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Para dejar de ser pobres es conveniente ser más ricos: homenaje a Marcos Mundstock

La pasada semana nos dejaba uno de los miembros fundadores más populares del grupo cómico-musical, Les Luthiers. Las historias y los personajes diseñados por Les Luthiers me han acompañado casi toda mi vida y su culto es, sin duda, uno de los mejores legados que les dejo a mis hijos.

Es por ello que he decidido dedicar este artículo a la memoria de Marcos Mundstock, y también es la razón de la obviedad del título del mismo. Podía ser una de sus frases. Como diría Mundstock, no solamente es verídico, sino que además es cierto. Y, sin embargo, pocos políticos parecen tenerlo en cuenta.

El día de después, cuando empecemos a salir de las casas, a viajar, a retomar costumbres, seremos mucho más pobres. Ya lo somos. Es posible que parte de la población no se dé cuenta de manera inmediata. A día de hoy, cuando aún contamos muertos (unos mejor que otros) y seguimos intentando tirar de la curva hacia abajo, muchas familias están pidiendo dinero a los bancos para retrasar el peor escenario, para inyectar un poco de oxígeno a sus maltrechas economías e intentar sobrevivir.

Muchos empresarios y autónomos eliminarán la temporalidad del ERTE y acabarán por cerrar definitivamente. ¿Qué hacemos para confrontar la pobreza creciente, sabiendo que no es sólo cosa nuestra, sino que la crisis del corona virus afecta a la economía global? La respuesta más inmediata podría ser: concentrando los recursos en la creación de riqueza.

Algunos de los panfletistas que leemos en redes y en algunos medios afectos al régimen interpretan la creación de riqueza como la concesión de privilegios a los ricos.No es eso.

El relato no es el típico de mentes maniqueas que consideran que los ricos son culpables de su abundancia y tienen una deuda con los pobres. Suelen ser los mismos que creen en la bondad intrínseca de los pobres, de manera que cualquier mal comportamiento de éstos queda disculpado debido a su desventaja económica.

Esa actitud encierra grandes dosis de soberbia escondida tras el buenísimo: los pobres tienen derecho a elegir ser buenos o malos. Pero, como ya es sabido, los economistas, que carecemos de corazón, estudiamos las soluciones alternativas olfateando la eficiencia de las medidas, el mayor impacto con el menor coste. Manejamos el problema de la escasez sin hacer juicios de valor. Por eso, la eliminación de la pobreza pasa por el aumento de la riqueza de todos, sin discriminación.

En nuestro país, la creación de riqueza está en manos de unas cuantas grandes empresas y miles de pymes y microempresas, en las que incluyo a los empresarios de si mismos, los autónomos. Favorecer las condiciones para que las empresas generen empleo, produzcan y sean competitivas es vital. Resuenan las voces que claman por planes de recuperación económica, a ser posible de manera conjunta: la famosa salida europea.

Explica Jeffry Frieden en su libro Capitalismo Global, que, a principios de 1944, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Keynes y White ya tenían ultimado un acuerdo que intentaba la cuadratura del círculo: estabilidad monetaria con flexibilidad, o en otras palabras, respaldo del oro pero sin rigidez.

Así surge el Tratado de Bretton Woods en el que se crean el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Keynes estaba muy orgulloso. Sin embargo, dice Frieden, "Keynes quedó desilusionado por la evolución final de las instituciones de Bretton Woods, al ver que los políticos estaban pervirtiendo buenas ideas, especialmente las suyas".

Después del revolcón que le dieron en Versalles en 1919, el economista británico tenía que estar de vuelta de todo. Pero, no. Pecó de ingenuo. Él creía que los movimientos de capitales debían separarse de la política entre los diferentes estados. Nada más lejos del  comportamiento del FMI.

Este ejemplo nos permite reflexionar sobre tres ideas. Primera, ojo con las soluciones colegiadas. Porque flota la idea en el ambiente de que la Unión Europea nos tiene que ayudar porque España es "too big to fail" (demasiado grande para ser rescatada). Eso debió pensar el CEO de la White Star Line, propietaria del Titanic, cuando el barco emprendió su travesía.

Segunda, las buenas ideas económicas, a menudo se convierten en la excusa de un político para lograr algún rédito electoral. Y, tercera, por citar a Marcos Mundstock: "es muy fácil obrar mal y luego arrepentirse. Lo difícil es arrepentirse y luego obrar mal".

Para evitar ambas situaciones es interesante el estudio que va a publicar en breve Daniel Lacalle en el Thomson Reuters Journal, Monetary and Fiscal Policies In The Covid-19 Crisis. Will They Work?” (Políticas Monetarias y Fisacles en la crisis del Covid-19. ¿Funcionarán?) .

En él, Lacalle pone de manifiesto el peligro de jugar con fuego: incitar al riesgo tiene consecuencias devastadoras. Y lo que parece que la mayoría de gobiernos tienen en sus agendas es, precisamente, la articulación de la deuda a través de diferentes instrumentos que, al final del día, van a ser soportados por la banca, que va a ver sus balances lastrados.

Es cierto, como señala Lacalle, que la banca europea aprendió de la crisis del 2008: ha mejorado los requerimientos de calidad de su capital, ha reducido los préstamos dudosos (NPL), ha absorbido el golpe. Pero lo ha hecho apoyándose en la muleta de los bonos híbridos (CoCo por contingente y convertible).

Son varios los autores que han señalado lo problemático de que estos bonos tengan un impacto en la asunción de riesgos por parte de los inversores, de manera que se pervierte el mecanismo en el que se basa la inversión sana. Es delicado.

Mientras tanto, quitarle piedras en el camino a los creadores de riqueza, aliviar las cargas fiscales, la inyección de liquidez para que no cierren, aportar soluciones aquí y ahora que no lastren su evolución el mes que viene, son medidas más claras. Eso sí, requiere que los gobernantes abandonen esa actitud remolona del "too big to fail" y pongan por delante la sensatez económica antes de sus intereses políticos.

Keynes, seguramente, se ríe de mí en estos momentos.