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El escándalo Scruton

Sir Roger Scruton era asesor del gobierno Tory de Theresa May. May, como recuerda el lector, está en pleno torbellino del Brexit, en el que la europeísta asumió como objetivo axial de su política la salida del Reino Unido de la Unión Europea no más allá del pasado 29 de marzo. A pesar de ello, tiene que encontrar tiempo para sus quehaceres normales de gobierno, y entre ellos ha considerado incluir el despido del filósofo británico.

Scruton ha sido editor de la revista conservadora The Sailsbury Review, y es autor de medio centenar de libros sobre filosofía, su ámbito del saber, sobre todo sobre cuestiones estéticas, morales y políticas. Uno de sus últimos libros es Cómo ser conservador, que ha sido traducido a nuestro idioma recientemente. No puedo compartir con el lector mis ideas sobre el libro, porque no lo he leído. Sí he leído otro libro que también está reescrito en nuestro idioma, bajo el título de Pensadores de la nueva izquierda, y que recomiendo a todo el mundo. Se toma el pesadísimo trabajo de digerir, con una gran inteligencia, a los pensadores más relevantes de la última izquierda, y nos los presenta de forma exacta, pero crítica y no exenta de humor en ocasiones.

Echarle del gobierno es un movimiento audaz, porque Scruton es probablemente el intelectual conservador más importante del momento, o al menos está entre los pocos que cabe considerar como tales. Y en un momento en el que el partido conservador británico pasa un momento tan bajo, en el que está en el poder sólo porque los laboristas están bajo el estúpido liderazgo de Jeremy Corbyn, la decisión parece en principio chocante. Pero veamos cuáles han sido las circunstancias.

Scruton había concedido una entrevista a The New Statesman, una revista cultural vinculada al socialismo fabiano en sus inicios, y que se define como progresista y escéptica. Su subeditor, George Eaton, empezó a compartir en las redes sociales algunas de las respuestas ofrecidas por el asesor del Gobierno en materia de vivienda.

En un primer tuit, dice Eaton: “En una entrevista a NS, el asesor del gobierno y filósofo Roger Scruton ha hecho una serie de afirmaciones escandalosas (outrageous). Sobre los judíos húngaros: ‘cualquiera que no crea que hay un impero de Soros en Hungría, no ha observado los hechos’”. Lo cierto es que, así entendido, parece ser una afirmación de hecho sobre el poder de Soros en Hungría, o según nos dice Eaton sobre los judíos en aquél país. Una afirmación que será verdadera o falsa, pero no implica un juicio de valor.

En un segundo tuit, Eaton añade: “Roger Scruton sobre los chinos: ‘cada chino es una especie de réplica del siguiente, y eso es aterrador”. Lo cual, así dicho, sí es un juicio moral, porque es una afirmación que supone que una raza es capaz de producir personas iguales unas a las otras, como los clones de Star Wars, lo cual les privaría de su dignidad.

En el tercero de los tuits de Eaton, el periodista dice: “Roger Scruton sobre la islamofobia: “es un término propagandístico inventado por los Hermanos Musulmanes para paralizar el debate sobre un tema de gran relevancia’”.

Y el cuarto: “Scruton también dice que es un ‘sinsentido’ acusar a Viktor Orban de antisemitismo e islamofobia. Los húngaros se alarmaron enormemente por la repentina invasión de grandes tribus de musulmanes procedentes de Oriente Medio’”.

Estos extractos de la entrevista, realizados por el entrevistador, motivaron un aluvión de críticas, acusaciones de mostrar un “supremacismo blanco”, protestas por parte de parlamentarios laboristas (comandados, insisto, por Jeremy Corbyn, el líder más antisemita de Europa junto con Pablo Iglesias y algún otro líder de la Europa del sur), y finalmente el despido por parte del gobierno conservador.

De lo extractado por Eaton no se desprende supremacismo alguno. La crítica al término islamofobia y, en particular a su uso como spray paralizador, me parece iluminador. Supone, además, una invitación a no detener un debate necesario, una actitud muy propia de un filósofo, aunque entiendo que puede llegar a resultar escandalosa para un periodista, tal como muchos compañeros entienden nuestra profesión.

Por cierto, y aquí es donde comienza el verdadero escándalo, Eaton, que es quien realizó la entrevista a Scruton, retorció el sentido de las palabras de Scruton. Por ejemplo, él no expresó una visión racista sobre el pueblo chino, sino que hizo una crítica a su gobierno. Es a él al que acusa de querer cumplir con el viejo ideal de la izquierda de acabar con los individuos creando un nuevo-hombre-réplica que asumiese los valores de progreso impresos con el sello de la autoridad. Quizá Eaton se sintiera él mismo criticado, o acaso pensara que era fácil retorcer sus palabras y convertir una llamada a respetar la individualidad de las personas, que hace que lo único que pueda igualarlas sea su dignidad, en el viejo colectivismo racista.

Por otro lado, Scruton no habla de “los judíos húngaros” cuando se refiere al “imperio de George Soros” en aquél país. No hace una crítica a ese pueblo, como si fuesen sirvientes de un emporio creado por el magnate especulador. Scruton se refiere a un único judío, Soros, y a su red de organizaciones regadas con sus inagotables fondos. Un hombre que, además, no se identifica a sí mismo como judío.

¿Por qué habla Eaton de las referencias a “los judíos húngaros”? Brendan O’Neill, editor de Sp¡ke, cree que es una referencia a un antiguo discurso de Scruton, en el que dijo: “gran parte de la intelligentsia de Budapest es judía, y de parte de las extensas redes del emporio Soros”. El filósofo explicaba esa afinidad de ciertos judíos con Soros en el hecho de que el nacionalismo húngaro está aún tintado por el negro antisemitismo. Y esto ha alejado a muchos judíos de abrazar a una identidad nacional. Soros, por su lado, tiene como modelo de negocio la disolución de los Estados-nación, por lo que la confluencia de intereses es total. Pero de ese discurso se desprende una simpatía hacia los judíos y una crítica al antisemitismo. Eaton, gracias a las artes del periodismo progresista, logró darle la vuelta a sus palabras.

Así que hay un escándalo, pero no es el de Roger Scruton, sino de nuevo el del periodismo transformador, el de ese periodismo que cree, con razón, que el mejor modo de transformar la realidad es mentir sobre ella.