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Contra la derecha identitaria

La división entre izquierda y derecha, tan criticada, sigue teniendo eficacia. Particularmente, no me sitúo en ese eje porque me parece impreciso. Lo es a estribor, porque a babor la definición es muy clara. La izquierda es la visión del hombre como un ser perfectible, perfecto material de construcción de una sociedad nueva, construida sobre nuevas bases. Una sociedad futura (eternamente futura, prueba de su sempiterno fracaso), que encarnará los ideales de racionalidad y justicia que estén de moda en cada momento. Nuestra razón, tan precaria, y nuestra idea de justicia, tan atávica, nos conducen a la construcción de un orden a la vez sencillo, previsible y seguro, en el que todos somos iguales.

La igualdad es la estación de término de la visión izquierdista del hombre. Pero no es suficiente para resultar políticamente tentadora; hace falta una vinculación de la persona con ese ideal de igualdad. Y esa vinculación es la identidad. Tu identidad es, por un lado, lo que eres. Y, por otro, es el conjunto de rasgos que te definen a ti y a todos los que son como tú; a tus iguales. No es casual que la palabra identidad signifique la definición de la persona y al mismo tiempo sea sinónimo de igualdad. La izquierda es identitaria. Es normal que la izquierda siempre haya tenido una obsesión estética por la uniformidad y, especialmente, con la disolución de grandes números de individuos en formaciones ordenadísimas, ortogonales, uniformadas, perfecta e infantil ilustración de la sociedad que habrá de venir. De ahí esos alardes comunistas y nacional socialistas que todos tenemos en el recuerdo.

La derecha es más difícil de describir. Es, en realidad, lo que hay fuera de la izquierda. Y aunque en ella hay diferencias de grado, o de visión de lo que es la sociedad igualitaria (los obreros tomando el control de la economía, o los ricos pagando las facturas sanitarias de los pobres, o la raza aria, epítome de las virtudes físicas y morales que coronan lo mejor de la humanidad), hay un mismo camino que lleva siempre hacia la construcción de un mundo ideal y, en último término, a una igualdad. Eso no pasa con la derecha. La derecha es un conjunto de ideas heterogéneo, abigarrado.

Erik von Kuehnelt-Leddihn plantea la dicotomía en términos de libertad e igualdad, que así se llama una de sus principales obras. Esto sugiere que lo que se opone a la izquierda, es decir, la derecha, tiene que sustentarse en la libertad. Yo lo considero un argumento excelso, pero yo entiendo que no todos tienen porqué compartir este amor porque cada uno haga lo que desee sin robar o matar a los demás. Hay, al fin, una derecha no liberal.

El éxito de la izquierda ha sido arrollador. No en lograr sus propósitos, que en eso fracasa minuciosa y dolorosamente, sino en ilusionar a las masas con ese esplendoroso futuro que, ¡ay!, nunca acaba de llegar. La realidad se empeña en no ser de izquierdas, y la izquierda se ve obligada a renovar su mensaje para generar nuevas ilusiones. El último de los mensajes de la izquierda es el de la diversidad.

Pero ¿no habíamos dicho que lo que le define es la igualdad, la identidad, los desfiles ortogonales? ¿Cómo encaja esta llamada a la diversidad? Es una máscara, una gran estrategia política.

Para construir una nueva sociedad, hay que destruir la actual. Por eso la crítica a lo que somos y la promoción de lo que, sincera, justa y desvergonzadamente se llama contracultura. Hay que deshacer lo que hay y buscar “la otredad”. Y ello exige sacar a la luz sociedades distintas, o crear para la propia nuevas formas de organizarse la vida, nuevas formas familiares. Todo ello se pasa por el turmix gramscimarxista que define una realidad como víctima de la sociedad actual. Así, por un lado, se muestra la inanidad de nuestra cultura y se identifica (ya nos vamos acercando) a los miembros de ese grupo como beneficiarios de la arcadia prometida. Y a esa estrategia se le da la vuelta, diciendo: Puesto que tú eres (homosexcual, mujer, mapuche…), tú has de votar a la izquierda. Se tiende un puente entre tu identidad y el sentido del voto, que pasa por encima de las aguas inseguras del pensamiento y del debate.

Esa apuesta por la diversidad es falsa, por tres razones. La primera es que lo que funciona es compartimentar la realidad en categorías que se puedan manipular políticamente, y eso no es aceptar la diversidad de la realidad tal cual llega. En segundo lugar, porque el respeto a la diversidad nunca alcanza a los elementos de nuestra cultura; tú puedes ser musulmán o ateo, pero no cristiano. Y en tercer lugar, y esta es la clave, la diversidad nunca, nunca, nunca se permite en el ámbito de las ideas. Recordemos el caso de James Damore, a quien Google expulsó por pensar distinto ¡en aras de la diversidad!

Una vez más, la izquierda sienta los términos del debate, y de nuevo la derecha reacciona, dicho sea con todo el sentido. Hay una derecha que ha reaccionado haciéndose identitaria. Pero mientras que izquierda identitaria es un pleonasmo, su reverso, la derecha identitaria, es un oxímoron. Son la otra cara de la misma moneda, que convierte en identidades algunos rasgos de nuestra cultura pero que, contra la izquierda, los defiende frente a los peligros que ve por todos lados.

La derecha identitaria habla en mismos términos que el anverso de esta falsa moneda, utilizando tipos ideales para escribir un relato que es poco más profundo y veraz que una historia de guiñol. Pero la televisión no digiere discursos más complejos, y el público tampoco los pide. Son muchos los que comparten ese miedo por una sociedad en peligro de desaparecer, y el miedo es un argumento tan bueno como la envidia y el odio. La política, siempre sacando lo mejor de nosotros mismos.

Para definir a este movimiento, vamos a apoyarnos ligeramente en Ricardo Dudda, que tuvo el talento de sacar antes que yo el titular de este artículo. Dudda nos dice: “Hay un tipo de crítico derechista de la izquierda identitaria que no parece darse cuenta de que utiliza los mismos argumentos que critica: el esencialismo, el desprecio al individuo, el iliberalismo. (…)  Son maestros de la sospecha como los relativistas que critican en la izquierda posmoderna”.

Estrictamente, el movimiento identitario nace en Francia, y tiene las marcas de anti inmigración y xenofobia. Forma parte del mismo movimiento nacionalista que ha visto emerger a la derecha alternativa (alt-right). Alternativa, esto es, tanto a la izquierda como al liberalismo. Desbordando lo más duro de este movimiento, hay corrientes políticas que combinan distintos grados de “identitarismo”, como la Reunión Nacional (que no ya Frente) de Marine Le Pen, o el Fidesz de Viktor Orbán, por poner un par de ejemplos.

Hay una diferencia entre defender tu libertad frente a las imposiciones de la izquierda y atacar la de aquéllos grupos que ésta utiliza de ariete contra Occidente. Por descontado que los individuos aislados no existen, y que lo que somos cada uno de nosotros está condicionado por la sociedad en la que nacemos, y a la que, si acaso, hacemos una pequeña contribución. Pero eso no quiere decir que debamos hacer una definición estereotipada de la sociedad, congelarla y dar con una cachiporra a todo lo que se mueva de ahí. Luis I. Gómez escribía en Disidentia alertando precisamente de ese peligro. Además, para defendernos de quienes nos quieren insultar y quitar nuestra libertad a un tiempo, no es necesario refugiarse en esas estrecheces. Como decía Leibniz, no hay causa sin razón suficiente, y hay grano entre la paja identitaria que no hay que deshechar sin más. Pero está más en la descripción de los procesos sociales que en su propuesta de solución.

La libertad, cierto es, es madre feraz de un aparente caos. Luego resulta (es, al menos, lo que defiende el liberalismo), que hay un orden no diseñado en los amplios brazos de la libertad, y que incluso es superior al que torpemente nos podamos imaginar. Los frutos de la libertad no son perfectos, pero son lo mejor a lo que podemos esperar. Y eso es algo que la nueva derecha, nada menos que identitaria, parece no llegar a entender.