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El monopolio estatal de la verdad

No se puede sostener, a la vez, que todos los hombres somos iguales pero que unos tienen que dirigir la vida de otros a través del Estado. No se puede defender, al mismo tiempo, que el empresario explota a los trabajadores por apropiarse de una parte de su salario y que el Estado, en cambio, los protege robándoles la mitad. No se puede, en definitiva, argüir que el socialismo es concordia y el capitalismo un régimen salvaje, cuando el primero se basa en la violenta expropiación de todas las propiedades y el segundo en las relaciones y los acuerdos voluntarios de las personas.

Dada la natural podredumbre de sus bases intelectuales y de su lógica argumental, la izquierda, animada por su gula estatólatra, no ha tenido más remedio que utilizar la propaganda para difundir su credo liberticida. Pero no ha podido evitar caer en contradicciones tan graves como las anteriores: utilizar la libertad de expresión para defender su entierro prematuro.

Una vez tomado el poder mediante arengas e indisimulados embustes a las masas, sus falacias, contradicciones y falsedades no han dejado de acentuarse. El caso más escandaloso es el de las revoluciones comunistas, que, tras haber prometido la abundancia sin límites, la eliminación del trabajo y la libertad irrestricta para el ser humano, sólo trajeron miseria, esclavitud y salvajes genocidios.

La socialdemocracia también cae en clamorosas manipulaciones. Su entramado burocrático y ultraintervencionista del Estado de Bienestar no deja de ser una reelaboración del Estado fascista y corporativista de Mussolini; una maraña de fracasos y de recortes progresivos de la libertad. Nos prometen bienestar, pero sólo nos han traído un mastodonte estatal que se nutre de nuestros impuestos y de nuestro trabajo.

La burocracia se ha extendido al son de unos grupos de presión que se alimentan de los ciudadanos desorganizados y apolíticos para seguir medrando sobre la plataforma del malestar redistribuido. El Estado social se convierte en el mecanismo para desocializar a las personas, para enfrentarlas unas con otras, para reclamar prebendas, privilegios, fueros y subvenciones. Todo el mundo, como ya dijera Bastiat, pretende vivir a costa de los demás; todo el mundo quiere utilizar el Estado para esclavizar a sus conciudadanos.

George Orwell entendió perfectamente este carácter zalamero del socialismo: apelar a unos valores para aniquilar su contenido y su virtualidad. El Ministerio de la Abundancia ofrecía pequeñas porciones de abundante hambruna, el del Amor insuflaba amoroso odio a diario, y el de la Paz servía para librar pacíficas guerras sin final. En cierta manera, el granero ideológico de la izquierda se nutría de estos tres ministerios. La izquierda es, por partes iguales, pobreza, odio y violencia. La pobreza es su destino, el odio su origen y la violencia su instrumento.

Pero la piedra angular del socialismo, el engranaje que permite que el odio se transforme en pobreza a través del ejercicio de la violencia, es la mentira. No en vano el cuarto ministerio de Orwell, el protagonista de 1984, es el de la Verdad.

La izquierda sólo puede sobrevivir con la mentira y en la mentira. Controlar el pensamiento resulta, pues, un punto esencial en su plan estatalizador. Por un lado, hay que atar a los nuevos pobladores que vienen al mundo. Todo españolito tiene que pasar por los centros de adoctrinamiento que el Estado, mediante el dinero confiscado a todos los españoles, ha esparcido por el territorio nacional. Por otro, el control del espacio radioeléctrico se convierte en una histérica prioridad para dar voz a los corifeos del régimen y silenciar a todo aquel que socave los pilares de "la convivencia"; de la convivencia política con el poder, el nepotismo, el dirigismo y la corrupción.

Toda dictadura –toda apoteosis del Estado– necesita controlar, cercar y encarcelar a la verdad. En consecuencia, necesita asentar su propio sistema educativo y tener firmes a los medios de comunicación.

El Gobierno autonómico de Cataluña ha ido asfaltando de manera incesante ese camino de servidumbre que todo Estado quiere hacer recorrer a los individuos. Y conviene recordar –tanto a los catalanes dormidos en los laureles como al resto de españoles, cegados por un extra de libertad cada vez más devaluado– que hablamos de Cataluña no porque su situación sea única con respecto al resto de España, sino porque sus rasgos despóticos están bastante más pronunciados.

La apelación a la lengua catalana ha servido como salvoconducto para que los ciudadanos aguantaran los desmanes colectivizadores de su Gobierno. La educación debía ser transferida a los dirigentes catalanes para que extirparan con urgencia el cáncer españolista. A ningún político catalán se le ocurrió sugerir que, si de verdad existía una demanda social para formar a la población en el espíritu catalanista, la solución más adecuada pasaba por privatizar la educación y dejar que los padres eligieran libremente.

En realidad, la lengua, la cultura y el resto del andamiaje ideológico del nacionalismo –en Cataluña– y del socialismo –en todas partes– han sido meros pretextos para asaltar las aulas y formar ciudadanos afectos al poder político.

Por supuesto, no podía faltar la otra pata de la propaganda política: el control de los medios de comunicación. Esta semana hemos asistido a la pasmosa pretensión de asignar a un organismo público la facultad para distinguir entre el Bien y el Mal (entre la Verdad y la Mentira), y sancionar en consecuencia.

La aprobación de la Ley Audiovisual de Cataluña supondría que el CAC –la consejería de la Verdad orwelliana– tendría capacidad para, teledirigido desde la Administración, forzar una completa homogeneidad ideológica. La censura redomada se integraría en los resortes del intervencionismo autonómico.

De hecho, la imposición de dos sanciones por haber "mentido" –según el particular criterio de los mayores mentirosos patrios: los políticos– acarrearía la retirada de las licencias de comunicación (art. 51.4 e).

Aparte del hecho deplorable de que los políticos se atribuyan la propiedad de las frecuencias radioeléctricas, el procedimiento para acabar con cualquier atisbo de crítica al poder estatal resulta palmario: todo aquel disidente será sancionado en dos ocasiones, y a partir de ese momento su voz se esfumará de las ondas catalanas.

El problema de todo esto no es, ni mucho menos, que el árbitro encargado de imponer las sanciones no sea imparcial. La cuestión es qué imparcialidad sirve para justificar la censura. Los mismos progres de pana que se han pasado décadas criticando al Santo Oficio por juzgar opiniones doctrinales de miembros que voluntariamente formaban parte de la Iglesia se erigen ahora como inquisidores de la verdad. Aquel que no comulgue con ideología oficial, con los buenos modos y costumbres, con el barniz talentoso de los represores, no tiene derecho a hablar.

La dictadura de los buenos modales con el poder ha llegado a convencernos de la falsa legitimidad que tiene el Estado para censurar a aquellos que mienten. Desde aquí quiero reivindicar el derecho a hablar y a mentir; porque el derecho a mentir es el derecho a equivocarse y la posibilidad de rectificar.

No necesito de censores que me sellen la boca y me afeen la conducta. No necesito de un estándar de veracidad. No necesito de censores que vigilen cada palabra que emito. No necesito de organismos que regulen, organicen y estructuren mis palabras. Cada ser humano tiene el derecho a expresarse de acuerdo con sus ideas y conciencia, por muy falsas o equivocadas que las podamos juzgar. Qué lejos quedan en España las palabras de John Milton en Areopagítica: "Dame, por encima de todas las libertades, la libertad de saber, de expresarme y de hablar libremente de acuerdo con mi conciencia".

Pero la izquierda, que nace y medra en la mentira, pretende esconder sus orígenes combatiendo en otros su propio componente genético. Precisamente porque el ser humano tiene el derecho a mentir, la izquierda tiene el derecho a existir.

El estatalismo, consciente de su condición y sus debilidades, pretende una vez más imponer por la fuerza sus ideas salvajes, antisociales y liberticidas. Nosotros, los liberales, también debemos ser conscientes de que la mentira, su mentira fundacional, es la gran debilidad del socialismo y del antiliberalismo en general.

En medio de los horrores del comunismo, el nazismo y el intervencismo, uno de los defensores más enérgicos del liberalismo en toda la historia, Ludwig von Mises, adoptó como lema propio una frase de Virgilio que se convirtió en el estímulo de su lucha diaria contra los enemigos de la libertad: Tu ne cede malis, sed contra audentior ito, esto es, "nunca cedas ante el mal, combátelo con mayor audacia".

Sin duda, son momentos para hacer nuestra la frase.