Usted está aquí

Relocalización y elecciones

Esta no es una elección como las demás. Ninguna lo es, pero esta es la primera que se celebra tras los atentados de las torres gemelas. La guerra de Irak y la lucha contra el terrorismo han arrinconado a la economía en la campaña, pero sigue teniendo gran importancia. En esta campaña dos palabras han centrado el debate económico: empleo y deslocalización. Esta última palabra es la que se utiliza para designar el proceso, en absoluto nuevo, por el que el capital elige para determinados sectores nuevas localizaciones en países con salarios más bajos, siempre que la estabilidad institucional ofrezca algo de seguridad. Como ejemplo señero, no hace ni un año que abandonó los Estados Unidos la última fábrica de Levi’s que quedaba en el país. Muchos se preguntan, sin fundamento, si este proceso puede acabar con el desempleo masivo en los países industrializados.

Nada hay de ello. En el mercado libre hay dos procesos que llevan a igualar los salarios que tengan la misma productividad. Uno de ellos es el traslado de los trabajadores a los sitios donde se concentra el capital; la migración. El otro es el vuelo de la inversión a los sitios donde están los trabajadores con menor productividad, y por tanto con menores salarios. Los antiglobalización claman al cielo por este último proceso, que en una nueva demostración de su absoluto desprecio por los pobres del mundo llaman deslocalización, en referencia al levantamiento de las fábricas en los países ricos; cuando estamos ante una relocalización, ya que es en los países pobres donde se levantan las fábricas. A la globalización se oponen desde la derecha más nacionalista, como Pat Buchanan o Jean-Marie Le Pen hasta los restos del marxismo descabezado desde la caída del muro. Pero sus enemigos más peligrosos son los intereses especiales, que no tienen reparo en poner barreras a este proceso que beneficia al conjunto de la sociedad, si con ellas se evitan la competencia de quienes pueden servir mejor a la los demás, o más barato.

Estos lobbies obtuvieron un gran éxito con George W. Bush, quien presionado por los mismos levantó nuevas barreras al comercio de acero en los Estados Unidos, medida que fue convenientemente sancionada por la Organización Mundial del Comercio. Pero tras este manchón la política del actual presidente ha sido positiva, especialmente en los últimos años. Y con el apoyo intelectual de Gregory Mankiw ha negociado acuerdos comerciales con 12 países y prevé extenderlos a 10 más. Además ha promovido acuerdos multilaterales que van tan lejos como la eliminación de las barreras al comercio industrial en 2015. No ocurre lo mismo con el partido demócrata. Uno de los grupos de intereses especiales opuestos al libre comercio, el de los sindicatos, es a su vez uno de los que más contribuyen a sus fondos y de los que más influencia tienen en su política. Ya el candidato demócrata de 2000, Al Gore, con el apoyo de estos grupos, tenía un programa claramente restrictivo. John Kerry, quien en su momento defendió el libre comercio como medio de creación de riqueza dentro y fuera de su país, ha sido captado por este lobby y ha cambiado de opinión; algo a lo que ya está muy habituado.