Usted está aquí

Tres mordazas

Sobre la prensa ha caído el mito de ser el cuarto poder[1], el que puede hacer caer o levantar Gobiernos, hacer que dimita el presidente del país más poderoso del mundo o apoyar su ascenso, el que vigila a políticos de medio pelo, empresarios sin escrúpulos o incluso a agencias gubernamentales. La prensa se ha convertido en el instrumento, en el canal de la libertad de expresión, de la verdad, incluso de la verdad objetiva. Pero la prensa, como cualquier otra institución, está llena de claroscuros que la convierten, no pocas veces, en sospechosa de colaborar con aquel a quien se supone que tiene o dice tener que controlar y denunciar cuando se excede en sus competencias: gobiernos, políticos, empresas, etc.

La prensa, sobre todo desde que se crearon las plataformas audiovisuales -la radio y, en mayor medida, la televisión-, tiene en sus manos la capacidad de crear una corriente de opinión, de moldear los discursos, de dar forma a lo políticamente correcto, y desde el Gobierno y la oposición se es consciente, por lo que persiguen su control o al menos cierta influencia en las líneas editoriales. Se podría dar una vuelta más de tuerca, pues en el ámbito empresarial en el que nacen los medios de comunicación son conscientes de esta situación y, si la recompensa es la adecuada, se pueden plegar a los deseos del poder político, colaborando, a la vez que se crea una falsa sensación de independencia entre ambos.

A lo largo de los siglos, la política ha desarrollado diferentes estrategias para controlar a la prensa. La contundencia con la que se ha realizado depende en buena medida del grado de libertad que existe en el país. En regímenes totalitarios como China, Corea del Norte, Cuba o Venezuela no tienen que disimular nada, simplemente prohíben críticas al régimen, cierran aquellos medios que son molestos o simplemente imponen como únicos los suyos propios. En países menos autoritarios, pueden disimular aprobando ciertas leyes que dificultan la libertad de prensa, establecen relaciones cercanas con las empresas y limitan los medios que pueden existir. Además, no tienen dificultad en usar de manera arbitraria la legislación. En países con un amplio índice de libertad es más complicado, pero no por ello imposible.

Hay varias maneras de amordazar a la prensa en un régimen que presume de libertad (aunque la tenga limitada de alguna manera). La principal es una estrategia a largo plazo que se basa en el control de la cultura y la educación, de forma que los futuros periodistas y redactores tengan mayoritariamente unas ideas que son consideradas políticamente correctas y, por tanto, adecuadas. Pero no pocas veces se necesita una manipulación inmediata y no excesivamente descarada. Voy a destacar tres mordazas que me parecen muy significativas y a aportar una ligera esperanza que me parece que, en cierta medida, mitigaría las primeras.

La primera mordaza es la subvención. Tiene mucho peso en la prensa regional, en concreto con la publicada principalmente en papel[2]. En España, este tipo de mordaza es muy utilizado por Gobiernos regionales y locales con intereses propios, no nacionales, aunque no exclusivamente. La subvención puede ser directa si la ley lo permite, o indirecta, como la que se proporciona a través de la publicidad institucional o de permitir una financiación ventajosa. Por ejemplo, en la Cataluña independentista y separatista, ha sido muy útil para la causa la proliferación de medios de papel que han permitido la expansión de las ideas sobre las que se asienta el famoso “procés”, favoreciendo a aquellos medios que se publican en catalán (y con ciertas ideas) frente a los que lo hacen exclusivamente en español. La subvención permite mantener vivo un medio que en un mercado libre estaría quebrado o en vías de quiebra. Esa ayuda vital tendría un precio: callar ciertas informaciones o, al menos, no darles pábulo. Quien desee leer la prensa regional con cierto espíritu crítico verá cómo abundan las informaciones políticas favorables a los Gobiernos regionales o locales de turno.

La segunda mordaza son las licencias. Cuando aparecieron las primeras televisiones y radios, y los Gobiernos se metieron en el ajo, las usaron porque la tecnología de entonces no permitía demasiados canales por los que emitir y querían, al menos en teoría, evitar que un único medio privado se hiciera con todo el espectro. De hecho, los Gobiernos crearon sus propios canales públicos, que en el caso de la televisión española fue único durante muchos años desde su creación. El resto del espectro fue dividido y no fue el mercado, sino el Ministerio, quien estableció cuántas televisiones privadas y radios podían existir. Este sistema es muy exitoso incluso en estos momentos, y las principales empresas que participan del oligopolio están contentas con ello, mientras que las pequeñas empresas que buscan una posición en el mercado, aprovechando los espacios que la legislación les permite, se quejan de las dificultades, dificultades que se ven atemperadas si mantienen posiciones sumisas a los Gobiernos. En definitiva, el sistema depende del espíritu benévolo del Gobierno, que es el que puede quitarle la licencia a la empresa y, bajo esa amenaza, la línea editorial puede manipularse, al menos en los asuntos más importantes. En países de carácter autoritario, no existe ningún problema a la hora de usar este sistema.

La tercera mordaza es la autocensura. La prevalencia de una moral siempre ha hecho que determinados comportamientos o expresiones sean mal vistos por una mayoría o por una minoría con autoridad, evitándose los escenarios más públicos y eligiendo los “underground”, que siempre he definido como una especie de mercado negro de las ideas, aunque también tenga sus reglas y sus fobias. Los escritores y redactores pueden temer que expresar determinadas ideas les suponga un castigo, ya sea porque las empresas para las que trabajan no las consientan, ya sea por ciertos colectivos sociales, partidos, sindicatos u otras instituciones. No es extraño que creen campañas de desacreditación contra personas y medios, en especial contra los más débiles. La autocensura es quizá la censura más dañina y peligrosa; dañina porque la persona que la ejerce se rinde a su propio miedo, y peligrosa porque limita la libertad de una manera mucho más profunda que los sistemas de censura que son relativamente fáciles de saltar y que, en el mejor de los casos, fomentan la creatividad. La autocensura es muy frecuente en los periodos en los que el criterio de lo políticamente correcto domina, promoviendo leyes que reducen el nivel de libertad de los ciudadanos con la excusa de su protección. Es la previsión de ese futuro el que alimenta a la bestia.

La esperanza estaría en la tecnología, pero con ciertos límites. La llegada de internet ha sido una revolución dentro del mundo de la comunicación y de la prensa. Ha revolucionado el modelo empresarial que tiene que hacer frente a una situación en la que los lectores tienen muchas más fuentes, de carácter muy diverso, nacional e internacional e, incluso, inmediato, donde además pueden llegar a tener protagonismo con sus testimonios, opiniones y pruebas. La tecnología ha terminado haciendo que la legislación sea obsoleta. Precisamente ha sido un movimiento tan aparentemente desenfadado como el de Tabarnia, que surgió de la sociedad civil y que se extendió por las redes sociales, el que más daño está haciendo al movimiento independentista catalán, que ha basado su éxito en la victimización de los suyos, el uso suave de la violencia y la privación de libertades, como la de escolarizar a un niño en lengua española, a la vez que se ha saltado la legalidad estatal (no pocas veces con el consentimiento del Gobierno nacional, por aquello de permitir la gobernabilidad de España). La subvención de medios y la prevalencia de las televisiones públicas catalanas no han sido suficientes para acallarlo. El miedo que propicia la autocensura no es tan frecuente si hay más personas dispuestas a decir lo que piensan sin temer las consecuencias. Es cierto que nada es tremendamente beatífico. En este nuevo escenario, echo de menos los análisis pormenorizados y detallados y redactores con conocimientos específicos sobre lo que se trata. Parece que la naturaleza veloz y “tertuliable” de las noticias hace que se opine sin criterio y por poco tiempo, ya que los temas duran apenas unos pocos días para luego difuminarse, en algunos casos hasta casi desaparecer. No estoy sugiriendo que la tecnología vaya a solucionar los problemas creados por estas mordazas o que no aporte ningún nuevo sistema de control, pero en los tiempos que vivimos ofrece más posibilidades a la libertad. En todo caso, estamos ante un nuevo modelo que aún está por definir y que dará pie a otras maneras de ejercerla.

[1] Según nos cuenta el historiador escocés Thomas Carlyle, a mediados del siglo XIX, este concepto fue acuñado por el político y escritor Edmund Burke en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en 1787.

[2] La prensa en papel lleva desde hace unos años en franca decadencia por la proliferación de medios digitales que están enraizados en los cambios tecnológicos y sociológicos, pero pese a que se vaticine su fin un año sí y otro también, sigue sobreviviendo e incluso resurgiendo en algunos países.