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Tres ideas sorprendentes en la ‘Teoría General’ de Keynes

John Maynard Keynes[1]es, junto con Milton Friedman, el economista más influyente del siglo XX. Su obra más aclamada, La Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, contribuyó al cambio de paradigma que tuvo lugar en la ciencia económica a mediados de los años 30. También es probablemente el economista más citado entre los profanos en la materia, quienes a menudo distorsionan sus ideas por desconocimiento de su obra. He aquí tres ideas incluidas en la Teoría General que suelen pasar desapercibidas para el gran público.

El uso de las matemáticas en la economía

¿Cuál es la metodología adecuada en el estudio de los fenómenos económicos? La Escuela Austriaca lleva debatiendo décadas con el resto de la profesión sobre cómo se debe abordar la investigación en economía. Mientras que los austriacos sostienen que la teoría económica se puede derivar a partir unos pocos axiomas fundamentales sin necesidad de evidencia empírica, la mayoría de los economistas abogan por el uso del método científico.

En esta batalla metodológica, los austriacos suelen ridiculizar el empleo de modelos matemáticos aplicados al estudio de la economía por ser poco realistas, en los que los keynesianos son su blanco preferido. Sin embargo, el propio Keynes se quejaba del uso excesivo de las matemáticas en economía. En el capítulo 21 de la Teoría General, el economista británico afirma que

“Una gran parte de la economía matemática reciente es una mera invención, tan imprecisa como los supuestos que la sustentan, que permite al autor perder de vista las complejidades e interdependencias del mundo real en un laberinto de símbolos tan pretenciosos como inútiles”.   

Quizás sea ésta la razón por la que apenas hay formalizaciones matemáticas en la obra culmen de Lord Keynes.

¿Estimular el consumo? No tan rápido…

“Para combatir la recesión, el Gobierno debe estimular el consumo”. ¿Cuántas veces habéis escuchado esto de boca de un autodenominado keynesiano? Es cierto que Keynes abogaba por estimular la economía vía gasto público en momentos de contracción económica. Sin embargo, de acuerdo con economista británico, el incremento del gasto debía destinarse a estimular la inversión, no el consumo (capítulo 22):

“Prácticamente sólo difiero de estas escuelas [las subconsumistas] en que hacen un énfasis excesivo en incrementar el consumo en un momento en el que sería muy ventajoso incrementar la inversión”.

Keynes tenía buenos motivos para centrarse en la inversión. Como se muestra en el siguiente gráfico, la inversión es significativamente más volátil que el consumo a lo largo del ciclo económico. Por tanto, si damos por bueno que los gobiernos deben llevar a cabo políticas fiscales expansivas para compensar caídas en la demanda agregada, los esfuerzos deberían ir encaminados a estimular la inversión, no el consumo.

Variación consumo e inversión respecto a la media

Fuente: Blanchard, O. (2017). Macroeconomics (7ª edición). Pearson.

A decir verdad, Keynes pensaba que estimular el consumo podría ser útil en tiempos de crisis, puesto que un aumento en la propensión marginal a consumir ayudaría a revitalizar la economía en momentos de contracción. No obstante, tenía claro que el coste de oportunidad de hacerlo era muy alto ya que “incrementar el stock de capital hasta que deje de ser escaso genera grandes beneficios sociales”.

Sobre las bondades del mercado

Solemos identificar a Keynes con la creciente intervención de los Gobiernos en la vida económica de los países. Y hay razones para ello. Keynes sostenía que los Gobiernos tienen que jugar un papel activo durante las recesiones para contrarrestar las caídas en la demanda agregada. No obstante, Keynes era consciente de las bondades de los mercados como mecanismos de disciplina social (capítulo 24):

“Hay valiosas actividades humanas cuyo desarrollo exige la existencia del ánimo de lucro y de un entorno de propiedad privada de la riqueza. Además, algunas inclinaciones humanas perversas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos gracias a la existencia de oportunidades para hacer dinero y tener riqueza privada, que, de no ser posible satisfacerse de este modo, pueden encontrar un desahogo en la crueldad, en la irresponsable ambición de poder y la autoridad y en otras formas de engrandecimiento personal. Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos”.

En efecto, en las economías de mercado, el ánimo de lucro que menciona Keynes se persigue sin necesidad de tiranizar al resto de lo sociedad. De hecho, la búsqueda del lucro personal acaba beneficiando a ésta en su conjunto, algo de lo que Adam Smith ya se dio cuenta hace más de dos siglos cuando escribió que “no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

En contra de lo que suele pensarse, Keynes entendía la función vital de los mercados como mecanismos de disciplina social y asignación de recursos, aunque propuso algunas medidas intervencionistas que, según él, ayudarían a suavizar las fluctuaciones del ciclo económico.


[1] Este artículo fue originalmente publicado en inglés en Intellectual Takeout