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Una sociedad exhausta

La elección de Donald Trump supone un reto para los expertos en política estadounidense, y en sociología electoral. Trump es élite antiélite, candidato del Partido Republicano contra el statu quo republicano, antiizquierdista, pero no conservador, y podríamos seguir recogiendo más contradicciones del personaje y su significación política. Trump supone, además, un frenazo en el gran cambio político-ideológico que está experimentando Occidente, cuyos perfiles no son fáciles de entender, pero sí de observar. 

Así las cosas, los estudios para entender el posicionamiento ideológico tienen quizás más importancia ahora que antes. Hay un informe elaborado por la compañía More in Common, titulado Hidden Tribes, que es muy interesante. Está basado en 8.000 entrevistas que preguntaron a los participantes sobre sus características demográficas (sexo, edad…), ideológicas, morales, de identidad grupal, consumo de medios de comunicación, comportamientos habituales… Más un conjunto de preguntas que versan sobre cuatro apartados: inmigración e identificación con su país, raza y justicia social, género y sexualidad, y religión. 

A partir de estos datos, ha identificado a siete grupos político-sociales. Los activistas progresistas (el 8 por ciento de la población estadounidense) son jóvenes, cosmopolitas, seculares, activos políticamente, y tienen una actitud bronca hacia el mundo. Los progresistas tradicionales (11%), mayores que los anteriores, tienen una actitud racional y dispuesta a llegar a acuerdos. Los liberales pasivos (15%) se sienten inseguros, infelices, desilusionados, y son desconfiados.

Luego hay un grupo de desafectos a la política, que son el grupo más numeroso (un 26% de la población). Son jóvenes y tienen por lo general bajos ingresos. Son indiferentes o desconfiados. Se identifican con su país, y tienden a ser “conspirativos”, es decir, ver en la política el juego de intereses particulares. No se creen los discursos políticos. 

Los moderados (un 15 por ciento de la población), tienen una mentalidad cívica y son personas comprometidas, aunque la significación de esta palabra no está muy clara. Son centristas y tienen una actitud pesimista. Son mayoritariamente protestantes. Los conservadores tradicionales (19%), religiosos, patrióticos, moralistas son de clase media. Y los conservadores comprometidos (un 6%) son mayores, blancos, patrióticos, muy activos e incondicionales. 

A partir de estos y otros datos, el informe llega a conclusiones muy interesantes. Pero creo que la principal es la que hace referencia a lo que llama la mayoría exhausta. Entran dentro de esta categoría cuatro grupos centrales de los siete: todos menos los activistas progresistas y los dos grupos conservadores. Quizás porque estos últimos están a la defensiva ante una tendencia que consideran amenazadora. Y los social justice warriors, que se identifican con el primer grupo, creen que el cambio no es lo suficientemente rápido. 

Y esto es lo interesante, que pese al creciente peso del Estado en la vida de los estadounidenses, a pesar de los mensajes alarmistas de los medios de comunicación, siempre acompañados de una recriminación a la sociedad y un llamamiento salvador de los políticos, a pesar de todos los esfuerzos de los grupos de interés de acrecentar el poder del Gobierno, a pesar de todo ello, o quizás por causa de todo ello, hay una parte muy importante de aquella sociedad que está, sí, exhausta. Y que participa poco de varias actividades de relevancia política, como las manifestaciones, el voto en las elecciones locales, ir a reuniones políticas, compartir contenido político en las redes y demás. 

En España no hay un estudio de estas características, que yo conozca. Pero nos podemos guiar por el Centro de Investigaciones Sociológicas, que en su último barómetro llega a las siguientes conclusiones: al 34,2 por ciento de los españoles la política le genera desconfianza, y al 15,8 por ciento aburrimiento. Además, un 13,3 por ciento lo que muestra es indiferencia, a lo que se suma un 9,2 por ciento a quienes la política suscita irritación. Sólo un 12,4 por ciento muestra interés, un 8,6 compromiso y un 3,5 por ciento entusiasmo. Es decir, que en una primera respuesta, un 72,5 de los españoles muestran un abanico de indiferencia y desconfianza. 

¿Qué puede crear esta desafección en un mundo en el que la política lo abarca todo, desde lo público a lo más personal (la educación de los hijos, la sexualidad, la comida…)? Seguramente es la conciencia de que la política no mejora nuestras vidas, y de que desde el Gobierno no hay promesa que no naufrague ante la realidad de una sociedad que tiene su propia lógica.

Esta conciencia puede llevar a lo que Antonio Mascaró llamó La teoría del desprendimiento: una desafección que, unida a la conciencia de que el Estado (para quien puede superar su enorme coste y aún así hacer frente a otros servicios del mercado) prescinde del ogro filantrópico y se busca la vida en el espacio aún libre.