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Los derechos de los bits

La discusión se inició en Estados Unidos y se extendió a Europa, coincidiendo precisamente con la revisión del marco regulatorio que está realizando la Comisión Europea desde el año pasado. Y acaba de tener un hito con una apretada decisión de la FCC, en la que se obliga a Comcast a cumplir con ella.

¿En qué consiste la neutralidad de red? No es un concepto pacífico, como nunca lo son aquellos términos que llevan en el nombre la trampa. Pero a grandes rasgos se trata de reconocer la igualdad de los bits en sus "derechos" de transmisión por las redes los operadores de telecomunicaciones: que todos los bits sean iguales ante el operador. Dicho de otra forma, que estos no puedan discriminar, dando prioridad a unos sobre otros, entre los bits o contenidos que circulan por su red hacia sus abonados.

Pero es evidente que la igualdad a ultranza de los bits es un poco absurda. Hay bits más importantes que otros bits, por la clase de información que llevan o por la urgencia de la misma, o porque si no llegan de una determinada forma son inútiles. Los operadores siempre han tenido mecanismos para gestionar la red, lo que en definitiva significa priorizar unas comunicaciones frente a otras, para que funcionen de forma adecuada los servicios que se prestan.

Un burdo paralelismo: la igualdad de bits sería como la igualdad de vehículos en nuestras carreteras. Impediría a las ambulancias y bomberos cumplir su función en muchos casos. Las sirenas son el mecanismo de priorización en las vías de tráfico, y a nadie se le ocurriría eliminarlas, mucho menos en aras de un supuesto derecho de los ciudadanos.

Porque, cuando se alcanza el absurdo de los derechos de los bits, es el momento de dar derechos a los ciudadanos. Es cuando la neutralidad de red se disfraza del derecho del ciudadano abonado a recibir todos los contenidos en igualdad de condiciones, con lo que ahora ya la píldora es más fácil de tragar. Los defensores de la neutralidad de red están defendiendo en realidad nuestros derechos.

El otro lado de la moneda es el que siempre tiene un derecho concedido graciosamente: que hay alguien al que tal derecho supone una obligación, lo que seguramente no le hará tanta gracia. En este caso, los posibles sufridores son los operadores de telecomunicaciones, como Comcast, a los que se les pone límite en el uso de su propiedad privada.

De lo que se trata, en definitiva, es de que los operadores de red traten a todos los contenidos por igual, sean suyos o de otros. ¿Quién se beneficia de la situación? ¿El cliente final? No está claro. Más bien los proveedores de contenidos sin red: los Google, Yahoo y compañía que no quieren que los dueños de la red empleen esta propiedad para limitar de alguna forma su llegada (de Google y compañía) al cliente. El viejo truco de lo mío es mío, y lo tuyo, nuestro. Habría que ver qué diría Google si le obligaran a no discriminar entre las páginas indiciadas de su base de datos. ¿En qué orden sacaría los resultados de la búsqueda?

La neutralidad de red no es un debate que corresponda a políticos ni a ciudadanos; solo corresponde a los dueños legítimos de los activos involucrados. Y no quepa duda, estos serán guiados en el debate por las preferencias de los consumidores, sus potenciales clientes. Aquí será cuando los ciudadanos, votando con nuestro dinero, optemos por dar o no derechos a los bits.