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Turismo global

Hace ya varias décadas que el turismo ha dejado de ser un entretenimiento para las clases más acomodadas y ya es un fenómeno del que disfrutan millones de personas. El negocio turístico mundial mueve unos 4,8 billones de euros y representa el 10,6% del PIB global. Se prevé que el sector turístico creará 221,5 millones de puestos de trabajo en el mundo.

La industria turística es el motor de desarrollo de muchos países y regiones donde otros recursos, bien por inexistentes, bien por incapacidad técnica para explotarlos, bien por regulados, no proporcionan a la población la riqueza suficiente para progresar. Basta con recordar como el turismo rural ha favorecido a muchas zonas agrícolas que han prosperado al margen del sector primario hasta el punto de que se están volviendo a repoblar a la vez que mejoran sus infraestructuras. Muchos países del Tercer Mundo han recibido y reciben millones de personas anualmente que aportan millones de euros a sus economías hasta el punto de que, incluso con corruptelas y economías planificadas poco eficientes, han transformado estas sociedades hasta niveles impensables hace décadas.

 

Tal fuente de riqueza, con sus defectos y sus virtudes en muchos casos inseparables, ha llamado desde el principio la atención de grupos y personas que dedican gran parte de sus existencia a salvar la sociedad de los primeros destruyendo inevitablemente los segundos, en algunos casos con un éxito descorazonador. A finales del pasado mayo, se celebró en Barcelona el congreso internacional “Nuevas políticas para el turismo cultural“, organizado por la Fundación Caixa de Catalunya y sinceramente, sus conclusiones son preocupantes.

 

Filósofos como Yves Michaud, antropólogos como Néstor García Canclini, Manuel Castells de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), el director de la Tate Modern, Vicent Todoli, Serge Guilbaut, historiador del arte y otros tantos han llegado a la conclusión de que la mejor manera de salvarnos de los males del turismo es regulándolo. ¡Qué gasto más absurdo de recursos para llegar a una conclusión que cualquier aula de la Secundaria sería capaz de gestar con un profesor convenientemente adoctrinado!

 

Yves Michaud dijo que el encuentro pretendía “inventariar las respuestas a los riesgos de esta revolución, que son muchos. Por un lado, los sanitarios, como propagación de epidemias. Por otros, los medioambientales, como el recalentamiento del planeta. Más difíciles de combatir son los culturales, pero dedicaremos especial atención a la creación de identidades locales ficticias, que se escenifican para los turistas. Y, en fin, también tenemos la pura destrucción del patrimonio”.

 
En todas las declaraciones subyace el miedo al capitalismo, el desconocimiento más básico de la economía y la idealización absurda de la cultura como un hecho ajeno a las personas, estable e inmutable, como el medio ambiente que también pretenden proteger. No terminan de entender que el turismo es un negocio, con su marketing, sus ofertas y sus productos, que el llamado turismo cultural no es cultura en sí pero sí una buena manera de invitar al turista a profundizar en conocimientos más complejos. En definitiva, que cualquier regulación que pretenda defender estos conceptos conservadores va a impedir que los que lo necesiten reciban de aquellos que se lo pueden permitir. Y que sólo a través de la creación de la riqueza se puede ‘proteger’, si es la palabra adecuada, esa cultura y ese medio ambiente, que parecen tan gravemente amenazados.