqueza, sea en forma de inversiones o de visitas. Austria ya está en tan envidiable posición, gracias a su Tribunal Constitucional, que ha decretado ilegal el confinamiento generalizado. Pero no es el único país que  ha visto la oportunidad.

Y es que la pandemia de la covid nos muestra, una vez más, cuál es el verdadero enemigo y amenaza para la supervivencia de personas y sociedades. Y no es ningún virus, como no lo eran los tanques o los portaaviones, o la bomba atómica. No, el enemigo no ha variado en los últimos 200 años y hacemos bien en seguir teniéndole miedo.