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Evo Morales retuerce la Constitución para eternizarse en el poder en Bolivia

Evo Morales es el personaje principal de una tragedia política que podría titularse Reeleción indefinida. Es una nueva versión de un libreto que han protagonizado durante la última década numerosos presidentes de América Latina. En las distintas versiones el desenlace es diferente. Con independencia del final, casi nunca falta el abuso de poder para poner fin a una medida que está destinada, precisamente, a ponerle coto.

Comienza casi siempre igual. Un presidente adscrito al llamado Socialismo del Siglo XXI llega al poder y pone en marcha una reforma constitucional. En ese momento, ocho o 10 años (depende de la duración de los mandatos en cada país) parecen un plazo muy largo. Por ese motivo se incluye en la nueva Carta Magna un artículo por el cual una persona no puede ocupar la jefatura del Estado durante más de dos mandatos consecutivos.

Esta disposición puede responder a dos motivos diferentes. El primero de ellos es el mero populismo, busca hacer creer a los ciudadanos que el mandatario no quiere apalancarse en el poder (los hechos terminarán demostrando lo contrario). El segundo es que se trata de un mero peaje pagado para llegar a un acuerdo con la oposición para que esta acepte el nuevo texto constitucional (es lo que le ocurrió a Morales).

Hugo Chávez, el mal ejemplo a seguir

Pero las cosas cambian con el transcurso de los años. El mandatario le ha cogido el gusto a la poltrona y no quiere renunciar al ejercicio del poder. A partir de ese momento comienzan los movimientos para modificar la Constitución, de modo que esta le permita presentarse a una tercera reelección. Hugo Chávez, como en tantas otras malas prácticas políticas latinoamericanas, fue el pionero. Primero lo intentó en 2007, con una reforma constitucional que fue rechazada en referéndum. Volvió a la carga, y en 2009 logró su objetivo en una nueva consulta que fue denunciada como ilegal por la oposición.

Rafael Correa también soñó con eternizarse en el poder, e impulsó las medidas necesarias para ello. La Asamblea Nacional de Ecuador, controlada por el oficialismo, aprobó en 2015 una reforma para eliminar la prohibición de más de dos mandatos. Pero la jugada no fue perfecta para él. La reforma entraría en vigor en 2021. De esta manera tuvo que ceder el testigo a Lenín Moreno, con la esperanza de volver a presentarse cuando termine el actual mandato presidencial. Sin embargo, Moreno quiere cerrarle el paso y ha convocado una consulta popular cuyo objetivo es dar marcha atrás a la reforma de su antecesor. En este caso, la tragedia no ha llegado a su fin.

Un caso peculiar fue el de Álvaro Uribe. La Constitución de Colombia permitía tan sólo un mandato, pero él logró sacar adelante una reforma del texto que le permitió volver a presentarse en 2006 (antes incluso de que lo hiciera Chávez). Durante su segundo periodo consecutivo en la Casa de Nariño amagó con volver a intentar la jugada, pero no lo hizo. Recientemente, y ya en el segundo mandato de Juan Manuel Santos, se ha reformado de nuevo la Carta Magna para volver al modelo de prohibición de reelecciones (tanto consecutivas como no consecutivas).

Ha habido más casos en la zona, como en Honduras. En este país han sido dos los intentos. El de Manuel Zelaya en 2009 terminó con su destitución y su expulsión temporal del país por violar las normas constitucionales. Sin embargo, Juan Orlando Hernández ha logrado que la Corte Constitucional sí le permita presentarse a un segundo mandato.

Aunque con algunas profundas diferencias, el guion protagonizado por Morales comparte muchos elementos con la versión que tiene en el papel principal al nicaragüense Daniel Ortega. El boliviano perdió el referéndum convocado en 2016 para reformar la Carta Magna y poder presentarse así a nuevos mandatos. Fracasada esa vía, ha logrado que un Tribunal Constitucional no caracterizado por su independencia frente al Ejecutivo haya decretado que es ilegal impedirle volver a ser candidato. Sostienen los magistrados que esa prohibición atenta contra sus derechos políticos. Idéntico argumento ofreció, en octubre de 2009, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Nicaragua para permitir la reelección del presidente sandinista.

Aquella fue una votación irregular, con citaciones que no llegaron a los magistrados que no eran próximos al presidente. Incluso se cortó la luz del edificio para que estos salieran y así no recibieran el aviso. Al final, tan sólo votaron los afines a Ortega. Logrado su objetivo, y durante su nuevo mandato, el sandinista logró sacar adelante en 2014 una nueva reforma para asegurarse de forma definitiva que puede volver a postularse cuantas veces quiera.

Un buena tradición ‘made in USA’

Evo Morales ha caído en la misma tentación que otros mandatarios latinoamericanos. Y, como muchos otros, no ha dudado en retorcer las leyes y la supuesta separación de poderes para conseguir su objetivo. El límite de mandatos es una medida que tiene en su origen objetivos muy claros. Busca evitar que una presidencia demasiado larga en el tiempo infecte el sistema político mediante la creación de tupidas redes clientelares y la consecuente corrupción. En América Latina existe por influencia de Estados Unidos, que incluyó esta medida en su Constitución mediante la XXII Enmienda, de marzo de 1947.

En EEUU, un país con fuertes instituciones políticas y un profundo respeto a las normas democráticas, ningún presidente ha intentado revertir la situación en los 70 años en que la limitación sigue vigente. Todo lo contrario de lo ocurrido en América Latina en la última década. Y no es casualidad que quienes más éxito han tenido a la hora de lograr su objetivo hayan sido los que se inscriben en el bloque chavista. Son los que más han abusado del poder y con mayor frecuencia han recurrido a todo tipo de trampas para romper cualquier tipo de límite al ejercicio de este.

América Latina, como cualquier otra región, necesita una sociedad civil e instituciones fuertes frente a gobernantes con un poder limitado. Pero Morales (como antes Ortega, Chávez y otros) prefiere todo lo contrario. Y el ilegítimo modo en que puede volver a presentarse es buena prueba de ello.