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Thiel contra la competencia

Peter Thiel es un inversor de gran prestigio y muy reconocido en el ámbito de nuevas tecnologías, además de cercano a postulados liberales y de la escuela económica austriaca. Su brillante recorrido comenzó como fundador de la conocida compañía PayPal. En relación con PayPal y sus veleidades ancap, resulta muy esclarecedora esta afirmación suya: "Estábamos obsesionados con crear una moneda digital que fuera controlada por los individuos en vez de por los Gobiernos"[1]. Posteriormente tuvo la visión de invertir en Facebook en sus comienzos. Y recientemente ha escrito un libro, From Zero to One[2], recogiendo su opinión sobre los factores clave para que una empresa triunfe en el mundo de las nuevas tecnologías.

El título del libro es bastante revelador sobre las ideas de Thiel a este respecto: para triunfar, tienes que ser capaz de crear valor de la nada. No es lo mismo pasar de 0 a 1, que de 1 a 100. El que salta del 0 al 1 ha creado algo que no existía; los demás se limitan a copiar, en cierta forma, la idea.

Por supuesto, el libro es muy recomendable para todos los emprendedores en potencia, que seguro que sacan de él muchas buenas ideas para llevar a buen cabo la suya. Sin embargo, para un economista, el capítulo 3 (y también algo el 4) son los más llamativos y chocantes. En ellos, Thiel ataca despiadadamente a la competencia y aboga por las grandes ventajas de los monopolios. ¿Cómo puede ser? ¿A estas alturas alguien duda de las bondades de la competencia en los mercados?

Pues así es. Thiel nos dice que la competencia es la ideología de nuestro tiempo, que inunda nuestra sociedad y distorsiona nuestra forma de pensar. La competencia significa que no haya beneficios para nadie, ni diferenciación relevante, y sí lucha por la supervivencia. Siendo así de insana, la única explicación que Thiel encuentra para justificar su importancia para la sociedad es la ya apuntada de ser una ideología. Por si hay dudas, he aquí una cita textual: la competencia es como la guerra “supuestamente necesaria, supuestamente valerosa, pero en definitiva destructiva”[3]. Lógicamente, Thiel recomienda superar la visión ideológica de la competencia y reconocerla como una fuerza destructiva en vez de una señal de valor. [4]

¿En qué se basan estas apreciaciones? En el nunca suficientemente denigrado modelo de competencia perfecta. En efecto, no se olvide de que en este modelo, el de referencia para economistas mainstream y reguladores, los beneficios de los emprendedores no existen. Y si no hay beneficio, no es posible la acumulación de capital para invertir. Por tanto, Thiel concluye, capitalismo es lo contrario de competencia. Y saca una lección para emprendedores: si quieres crear y capturar valor duradero, no construyas un producto indiferenciado.

En otras palabras, construye un monopolio, que es lo contrario de la competencia perfecta. El monopolista puede fijar sus propios precios y puede producir la cantidad que maximiza sus beneficios (como nos dice también la teoría económica mainstream). Ello le permite pensar en cosas diferentes a hacer dinero, pensar a futuro, seguir innovando, lujos que las firmas en perfecta competencia no se pueden permitir. Y es esto lo que hace que sean los monopolios los que lideren el progreso: sus beneficios les permiten hacer planes de innovación a largo plazo, algo que no pueden soñar las empresas encerradas en el bucle competitivo.

“Todo negocio tiene éxito exactamente en la medida en que hace algo que otros no pueden. Un monopolio no es ni una patología ni una excepción. El monopolio es la condición de todo negocio de éxito.”[5]

Así pues, los economistas (austriacos incluidos) nos dicen que lo deseable para la sociedad es la competencia y lo peor, el monopolio. Sin embargo, el señor Thiel parece decirnos lo contrario: la competencia es la guerra y destruye valor, y la sociedad solo puede progresar gracias a las iniciativas de los monopolios. ¿Hay conciliación posible?

Por supuesto que la hay, y Thiel nos la empieza a explicar cuando define a qué llama monopolio. Para un economista, la causa del monopolio es irrelevante: da igual que sea porque utiliza la violencia y sistemas mafiosos, porque recibe un privilegio del Estado, o porque es el mejor en su innovación. Sin embargo, Thiel llama monopolios únicamente a estos últimos, al “tipo de empresa que es tan buena en lo que hace que ninguna otra empresa puede ofrecer un sustituto cercano”[6]. Por cierto, aquí también diverge de la economía austriaca, para la que los únicos monopolios en la economía son los que tienen un privilegio legal (véase Rothbard y su Man, Economy and State, por ejemplo).

Armados con la definición que da Thiel a monopolio, solo nos queda incorporar una visión dinámica del mercado para conciliar las bondades del monopolio à la Thiel con las tradicionales bondades atribuidas a la competencia. Claro que esa visión dinámica del mercado, omnipresente en la Economía Austriaca (Hayek y su discovery market process), está ausente de la visión mainstream de la competencia.

Nos lo explica Thiel. “En un mercado estático, un monopolista se limitaría a vivir de las rentas. Si controlas el mercado de algo, puedes subir el precio; los otros no tendrán más opción que comprarte. Pero el mundo en que vivimos es dinámico, es posible inventar cosas nuevas y mejores”[7]. Y en estas condiciones los monopolistas creativos generan categorías enteramente nuevas de abundancia, de cosas antes inexistentes. No es que sean buenos para el resto de la sociedad, es que constituyen una fuerza poderosa para hacerla mejor.

En suma, los monopolios à la Thiel implican nuevos productos que benefician a todo el mundo y beneficios sostenibles para el creador. Y, de paso, queda explicada la aparente paradoja entre competencia y bienestar, paradoja que solo existe en los modelos neoclásicos de competencia, y que carece de sentido con un enfoque austriaco, en el que la competencia es esencialmente dinámica, un proceso de descubrimiento del mercado.

La competencia contra la que arremete Thiel es el concepto neoclásico de competencia, ese en que los productos son homogéneos, los productores atomizados y la inversión ha aparecido de la nada. Y hay que arremeter contra ella, puesto que las decisiones de los reguladores corrigen los “fallos” que separan a los mercados reales de ese falso ideal. A estos es a los que Thiel dice: si entiendes la competencia de esa forma, entonces lo mejor para la sociedad es el monopolio.

A ver si a él le hacen caso.

[1] “We were obsessed with creating a digital currency that would be controlled by individuals instead of governments". Ver Thiel P. (2014). From Zero to One. Capítulo 3. La traducción es mía.

[2] Op.cit.

[3] “Allegedly necessary, supposedly valiant, but ultimately destructive”. (Traducción propia)

[4] Curiosamente, esta es la visión de la guerra que se tenía en el siglo XIX, según nos cuenta Bertha von Suttner, premio Nobel de la Paz, en su autobiográfica ¡Abajo las Armas! ¿Será Peter Thiel la Bertha von Suttner del siglo XXI?

[5] “Every business is successful exactly to the extent that it does something others cannot. Monopoly is therefore not a pathology or an exception. Monopoly is the condition of every successful business”. (Traducción propia, el subrayado marca las letras en cursiva en el original)

[6] “The kind of company that’s so good at what it does that no other firm can offer a close substitute”. (Traducción propia)

[7] “In a static world, a monopolist is just a rent collector. If you corner the market for something, you can jack up the price; others will have no choice but to buy from you.  But the world we live in is dynamic: it’s possible to invent new and better things”. (Traducción propia)