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El Rey ante el 'momento leninista'

La mejor imagen para describir a Pedro Sánchez es la de un cascarón vacío. Es un continente yermo, sin paisaje ni paisanaje, es una tabla rasa como la imaginó John Locke, un espacio perfectamente moldeable en el que sólo hay una idea propia y genuina: la de ocupar el poder y no abandonarlo. Sánchez es camaleónico, grouchomarxista en su discurso, porque tiene la consistencia de una esponja.

Hacer un inventario de contradicciones es un ejercicio melancólico, por lo del dolor vinculado al pasado, y por la futilidad del recuerdo. Lo interesante, y aterrador, es pensar cómo se combina la ductilidad del pensamiento de Sánchez con su dependencia de los nacionalismos regionales españoles y especialmente de Podemos. Porque ambos polos poseen una determinación en la consecución de sus objetivos políticos que va más allá de toda consideración. Las instituciones, la ley, la verdad, la convivencia o el respeto a la vida y la libertad, o a la voluntad mayoritaria del pueblo español no son un freno, sino sólo obstáculos franqueables.

La coalición entre el secesionismo y el nuevo (es decir, viejo) comunismo y la socialdemocracia inane y volátil de Pedro Sánchez tiene pronóstico grave; no ya para la coalición sino sobre todo para la nación española. La crisis causada por la epidemia del coronavirus le ha ofrecido a Pablo Iglesias lo que él llama “el momento leninista”. En él estamos.

Cuando todavía no había creado Podemos, Pablo Iglesias exponía paciente y elocuentemente a su grey todo su acervo estratégico. Iglesias, que no tiene ni muchas ideas ni muchas referencias intelectuales o históricas en la cabeza, sí tiene una que ha aprendido a fuego, y es la de la figura de Lenin. Iglesias refería a un viejo sindicalista que le hablaba del “momento leninista”. Es esa oportunidad histórica, esa confluencia de circunstancias, de fuerzas sociales, que permiten a un líder con una ambición sin límites y una absoluta voluntad de poder, ocuparlo y ejercerlo sin interrupciones.

Ese momento ha llegado, y Pablo Iglesias lo ha intentado aprovechar. El Gobierno de Sánchez, esto es lugar común, dio prioridad a la celebración de la manifestación feminista del 8M frente a la contención del Coronavirus. Y ello acredita que el Gobierno le da prioridad a los objetivos políticos frente a bienes públicos como la salud de los ciudadanos. El agravamiento de la situación no es necesario para adoptar una decisión como la de declarar el estado de alarma, pero contribuye a justificar no sólo esa declaración, sino la adopción de medidas adyacentes.

El caos del pasado fin de semana, en el que se anuncia la comparecencia del presidente Sánchez, para que éste anuncie que se anunciará la declaración de alarma, y en el que el presidente retrasa su comparecencia para detallar el conjunto de medidas que le acompañan, es fruto de un fortísimo debate dentro del Ejecutivo.

Según han revelado varios periodistas, Pablo Iglesias, que se saltó la cuarentena para hacer valer ante Sánchez sus exigencias, pidió que se nacionalizase el sector eléctrico y el sanitario. Ambos objetivos están en el programa político de Podemos, y supondrían un ataque a la propiedad privada de una gravedad mucho mayor que la del Grupo Rumasa.

Por otro lado, según cuenta Christian Campos, Iglesias también ha exigido a Pedro Sánchez nacionalizar los medios de comunicación. Una información de Ecodiario, firmada por Isabel Acosta y Carmen Obregón habla de “intervenir” los medios. En cualquier caso supondría poner los medios de comunicación bajo el control del Gobierno, y en particular de Pablo Iglesias.

El control sobre el sistema energético le permite al Gobierno controlar todo el sistema económico, y negar el suministro a las empresas que muevan un dedo en contra de las ulteriores acciones del Ejecutivo. También exigían paralizar el pago de las hipotecas, para poner al sistema financiero de rodillas y someterlo desde el poder. Sobre el control de los medios de comunicación no hará falta que me extienda, puesto que el objetivo es evidente.

Por otro lado, como adelanto desde el Gobierno del proceso político que desembocará en la secesión del País Vasco y Cataluña, Podemos exigía que la medida no alcanzara a todo el territorio nacional. Iglesias entiende perfectamente el efecto demoledor que tiene el hecho de que el estado de alarma alcance a toda España. Si el Gobierno puede controlar toda la sanidad, que en estos momentos está en manos de las Comunidades Autónomas, se desvanecerá la idea de que la fuente del poder proviene de algunas regiones para su propio territorio, y de un fantasmagórico ente llamado “Estado” para el resto de la Península, salva sea la ocupada por Portugal.

Iglesias no ha logrado su objetivo, y el estado de alarma se ha circunscrito a meternos a todos en casita, para romper el entramado habitual de la civilización, que es el mismo en el que prosperan los virus.

¿Qué ha hecho que Pedro Sánchez no ceda ante Iglesias? No la firmeza de sus opiniones, Vive Dios, sino la negativa de parte de los ministros socialistas, y de forma destacada la de la titular de Economía, Nadia Calviño. Si Sánchez nacionaliza dos sectores estratégicos de la economía y pierde a la persona aceptable en Bruselas de este gobierno de espíritu bolivariano, el crédito de España ante el resto de socios y ante los inversores internacionales se desploma. Y caeríamos entonces en una crisis que, con un cien por ciento de deuda pública, no podemos asumir.

Y ha debido de ser clave el papel del Rey. No tenemos pruebas directas, pero sí una de soslayo. Ignacio Escolar, que apoya el golpe que quiere realizar Pablo Iglesias desde el poder, sacaba en su periódico la noticia de que el Rey Felipe es el segundo beneficiario de la fundación que recibió los millones de euros de Arabia Saudí, como comisión por la gestión en la licitación del AVE a La Meca. Era un ataque directo al Rey, necesario valladar de la Constitución ahora que medio gobierno, y parte del otro medio, está deseando faltar a su promesa de defenderla.

Felipe VI se ve ante el dilema de gastarse en el exilio los millones de euros sisados por su padre o estar a la altura de la institución que representa, y en última instancia de la continuidad histórica de España. Y se ha decidido por esta última. El Rey le ha retirado a Juan Carlos I la asignación que recibe de los presupuestos de la Casa Real y, lo que es más significativo, ha decidido renunciar a la contaminada herencia de su padre.

Hoy, más que nunca, Podemos necesita que caiga la Corona, que en estos momentos es el principal sostén de la Constitución española y de la unidad del país. Y hoy, más que nunca, incluso los republicanos debemos apoyar la institución, porque en estos momentos con ella caerá todo lo que de bueno tiene nuestro falible y trémulo sistema político.