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Sánchez en Chile: memoria, verdad y paz

Pedro Sánchez ha planeado una improvisada visita al, así llamado, Museo de la Memoria y la Reconciliación de Santiago de Chile. Le acompañó la ministra de Cultura, Consuelo Valdés, sustituta de Mauricio Rojas. Rojas ha batido el récord de Maxim Huerta como ministro fugaz, ya que estuvo en el cargo cuatro días. Su defenestración tuvo que ver, precisamente, con el Museo de la Memoria, que caía bajo su responsabilidad.

El Museo carga en el nombre con una aspiración tan noble como difícil de alcanzar, la reconciliación. La paz social, la concordia, la reconciliación, el acuerdo en discrepar que dicen los ingleses, la aceptación de que vivimos en una sociedad plural, la tolerancia… todo ello es un bien eximio, pero muy delicado. Para algunos exige tener altura de miras. Para otros, quizá para la mayoría, exige hacer una genuina renuncia ideológica, cuando sus ideas impiden aceptar que una parte de la sociedad no piensa igual.

La reconciliación, como la confianza, es ardua de conseguir, pero muy quebradiza. ¿Desde qué principios se construye? ¿Desde el olvido o desde el recuerdo? El olvido es imposible. Lo que tiene que enterrar el tiempo no es el recuerdo, sino el odio y, a ser posible, la animadversión. Unos rescoldos que no humean pero que nos hacen recordar que sucumbimos al fuego; esa debe ser la aspiración de una sociedad civilizada.

Si no cabe el olvido, lo que tenemos que hacer como sociedad es reconstruir el pasado. Para ello tenemos a los historiadores, que miran lo ocurrido con toda la ciencia que permite observar la sociedad, y aunque es esquiva, la verdad obtiene más triunfos que derrotas en esa labor. Y sobre ese fondo de verdad, sin revivir los rescoldos del pasado, es como debemos construir un debate.

En ese debate, y con esos presupuestos, participó Mauricio Rojas en 2015, en un libro titulado Diálogo de conversos. En él dejaba esta opinión sobre el Museo de la Memoria de Chile: “Más que un museo (…) se trata de un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador; dejarlo atónito, impedirle razonar”. “Es un uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional que a tantos nos tocó tan dura y directamente”. ¿Por qué dice eso Mauricio Rojas? Porque su contenido está descontextualizado; retrata una dictadura que surgió de un proceso de destrucción de la democracia chilena, y con ella de su economía y su sociedad, bajo el mandato de Salvador Allende.

Quizás el museo respete escrupulosamente la verdad y esté al servicio de la reconciliación, como promete en su nombre. Quizás sea más cierto lo que dice Mauricio Rojas. Yo, que no he estado en la ciudad, no puedo dar un testimonio personal. Lo que es indudable es que la opinión de Mauricio Rojas tiene una autoridad que muy pocos pueden compartir. Y que es esa autoridad la que ha motivado una campaña de asesinato civil de su persona por parte de la izquierda chilena. De todos los posibles ministros de Sebastián Piñera, el que más podían temer es a Rojas. ¿Por qué?

Mauricio Rojas ha andado el camino, de un sólo sentido, del totalitarismo a la libertad. Y eso no se lo perdonan. Rojas se crió con su madre, votante de primera hora de Salvador Allende. Sobre su militancia, desde que leyó El manifiesto comunista a los 11 años, quedó fijada durante décadas. Estuvo en una rama trotskista del MIR. Tuvo que elegir entre sucumbir a la brutal política de represión de Augusto Pinochet y salir del país, y recaló en Suecia. Allí continuó su actividad política, pero él cambió.

En una agradable conversación, pocos años ha, le pregunté cómo había abandonado el comunismo y abrazado los ideales de una sociedad libre. “No fue repentino”, me dijo. “Fue un cambio paulatino; me llevó un tiempo”. Pero sí me supo señalar el origen de sus dudas. “Yo estaba en contacto con otros exiliados, otras personas que habían encontrado refugio en Suecia, como yo, huyendo de dictaduras. Sólo que los regímenes que les represaliaban eran la plasmación de mis ideas políticas. Y eso me hizo reflexionar”. Acabó siendo diputado del Partido Liberal sueco. Nunca ha dejado de condenar la violencia política, y eso incluye por supuesto la represión pinochetista, que ha denunciado a cada paso.

Pero Rojas también ha sido crítico con el gobierno de Allende. Si las críticas procedieran de Sebastián Piñera, sería la ocasión perfecta para señalar que es indigno de ocupar la presidencia de Chile, pero el caso de Rojas es distinto. Él se jugó la vida luchando contra el régimen que surgió del golpe de Estado, por lo que tiene una legitimidad moral mayor.

El régimen de Allende tiene una especial significación política, es la “vía democrática” al socialismo. El dirigente ya había socializado la economía, nacionalizado la producción de cobre (acabó importándolo, como Venezuela importa petróleo) cerrando los periódicos de la oposición y amenazado al dueño de Clarín por no apoyarle a cada paso: “Te hago matar, culpo al imperialismo, te declaro héroe nacional, te rindo honores de general en el cementerio y hablo en tus funerales. Ya lo sabes”. En fin, que había llevado con firmeza una política socialista. Aún así, advirtió: “Esto no es el socialismo, pero es el camino al socialismo”; ideal que encarnaba la URSS, a quien se refería como “nuestro hermano mayor”. El atropello de los derechos individuales fue tal que el Parlamento pidió la intervención del Ejército. Eso era Allende.

Pero el régimen de Allende es intocable, porque cualquier crítica al mismo supondría deslizarse, para la izquierda, por una pendiente que nos acerca a la justificación si no de la dictadura de Pinochet, sí al menos de su golpe de Estado.

¿Les suena de algo todo esto al lector español? A Pedro Sánchez, sí. Le suena a recrear en España un Museo de la Memoria y contra la Reconciliación y la Verdad. Sánchez, que tiene una inteligencia prodigiosa, ya cuando tenía un año, y según confesión propia, se hizo socialista al conocer el asesinato de Allende (1973). Allende se suicidó, según las últimas revelaciones. Pero eso no va a hacer que Sánchez cambie de forma de pensar.

Sacar a Franco de su tumba, crear una comisión de la verdad, un museo de la memoria… Todo va encaminado a avivar los odios calmados con la Transición, y a deslegitimar para el ejercicio del poder a media España. Esto último ya se intentó y no funcionó.