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Notre Dame de París y el valor de la cultura occidental

El terrible incendio de la catedral de París ha conmocionado a medio mundo. La imagen de Notre Dame en llamas difícilmente se borrará de las mentes de todos, de aquellos para quienes es un lugar sagrado, de los que la valoran como obra de arte, un monumento histórico o simplemente un edificio bello. Ni siquiera olvidarán las llamas quienes ven en Notre Dame un símbolo de una cultura que detestan.

Apenas recién controlado el fuego, ya pululaban por los mentideros y las redes sociales explicaciones diversas, algunas apuntando a la decadencia de Occidente, y otras, pocas, por suerte, clamando “Hoy los franceses lloran como mujercitas lo que no supieron defender como hombres: la islamización de Europa y su fin”. Para tratarse de un incendio que está siendo investigado por la gendarmería francesa, pero que tiene pinta de ser un terrible error humano, no está mal. No voy a entrar en la discusión acerca de si las mujeres lloramos mientras los hombres nos defienden: me lo impide mi propia historia personal y lo que me aburre ese tema. Tampoco voy a entrar en la presunta invasión islámica que realmente no existe. Voy a centrarme en un intangible: el patrimonio.

Decía Pedro Crespo, el alcalde de Zalamea de la Serena, en la famosa obra de Calderón de la Barca, al ser increpado por don Lope respecto a su deber para con el rey, que ese mandato afectaba a su hacienda pero que “el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. Y así, el rey Felipe (el de entonces) hacía su apaño para que Crespo saliera victorioso de su cuita con el desalmado don Álvaro. El significado de esa frase tantas veces repetida explica, de alguna manera, que el término patrimonio se refiere no solamente a una propiedad material, sino a algo que es esencialmente tan tuyo, que has de defenderlo y dar la cara por ello. Calderón ejemplifica en Pedro Crespo la asunción de la responsabilidad respecto a su propia fama y honra. No es nadie sino él mismo, con sus actos, quien puede restaurarla y mantenerla.

Esta es mi visión de lo que se conoce como “patrimonio cultural”. Es necesario explicarlo porque la politización y la asunción por el Estado, que es un ente impersonal que no existe realmente, de la promoción y defensa de la cultura, ha sembrado en la mente de mis contemporáneos la idea de que son otros quienes deben ocuparse, de manera que la cultura, el patrimonio histórico, los símbolos externos que nos definen, es cosa de los demás, no me afecta. Para eso pago mis impuestos. Gran error, desde mi punto de vista.

No es nada fácil definir qué es la cultura, como no lo es definir qué es la civilización. El economista británico de finales del siglo XIX, Alfred Marshall, empleaba precisamente esta dificultad para explicar lo complicado que es definir lo que él llamaba “empresa representativa”. Para Marshall, la civilización se percibe claramente aunque no la puedas definir. Cualquiera distingue un pueblo salvaje de uno civilizado, y un pueblo más civilizado de otro menos. De la misma forma, la cultura de una sociedad se percibe en algo más que el número de bibliotecas, o el número de libros que se leen, o de visitas a pinacotecas, o a conciertos. Las estadísticas no reflejan la actitud de las personas.

El patrimonio cultural es aquel que las personas están dispuestas a defender con sus actos. Que el Estado se involucre o no, debería ser, a mi modo de ver, casi accidental, como consecuencia del sentir de aquellos que se supone que representa. Pero el hecho de que haya una partida presupuestaria y todo un señor ministerio dedicados a “cultura” no significa que la responsabilidad individual de cada cual respecto a aquellos símbolos que le representan desaparezca. Me da lo mismo si uno se identifica con el punk más macarra de Sex Pistols o con la música de cámara. ¿Qué está uno dispuesto a hacer por ello?

En este sentido, la dejadez en la que se encontraba la catedral de Notre Dame, tal vez por apatía, por corrección política, o vaya usted a saber las razones, no tiene disculpa. Y, como me comentan amigos franceses que saben más que yo de esto, la desgracia de la catedral de París, cuya cubierta estaba muy deteriorada y en proceso de restauración, llega en un momento en el que se habían sucedido ataques a otras iglesias, también edificios históricos patrimonio cultural de occidente.

Una de las raíces de esa actitud negligente de los que tienen el mandato de preservar la cultura (francesa, española, o de donde sea) es la corrección política. Vende muy mal decir que vas a dedicar presupuesto público a restaurar una obra sacra. Te van a tachar de facha, de conservador, de islamófobo, de estar al servicio de la Iglesia Católica, de no ser suficientemente neutral desde un punto de vista religioso. Europa tiene una base cristiana le pese a quien le pese. Y sea uno creyente o ateo, nuestra historia está reflejada en palacios y castillos, pero también en catedrales e iglesias. Obviar eso es errar el tiro.

Ahora bien. ¿Hay que prohibir la edificación de edificios no cristianos? ¿Hay que prohibir o restringir fuertemente la entrada de inmigrantes de otras culturas para preservar la nuestra? Yo no lo creo. En España tenemos una amplia herencia cultural no sólo cristiana y hemos vivido la lucha por los lugares de culto: la catedral de Córdoba que es una mezquita reconvertida, es un buen ejemplo de lo que no debe ser. Occidente no tiene un único color, y eso lo engrandece, lo refuerza, no lo pone en peligro.

Pero con todo y con eso ¿quiere usted defender su cultura? Sea proactivo no represivo, no delegue, asuma su responsabilidad sumando, no restando.