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Una de romanos y escraches

En las últimas semanas ha cobrado relevancia en España el fenómeno llamado "escrache", que consiste, como es bien sabido, en acosar físicamente a los políticos para mostrar el desacuerdo con sus decisiones. Así, grupos más o menos organizados, montan bulla en los alrededores de las residencias de nuestros representantes, causando desazón a sujetos y sus familiares. Todo ello parece haber generado gran inquietud social, sobre todo en los sujetos afectados. Y, lógicamente, se han alzado voces contra el fenómeno y se empieza a pensar como prohibirlo o, al menos, prevenirlo.

Vaya por delante que, al contrario de la mayor parte de gente y periodistas a los que he oído sobre el tema, en ningún caso comparto el fondo de los escraches que se están llevando a cabo en España. Puede que el escrache sea aceptable para prevenir situaciones que son claras contra el interés general (como una subida de impuestos o una quita de depósitos), pero no me lo parece cuando se trata de presionar al político para conseguir un interés particular (como la condonación de la deuda hipotecaria particular de alguien a costa del resto de españoles).

Desde mi punto de vista, el escrache no es más que una consecuencia lógica de la organización democrática que sufrimos. Conforme los ciudadanos van siendo conscientes de la merma de poder que la democracia supone para el individuo, conforme van padeciendo con más intensidad el poder a que se han sometido (vía subidas de impuestos, reducción de "derechos", abusos de la clase política dominante, corrupción...), la gente se da cuenta de que tiene que reaccionar.

Entonces analizan los mecanismos con que cuentan. Pueden esperar cuatro años o los que correspondan hasta las próximas elecciones, y disciplinar al político ejerciendo su derecho a voto. Pero ya todos sabemos que eso es vano, pues encontramos los mismos perros con otros collares, y al final del día, un político del PP es siempre más amigo de uno del PSOE, que de cualquiera de sus votantes.

Otra alternativa podría ser acudir a la justicia. Pero esta herramienta quedó ya hace mucho tiempo absorbida en la casta política, que era muy consciente de los problemas de dejarla campar a sus anchas. Así pues, el ciudadano no cree, no puede creer, que la justicia vaya a equilibrar el juego de poder con sus políticos. Y así lo vemos y lo hemos visto día a día durante muchos años: los escándalos más aviesos se solventan muchos años después con magras penas de cárcel, nula restitución de los bienes robados e, incluso, indulto.

Ello cierra las posibilidades institucionales de tratar de equilibrar el poder con la clase política. Y, entonces parece que solo queda como salida la violencia.

No es nada nuevo, y ha demostrado en el pasado ser efectivo. Aquí es donde empieza la peli de romanos. Pues es poco conocido que en Roma, durante la República, no había policía como tal. La seguridad de cada uno corría a cargo de uno mismo, y por ello la gente evitaba las salidas nocturnas o internarse en barrios de dudosa reputación como el Subura. No estaba prohibido el tránsito, pero la seguridad corría de cuenta de cada uno y no del erario público.

Ello valía también para los Senadores, y otra gente con capacidad decisoria sobre los restantes individuos. La excepción eran los cónsules y algún alto funcionario, que eran acompañados por un número variable de lictores que les permitiera un cierto poder para ejercer su decisión.

La consecuencia de todo ello es que los Senadores de Roma estaban sujetos al escrache que redescubrimos ahora, que constituía una eficaz forma de disciplinar la decisión de los políticos, sobre todo cuando estos se hacían con el poder en otras instituciones de contrapeso como los tribunos de la plebe.

Los Senadores de Roma sabían que una decisión contraria a los intereses generales, y sobre todo si era beneficiosa a algunos particulares, podía terminar con su casa expoliada, su familia vejada y su cabeza en una lanza. Quizá por contrapoderes fácticos de este estilo, llegó Roma a ser lo que fue.

Que el escrache puede ser muy efectivo, ofrece pocas dudas. Que se lo digan a los parlamentarios chipriotas mientras tenían que hacer la votación sobre la primera quita de depósitos propuesta por la CE, con miles de chipriotas esperándoles a la salida de la sede.

En estas condiciones, es muy fuerte la tentación de los políticos para legislar de forma "auto-protectora", añadiéndose nuevos privilegios a los que ya disfrutan, como prohibir el acercamiento de la gente a sus residencias. También aquí Roma tiene lecciones que enseñarnos. Resulta que César Augusto, consciente de la posibilidad del escrache y de los problemas de popularidad a los que habría de hacer frente, decidió contratar (a su cargo) un grupo de germanos para que completaran su protección sobre la exigua que proporcionaban los lictores. Estos germanos supusieron una profunda transformación en la tradicional guardia pretoriana, sin cuya nueva forma no se puede comprender la aparición y supervivencia de emperadores como Calígula, Nerón o Domiciano, en los cuales descansa nuestra imaginación cuando recordamos los desmanes del Imperio Romano.

Por ello, no creo que se deban tomar medidas especiales contra los escraches. Aquello que sea delito, que lo siga siendo si lo hace un "escracher", y aquello que no lo sea, que no pase a serlo solo porque moleste a los políticos.

Pero quizá aprovechen los políticos españoles esta ola de escraches para hacerse con una nueva "guardia pretoriana" y aislarse aún más de la ciudadanía enojada. La fina ironía sería que, al contrario que con los emperadores romanos, será la propia ciudadanía enojada los que la financiaremos con nuestros impuestos. Tome la forma que tome dicha "guardia pretoriana", sería un nuevo paso en contra de la escasa capacidad de contrapoder que le va quedando al ciudadano español respecto a la casta política, y a favor de la aparición de un nuevo Nerón o un nuevo Domiciano en nuestro país.