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Liberalicemos el mercado laboral para reducir la desigualdad

Los salarios pueden fijarse de manera centralizada o descentralizada: es decir, un grupo de trabajadores puede negociar un mismo salario para todos ellos o, en cambio, cada trabajador puede negociar un salario distinto para sí mismo. Una de las razones por las que muchos tienden a preferir una fijación centralizada de los salarios es para promover un mayor nivel de igualdad dentro de la sociedad: si se establece una retribución similar para todas las personas, entonces no habrá grandes diferencias de ingresos entre ellas y la sociedad será más igualitaria.

Ese es, justamente, uno de los principales objetivos de las regulaciones laborales de carácter nacional o de los convenios colectivos de ámbito superior al centro de trabajo: que los 'derechos' de todos los trabajadores dentro de un mismo territorio sean muy parecidos. La alternativa que algunos defendemos (y que parcialmente se implantó con la reforma laboral de 2012 en España) es que los salarios se establezcan de un modo mucho más descentralizado que el actual, ya sea a través del contrato individual trabajador-empresa o mediante convenios aplicables únicamente a cada centro de trabajo; pero un marco de relaciones laborales tan liberalizado —suele decirse— conduciría a una mayor desigualdad en tanto en cuanto mermaría los salarios de aquellos trabajadores con un menor poder de negociación.

La lógica parece bastante intuitiva —cuanto más similares sean los salarios de los trabajadores, mayores serán los niveles de igualdad dentro de una sociedad—, pero se expone a dos problemas. Primero, aunque se fije un mismo salario nominal para todos los trabajadores, si la cesta de la compra de cada trabajador tiene un coste distinto (por ejemplo, porque algunos trabajadores residen en regiones donde los precios de los bienes no transables son más bajos), su salario real será diferente. Segundo, si la productividad de los trabajadores que comparten un mismo salario no es idéntica, aquellos con una productividad inferior al salario común se volverán incontratables y permanecerán en el paro (con lo cual, sus salarios efectivos serán iguales a cero). En otras palabras, aun cuando impusiéramos un mismo salario nominal para todos, existirían fuerzas que empujarían los ingresos reales de los ciudadanos hacia la divergencia. Pero ¿cuán relevantes son esas fuerzas?

Recientemente, un grupo de economistas principalmente italianos (Tito Boeri, Andrea Ichino, Enrico Moretti, Johanna Posch) ha estudiado esta cuestión en un ensayo titulado 'Wage Equalization and Regional Misallocation: Evidence from Italian and German Provinces'Los autores contrastan los resultados del mercado laboral italiano con los del mercado laboral alemán. El motivo de esta comparación es que ambos países presentan una fuerte desigualdad regional —mientras que en Italia el norte del país es, de media, un 19% más productivo que el sur, en Alemania la parte occidental es, de media, un 20% más productiva que la oriental—, pero, al tiempo, cuentan con regulaciones laborales muy distintas: en particular, Italia tiene un mercado laboral donde los salarios se fijan de un modo mucho más centralizado que en Alemania (la elasticidad entre el salario y el valor añadido por trabajador es de 0,19 en Italia y de 0,73 en Alemania: esto es, en Alemania, los salarios individuales se ajustan mucho más a las variaciones del valor añadido que en Italia). Así pues, tiene pleno sentido contrastar los resultados de ambos modelos laborales sobre la desigualdad.

Primero, la centralización salarial sí consigue que haya una menor dispersión en los salarios nominales dentro de Italia: el salario medio del norte de Italia es solo un 4,2% superior al del sur de Italia, mientras que el salario medio en Alemania Occidental es un 28,2% superior al de Alemania Oriental. Eso no significa, como ahora veremos, que las diferencias de renta per cápita entre el norte y el sur de Italia sean muy pequeñas, dado que el desempleo en el sur es considerablemente superior al desempleo en el norte.

Segundo, como el coste de la vida es menor en el sur de Italia (especialmente, el precio de la vivienda), los salarios reales medios son superiores en el sur que en el norte. En Alemania, en cambio, esto no sucede: los salarios reales no son superiores en la parte occidental que en la oriental, sino que están correlacionados con los diferenciales de productividad.

Tercero, la falta de flexibilidad salarial en Italia hace que las regiones menos productivas tengan tasas de paro sustancialmente superiores a las regiones más productivas. En Alemania, en cambio, el diferencial de la tasa de paro entre regiones con distinta productividad es mucho menos acusado (la elasticidad del desempleo con respecto al valor añadido por trabajador es seis veces superior en Italia que en Alemania, esto es, pequeñas diferencias en la productividad dan lugar a fluctuaciones muy superiores en el paro). Por tanto, el sur de Italia tiene salarios reales mayores que el norte, pero también más paro: quien tiene empleo vive, de media, mejor, pero hay muchos más sin empleo.

Y cuarto, la conjunción de salarios reales altos y elevado desempleo estructural en el sur provoca un mal funcionamiento generalizado de la economía italiana: si bien parte de los trabajadores del norte querrían migrar al sur para aprovechar sus mayores salarios reales (lo que adicionalmente contribuiría a nivelar las diferencias en el poder adquisitivo de los salarios), la barrera del desempleo estructural en el sur impide semejante ajuste. La regulación laboral consolida un equilibrio subóptimo.

En suma, la fijación centralizada de salarios en Italia provoca un incremento del desempleo en las regiones menos productivas del sur,lo que consolida la dispersión de rentas salariales reales entre el norte y el sur. Menos prosperidad y más desigualdad. De acuerdo con los autores, de hecho, si Italia descentralizara su sistema de fijación de salarios siguiendo el modelo alemán, las remuneraciones nominales de los trabajadores del sur se reducirían un 5,9%, pero a cambio el empleo crecería un 12,9%, de modo que los ingresos agregados del sur serían superiores a los actuales y la desigualdad de renta per cápita entre el norte y el sur pasaría del presente 28% a solo el 11%. Más prosperidad y más igualdad.

El estudio debería recordarnos que derogar la reforma laboral en España —merced a la cual la fijación de salarios se descentralizó parcialmente— constituiría un profundo error por parte de nuestra clase política: cualquier variación de la productividad en cualquier sector de nuestra economía magnificaría las pérdidas de empleo y no solo reduciría el bienestar agregado sino que también incrementaría la desigualdad (recordemos que un 80% del aumento de la desigualdad durante la crisis económica se debió a la destrucción de empleo, no a la caída de los salarios). Al contrario de lo que proponen algunos partidos como Podemos o el PSOE, lo que deberíamos impulsar en España es una mayor descentralización de las relaciones laborales para facilitar un estrechamiento de los diferenciales de desempleo entre las diversas regiones españolas y, con ello, impulsar un aumento de nuestra prosperidad y, también, de nuestra igualdad.