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Vacíos voluntarios

La densidad de población en España y su distribución están de moda. La especie política descubrió hace unos meses, en las elecciones generales de abril de 2019, que había zonas muy amplias con muy pocos habitantes, y otras, con una acumulación de personas, lo que les llevaba a pensar en lo insostenible que es el ser humano para el planeta cuando se pone a hacer cosas de ser humano, o sea, siempre. Teruel, la enorme provincia de Teruel, tiene una población de 133.344 habitantes con una densidad de 9,01 hab/km². Soria, otra de las joyas de esta España vaciada, tiene 89.752 habitantes y una densidad de 8,70 hab/km². Frente a ellas, la Comunidad de Madrid, que es una comunidad autónoma uniprovincial, posee 6.661.949 habitantes (829,84 hab/km²) y Barcelona, 5.663.284 habitantes (721 hab/km²). En España, la densidad media es de 92,77 hab/km².

Este insulto a la igualdad (porque la igualdad, el culto a la media, es una obsesión política) supuso regueros de tinta en los programas de los partidos y periódicos de papel, horas de tertulias en radios y televisiones, y alguna que otra referencia en debates, mítines y otros discursos electorales. Podría ser malpensado y asegurar que este interés por el bienestar de los que viven en estas regiones tan poco pobladas se debía a que los estrategas políticos se dieron cuenta de que hacerse con los congresistas que aportaban cada una de las provincias era como tener una electoral veta de oro[1]. Voy a realizar un acto de caridad y pensar que no les interesaba el voto de sus moradores, sino darles servicios públicos adecuados y sacarles del olvido. De cualquier manera, la España vaciada, la rural, la que tiene pocas y malas infraestructuras, sigue presente en el actual clima electoral (otra vez) y las promesas de unos y las reivindicaciones de otros están en el candelero[2].

Puesto con perspectiva, que haya regiones con una densidad de población extremadamente baja y otras donde la gente se ubique, literalmente, unos encimas de otros, como son las ciudades y sus altos edificios, es algo natural. Desde que descubrimos hace miles de años la agricultura y que un lugar fijo donde vivir era más eficiente para la supervivencia que ir detrás de la comida o del buen tiempo, las agrupaciones humanas se han hecho más grandes, desde poblados a nuestras megaurbes. La protección frente a peligros, la seguridad de tener comida y agua cerca, incluso en tu misma vivienda, hacer más fáciles los intercambios y el comercio o la posibilidad de relacionarse y dar rienda al carácter social del ser humano se vieron potenciadas. Con el tiempo, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, en gran medida gracias al capitalismo y la libertad que conlleva, ha permitido que el conocimiento sobre plantas y animales, y la obtención de alimentos a partir de ellos sea mucho más eficiente, requiriendo mucha menos mano de obra ahora que hace unos siglos o incluso décadas. También la ciencia y tecnología han permitido que los problemas inherentes a las ciudades se hayan reducido o desaparecido. Las aglomeraciones hasta el siglo XX habían generado problemas sanitarios y de salud, y estos solían ser uno de los principales limitantes al desarrollo urbano.

El proceso migratorio entre la ciudad y el campo se ha dado con frecuencia a lo largo de la historia y es consustancial al desarrollo económico de un país. Mientras el sector primario es el principal, es lógico que una gran parte de la población sea rural, cuando deja de serlo, se producen estos movimientos poblacionales. La última gran migración del campo a la ciudad en España se dio a finales de los 60 y en los años 70 del siglo XX, cuando el desarrollo del sector industrial y sobre todo el de los servicios propició que, de forma voluntaria, miles de personas abandonaran el sector primario, que no satisfacía sus necesidades, y buscara nuevos horizontes. Los vacios voluntarios que ahora nos preocupan se terminaron de gestar en estos años.

La llegada en masa de nuevos habitantes supuso el desarrollo urbano de ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao y sus entornos metropolitanos, pero también la aparición de problemas sociales y políticos en estos entornos, que en gran medida ayudarían a cambiar el curso político en España. Este goteo no ha parado y sigue produciéndose, aunque de una manera distinta. El sector agrícola de esa época se vio afectado por un entorno de alta competencia en Europa, en especial por el agro francés que tanto peso tenía en la Comunidad Económica Europea. La entrada de España en la UE atenuó este impacto, pero, en buena medida, el futuro del sector rural estaba ya trazado.

El desarrollo de la tecnología permitió a los que quedaban en el agro no depender tanto de mano de obra[3], y esta fue una de las razones para que el entorno rural no volviera a repoblarse, aunque hay más. Hasta los años 90 en los que la red viaria de carreteras no empezó a mejorar ostensiblemente, irse a una ciudad era en buena medida abandonar el pueblo de por vida, o casi. En esa época, en las grandes capitales, tener un “pueblo”, a pesar de no haber nacido en él, era un clásico y estos se convirtieron con el tiempo en lugares de vacaciones para los emigrantes y sus familiares, sobre todo los que no tenían recursos para otros viajes. Con el paso del tiempo, la red de carreteras mejoró tanto que ha sido posible vivir fuera de las grandes ciudades y trabajar en ellas, o disfrutar de los aspectos más positivos del entorno rural sin residir en él. En cierta medida, regiones como la Sierra madrileña se han convertido en zona residencial de gente que desarrolla su vida laboral en la capital, limitando de alguna manera la tendencia, pero en zonas cercanas a estos núcleos urbanos.

Otro elemento que impide la repoblación del agro es que la sociedad del bienestar se ha acostumbrado a una serie de servicios que con el tiempo se han terminado considerando esenciales, incluso derechos, y algunos de ellos son complicados disfrutarlos en zonas rurales. Con el tiempo, es posible que la tecnología lo haga posible, pero de momento son limitaciones. Servicios ligados a la cultura (cine, teatro, librerías, etc.), otros ligados a las nuevas tecnologías (redes, internet, servicios wifi, fibra, etc.), infraestructuras que sólo se justifican si atienden a una gran cantidad de personas como hospitales, universidades o grandes instalaciones deportivas, incluso la posibilidad de contar con fluido eléctrico de manera continuada son ejemplos de problemas que se identifican con áreas rurales.

Hay una razón más desde mi perspectiva. Aunque la tecnología ha facilitado en buena medida el trabajo ligado al entorno agropecuario, el que aún queda en manos humanas es demasiado ‘duro’ para, precisamente, los más acostumbrados a los placeres de la sociedad del bienestar. No es extraño que sean inmigrantes los que trabajan con más frecuencia en estos entornos. Los trabajos relacionados con el agro no entienden de jornadas laborales de ocho horas, de vacaciones o de días de fiesta. Cuando algo tiene que hacerse, no puede esperar al lunes a primera hora o a después de las vacaciones en la playa. La utopía del pequeño huerto del que vive una familia en estado de eterna felicidad, que venden algunas filosofías de vida, es nada más que eso, utopía. Pocos de los que optan por esta forma de vida desde una mucho más compartimentada se acostumbran a ella.

El resultado ha sido la situación que tenemos actualmente. Hay regiones como Soria o Teruel, que mencionaba al principio, que debido a varias razones se han quedado desconectadas del desarrollo de España. En cuanto a la provincia aragonesa, además de no tener demasiadas conexiones con zonas tan desarrolladas como la Comunidad Valenciana, Cataluña o Madrid, se le une el hecho de que sus administradores públicos optaron por “monocultivos” económicos. La apuesta por la minería, en un entorno como el actual, ha sido una especie de sentencia de muerte económica, de la que en un entorno intervencionista es más difícil salir. La excesiva dependencia de los poderes públicos les convierte en sujetos pasivos de su propio futuro. El turismo rural o la potenciación de la caza, por poner dos ejemplos de actividades ligadas al agro, podrían ser parte de la solución, pero nunca toda. Desde las administraciones públicas, además de buscar una mejora de las infraestructuras (y porque no, dejar al sector privado que participe en ello o incluso lo lidere), debería plantearse seriamente una competencia fiscal que atraiga inversión a las zonas.

Un último punto que quiero tocar es el de los incendios forestales que, en estas zonas son especialmente graves. El agro es algo más que agricultura y ganadería. Es, entre otras cosas, mantener los montes limpios y en condiciones adecuadas para que precisamente los incendios no los devasten y se les pueda sacar un rendimiento económico. En un primer acercamiento, podemos señalar la ausencia de población como la razón de esta situación, pero siendo un condicionamiento, no es el más importante. Las políticas de sesgo ecologista de algunos Gobiernos han impedido que se haga esta labor de limpieza en buenas condiciones y, una vez iniciado un fuego, su control es mucho más difícil. La introducción de ciertas ideologías en el entorno rural no ayuda nada.

La España vaciada es la evolución lógica de la historia de España, que ha sido distinta de la de Francia o de la de Alemania, que tienen otras distribuciones de población menos concentradas en sus urbes. Los entornos urbano y rural tienen sus ventajas y sus inconvenientes y debemos aceptarlos como son en cada momento. En el entorno rural pueden considerar que es un derecho tener internet de alta velocidad, pero un urbanita también puedo pedir que no haya ningún tipo de contaminación en una ciudad o incluso exigir el derecho al paisaje. Tanta reivindicación poco razonable solo puede terminar en un disparate. Y a los políticos les encantan los disparates.

[1] De todas las elecciones generales que he vivido, esta ha sido la primera en la que los partidos, en especial VOX, hicieron esfuerzos por atraer el voto de votantes que, tradicionalmente, habían, sino despreciados, sí no ninguneados. Santiago Abascal declaró que “Desde Vox queremos que la España rural deje de ser una España de segunda y olvidada”. Para el bipartidismo, no era importantes pues muchas de estas provincias tenían el voto cautivo y raramente cambiaban su tendencia, el sur solía ser para el PSOE y casi todo el norte, para el PP. Las peleas solían ser más intensas en provincias con más de tres diputados.

[2] Aunque una cosa son las promesas y otros los hechos. Una vez superado el periodo electoral, las promesas suelen tornar en olvidos y lemas como el famoso “Teruel existe” se archivan hasta la siguiente convocatoria electoral en el que la provincia aragonesa volverá a aparecer, como lo hacía Brigadoon cada cien años.

[3] Con el tiempo, la mano de obra que ahora se sigue necesitando, sobre todo en época de recogida de ciertos productos, es en buena parte inmigrante.