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Violencia indignada

El movimiento de socialistas indignados con el socialismo ha terminado chocando violentamente con las sociedades abiertas al descubrir que el sistema no funciona y no se puede redistribuir la riqueza que no se crea. La escalada se ha ido incrementando y lo que en un primer lugar fueron simples okupaciones de espacios públicos ha llegado a constituirse en movimiento de intolerancia.

De la protesta a la okupación pasando por reivindicaciones del viejo comunismo hasta entrar en propiedades privadas como bancos o hipermercados. Parecía que lo habíamos visto todo hasta que con la excusa de las Jornadas Mundiales de la Juventud grupos anticatólicos organizaron una marcha de espíritu indignado que avergonzó a todo el país al insultar y amedrentar a los peregrinos que habían llegado de todo el mundo como si fueran apestados.

Semejante odio visceral hacia el catolicismo y sus fieles no hace más que recordarnos las terribles persecuciones y asesinatos del pasado que los propios manifestantes relacionaron al grito de "¡os vamos a quemar como en el 36!". No se trata de un grupo mayoritario pero ha contado con una preocupante legitimación por parte de medios de comunicación de izquierdas y la participación de gentes de buena fe. La banalidad del mal descrita por Hanna Arendt regresa cíclicamente para recordarnos lo peor de la naturaleza humana en el momento que individuos pacíficos y respetuosos pueden llegar a participar o justificar semejantes linchamientos públicos.

Si en los primeros momentos de la filosofía era imposible pensar sin Dios, hoy nos resulta imposible analizar las cuestiones sociales sin el efecto distorsionador del Estado. Tras prometer ilusiones sociales imposibles de realizar en forma de derechos, estos indignados empiezan a canalizar sus frustraciones a través de la violencia. No es la falta de pan lo que les lleva a movilizarse sino la diferencia entre sus falsas expectativas y la realidad. La última excusa ha sido la de unas jornadas religiosas celebradas en Madrid y el punto álgido llegará cuando un gobierno responsable actúe decidido para terminar con el espejismo devolviéndoles a la dura realidad. Será entonces cuando tendremos que enfrentarnos a casos de extrema violencia en el que además los contribuyentes seremos los principales culpables por no querer, ni poder, sostener modelos de vida subvencionados y parasitarios.

De golpe, iluminados por algún tipo de revelación, quienes siempre han definido la supremacía de lo colectivo han exigido la fiscalización de las cuentas públicas porque se ha incurrido en gastos -indirectos- en lo que ellos consideran indeseable. Quienes promulgan el monopolio de la violencia estatal para garantizar nuestra seguridad prohibiendo las armas para la autodefensa lamentan ahora posibles abusos de la Policía; quienes reclaman siempre la propiedad pública discuten ahora que un Alcalde disponga y corte calles a su antojo sin tener en cuenta a los vecinos. Ahora... ahora que les molesta a ellos pero nunca como posición absoluta, en este punto practican la ortodoxia utilitarista. No nos engañemos, no nos encontramos ante una conversión de los colectivistas al capitalismo, sino de una concepción totalitaria e ideológica del Estado. En los últimos años se ha legislado sobre la moral ambicionando el monopolio sobre sentimientos íntimos e incluso la salvación extraterrena, más allá de la vida. Fuera de esta nueva salvación, solo posible dentro del Estado como ciudadano antes que hombre solo, hay anatema.

Y es que la clave para la convivencia es una sociedad abierta en la que los individuos puedan convivir y comerciar pacíficamente con sus semejantes bajo un sistema de seguridad jurídica. Semejantes pero no iguales, en aceptar la diferencia y respetar al "otro" se encuentra la clave de bóveda que sostiene la tolerancia. Debemos evitar que un poder absoluto, fuese ayer la Iglesia o el Estado en la actualidad, pueda definir la "normalidad" según un patrón de estricta y obligada obediencia. De lo contrario, la excomunión no solo comportará la condena de nuestra alma sino que incluirá el tormento físico y el oprobio público. No caigamos en una nueva edad de las Tinieblas.