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¿Y esto era el triunfo del progreso y la tolerancia?

Las mujeres tenemos algo especial y hemos de rebelarnos. Parece ser. Yo empiezo a estar algo confundida, como fuera de mi tiempo. La naturaleza debió haber sido más sabia y hacernos a todos iguales. Igual de guapos (y feos), igual de listos (y tontos), igual de locuaces (y silentes), igual de atléticos (y torpes), igual de hombres (y mujeres). O viceversa.

Hasta ahora me había negado a dar pábulo a tanta idiotez concentrada. Y así espero seguir. Cerrando los ojos a la realidad como forma de rebelarme ante la mediocridad trufada de infinita maldad. Mirando hacia otro lado. De nada sirve, por supuesto, y seguro no sea más que otra actitud cobarde. Mal está que quede negro sobre blanco.

La cuestión es que yo no quería meterme en esta cuestión. Veo lo que ya está pasando y no me está gustando. Barrunto lo que va a pasar y me gusta aún menos. Temo lo que la politización de lo social está haciendo en los demás y temo lo que va a acabar haciendo en mí. No busco este desgaste ni busco a esta gente, pero cada vez resulta más difícil zafarse de su monopólica invasión.

Es curioso. En una época esta, la posmoderna, en que se ensalza la diferencia como gran virtud del orbe multicultural, multirracial y multisexual, no hay nada que reviente más al espécimen políticamente correcto que la diferencia. Lo que nos lleva a que el punto de partida, esto es, la diferencia y la tolerancia, poco tienen que ver con lo que en verdad moviliza a estos sujetos. Libertad de expresión, de elección, de asociación y de acción, para ellos, pero nunca para los demás, sus adversarios. ¿Libertad, para qué? O, más bien: ¿Libertad, para quién?

Es una forma de tiranía muy sutil que por supuesto invade y horada lo más íntimo y privado de nuestro ser. Antes, no sé si serían los liberales o quiénes, se solía decir: “los socialistas gustan de meterse en tus bolsillos; los conservadores se meten en tu alcoba”. Ahora, todos, socialistas, liberales y conservadores han cogido la santa manía de meterse en alcoba ajena. Y todo el puñetero día con la cantinela para izquierda y para derecha, para arriba y para abajo.

La gente ya es incapaz de vivir su propio sinsentido de existencia sin darle sentido con el chismorreo, el voyerismo y la censura inmediata e implacable de lo que hace su vecino, siempre blandiendo la divertida bandera de lo políticamente correcto.

Antes se echaba mierda sobre los demás por medio de una lucha de clases cruenta que prestaba atención a cómo se distribuían los recursos materiales, a lo que se tenía o no se tenía. Eso pasó a un segundo plano en el populismo moderno que nos asfixia. De forma absolutamente delirante y esquizofrénica, se espeta al mundo, pechos al aire si hace falta, que la diferencia se defiende hasta con la muerte… Del de enfrente, a poder ser. Y es que hace mucho que desaparecieron los románticos. Esos auténticos héroes del suicidio individualista. Hoy, los suicidos son colectivos.

Pero precisamente, como hay diferencia, como tú eres guapo (o feo), listo (o tonto), locuaz (o silente), atlético (o torpe), hombre (o mujer), no hay igualdad. Y, como no hay igualdad, hay que hacer lo imposible por acabar con la diferencia, con la desigualdad. 

Y aquí llega la locura. O sea que soy mujer y diferente (y a mucha honra), pero quiero ser hombre e igual. Bonita contradicción.

La presión social a que están sometiendo las feministas (no solo ellas o ellos, hay tabús mayores) a la población es abrumadora. Hasta el punto de que, para Natalie Portman, las estatuillas de Hollywood no se ganan (hace tiempo que se desterró “and the winner is” por “the Oscar goes to”), se reparten mediante cuotas de raza y sexo. Pero no nos engañemos, las diferencias son cada vez mayores. Es más, ahora no hay hombres y mujeres. Ahora hay un sinfín de combinaciones posibles. Multipliquemos. ¿Cuántos se pueden sumar al carro de clamar por un trato privilegiado por ser diferentes? ¿Cuánto se puede trincar del erario con la proliferación de tanto grupúsculo cargado de derechos históricos? ¿Cuánto se puede odiar, vilipendiar y arrinconar a la otra mitad de la población? Carta libre para dos de los grandes conductas humanas enemigas de la sociedad libre: perpetrar el robo a manos llenas y jactarse de un poder máximo sobre esa otra mitad, ya sea dominando sus conciencias o su voluntad. El ciudadano -el votante- ha pasado de ser en muchos casos un parásito para convertirse en tirano, juez y verdugo.

Si las mujeres antes ganábamos menos, tras esta agresiva campaña, muy pocas contrataciones nuevas va a haber... Al menos, voluntarias. ¿Alguien en su sano juicio querría de compañera o empleada a una sindicalista feminista? ¿Una mujer que, por el mero hecho de que se emplee una palabra en masculino o femenino, entra en cólera y en trance de forma impostada, pero irritablemente chillona, artera y amenazante?

Ay, Dios, demasiado ocio tenemos, me parece a mí, demasiada abundancia material llovida del cielo. No hemos dado palo al agua en nuestra miserable vida y andamos enfangados en el cretinismo más absurdo. Somos todos opinólogos de Twitter, cineastas de Youtube, cuentahistorias de Instagram. Nos hemos creído nuestro propio personaje. Tenemos un deseo incontenible de ser escuchados: a todas horas, por todo el mundo, digamos lo que digamos. Es el derecho que la voz de Internet ha otorgado a la humanidad.

Y queremos ese derecho para imponernos a los demás, destrozarlos si es posible, saldar (viejas, muy viejas) cuentas pendientes. Queremos imponer nuestra cosmovisión, nuestra forma de relacionarnos entre sexos, razas o lo que sea, nuestra forma de entender el sexo, de concebir nuestra religiosidad (o su falta). No queremos voz para expresarnos en competencia y aceptar nuestra propia diferencia, aunque ésta sea, por definición, por la modernidad, minoritaria. Queremos voz para silenciar la voz de los demás. Gritamos alto, mucho más alto que aquellos que nunca gritarán, con el fin de olvidar nuestra insignificancia y autodesprecio. Poder y sometimiento. Siempre ha sido la dictadura del pensamiento único. Antes se trataba de meter las manos en los bolsillos, ahora se trata de meterla en los bolsillos, en la alcoba, en los pensamientos y en el corazón.

Decía antes “forma de tiranía sutil”. En realidad, bastante salvaje es. Demasiado ocio y tiempo libre…