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Un juego cubano de trileros

Dentro de unos días, el 19 de abril, Raúl Castro dejará la presidencia de Cuba. No faltan quienes quieren ver en esto una señal de aperturismo y una voluntad liberalizadora por parte del régimen comunista. Sería esperanzador si los castrólogos y cubanólogos no llevaran décadas viendo signos en ese sentido que nunca terminan de convertirse en realidad. La dictadura mantiene intacta su naturaleza represiva, y sus dirigentes van a hacer todo lo posible para que nada cambie más allá de algún ligero retoque cosmético. De hecho, el 20 de abril el poder real seguirá en las manos del mismo personaje que lo habrá detentado hasta la jornada anterior.

Raúl Castro va a seguir siendo primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC). Ese puesto, y no el de presidente del país o del Gobierno, es el que le otorga el poder absoluto en la isla-cárcel. Según el modelo clásico de un sistema totalitario de corte marxista-leninista, el PCC no es tan sólo la única organización política legal en el país. Es, además, la columna vertebral del régimen y la estructura que controla todo el poder. El partido, en el comunismo, está por encima del Estado.

Da igual quién vaya a ostentar el cargo de presidente de la república o del Consejo de Ministros. La suya va a ser una figura simbólica, que va a actuar siempre según marque la obediencia debida a su superior en el partido. No es un secreto que el elegido va a ser el actual vicepresidente segundo, Miguel Díaz-Canel. Es un apparátchik de probada lealtad castrista del que no se espera que intente llevar al país por sendas diferentes a las marcadas por Castro. Y, aunque quisiera, no podría.

Su capacidad de actuación no sólo se vería restringida por el PCC y sus diferentes organizaciones subsidiarias, como los terribles Comités de Defensa de la Revolución. Se encontrará también siempre bajo la atenta mirada de la fuerza militar. Y esta va a estar en manos de la dinastía que martiriza Cuba desde 1959. Raúl Castro traslada el mando supremo oficial (nadie duda que de forma real lo va a seguir teniendo él) del Ejército a otra persona de su absoluta confianza. En concreto, a su hijo Alejandro Castro (que ya ostenta la jefatura de los servicios secretos).

Nada va a cambiar en Cuba a partir del 19 de abril, más allá del nombre del presidente oficial (el real no va a cambiar) del país. El dictador será el mismo autócrata que heredó la corona de hoces y martillos de su hermano Fidel Castro. Y el régimen se mantendrá como hasta ahora. Seguirá habiendo presos políticos (entre otros, el sucesor de Oswaldo Payá al frente del Movimiento Cristiano Liberación, Eduardo Cardet). No se van a autorizar medios de comunicación distintos a los controlados por el Estado y el Partido Comunista. Continuará habiendo detenciones arbitrarias y acoso a opositores. En estos aspectos, y en otros muchos, la naturaleza totalitaria del régimen no se va a modificar un ápice.

Cuba va a vivir este mes una gran obra de teatro. Ni tan siquiera va a ser eso. Se trata de un gran juego de trileros en el que la verdad y la libertad brillan por su ausencia. Y lo peor es que todo el mundo lo sabe. Hasta aquellos Gobiernos de todo el mundo que van a correr a felicitar al nuevo presidente en cuanto sea proclamado. La estafa va a tener muchísimos cómplices.