Usted está aquí

Ulrich Beck y la crisis financiera

Según él, ante los riesgos financieros globales "entran en escena los neoliberales del núcleo duro, quienes ante el peligro se han convertido de repente desde la fe en el mercado a la fe en el Estado. Ahora rezan, mendigan y suplican para ganarse la misericordia de aquellas intervenciones del Estado y de las donaciones multimillonarias de los contribuyentes que, mientras brotaban los beneficios, consideraban obra del diablo".

El uso de la etiqueta "neoliberal" ya hace sospechar de la falta de rigor intelectual de su mensaje, que adereza con sus patéticas menciones a la fe, los rezos y la misericordia, como si estas cuestiones no pudieran conocerse sino que sólo pudiera creerse o no en ellas de forma arbitraria. Beck continúa metiendo la pata al identificar a "quienes reclaman la intervención del Estado para salvar a la economía de sí misma: son los jefes de bancos y los altos directivos de la economía mundial". ¡Estos son el núcleo duro del liberalismo! O sea que el liberalismo enseña que la economía no puede planificarse de forma centralizada (¿habrá quedado algo de Hayek en la London School of Economics?) y tenemos que tragarnos que los liberales más radicales son quienes dirigen la economía mundial: "John Lipsky, uno de los dirigentes del Fondo Monetario Internacional y reconocido fundamentalista del libre mercado" y "Josef Ackermann, jefe del Deutsche Bank". ¿Burócratas de altos vuelos de las instituciones financieras como fundamentalistas del libre mercado? ¿Qué está fumando este hombre?

No hay que ser una lumbrera para entender que a los jefes de los bancos les encantan las intervenciones del Estado que perpetúan sus privilegios en el ámbito de las finanzas, como poder cobrar intereses por préstamos creados de la nada o disfrutar de garantías institucionales frente al fracaso masivo de sus malas inversiones; y las donaciones multimillonarias rara vez son demonizadas por quienes las reciben, haya crisis o bonanza.

Según Beck, si un economista "fuera sincero, tendría que admitir dos cosas: que la historia de esta crisis es una historia del fracaso del mercado, y que en todas partes gobierna el desconcierto, o más bien la brillante ignorancia". Obviamente está proyectando psicológicamente con mucha sinceridad su propio desconcierto y su nada brillante ignorancia.

Acierta parcialmente al mencionar que la diversificación de riesgos crediticios para intentar reducirlos ha terminado ocultándolos y extendiéndolos, dañando gravemente la confianza. Y conoce el problema del riesgo moral, que "el convencimiento certero de que, en una crisis, el Estado al final acabará salvándoles, permite a los bancos y a las empresas financieras hacer negocios en los tiempos de bonanza sin una excesiva conciencia de los riesgos". Pero aún así sigue creyendo que el problema es el mercado libre (que en este caso claramente no existe porque la libertad y la responsabilidad son inseparables) y no hace ninguna mención a las distorsiones de los tipos de interés por los bancos centrales como causantes de los ciclos económicos. "Ahora se sabe en todas partes que ya nada funciona sin el Estado". Beck es omnipresente y sabe lo que todos saben: nada funciona sin el Estado, fascismo puro.

Se sorprende de que se hayan disuelto sistemáticamente las instituciones de Bretton-Woods. Extraña sorpresa ante lo que no ha sucedido: el FMI y el Banco Mundial siguen allí. Pero él se refiere a que "los mercados están más liberalizados y globalizados que antes, pero las instituciones globales, que controlan su actuación, tienen que aceptar drásticas pérdidas de poder". Pobrecitas las instituciones globales en vías de extinción: nosotros sin saberlo y estamos a un paso del patrón oro, de que se cierren los bancos centrales y de que la banca respete los principios fundamentales del derecho.

Como de economía y finanzas está pez, trata de ir hacia su terreno: "las crisis financieras globales tienden a generar convulsiones sociales y a desencadenar riesgos o colapsos políticos". Parece que "lo que era todavía impensable hace pocos años se perfila ahora como una posibilidad real: la ley de hierro de la globalización del libre mercado amenaza con desintegrarse, y su ideología con colapsarse"; "los políticos dan pasos en contra de la globalización"; "se ha redescubierto el proteccionismo"; "algunos reclaman nuevas instituciones supranacionales para controlar los flujos financieros globales, mientras otros abogan por sistemas de seguros supranacionales o por una renovación de las instituciones y regímenes internacionales"; "la ideología del libre mercado es un recuerdo marchito y que lo opuesto se ha hecho realidad: la politización de la economía global de libre mercado"; "se pone de manifiesto el potencial destructivo en lo social y político de los riesgos que entraña el mercado global".

Con necios actuando como profesores universitarios no es extraño que la gente culpe al mercado libre y pida ayuda a los auténticos responsables, los políticos estatistas. "En los tiempos que corren, los banqueros actúan como los abogados defensores del libre mercado. Si el castillo de naipes de la especulación amenaza con desmoronarse, los bancos centrales y los contribuyentes deben salvarlo. Al Estado sólo le queda hacer por el interés común lo que siempre le reprocharon quienes ahora lo reclaman: poner fin al fracaso del mercado mediante una regulación supranacional".

Si la gente común sabe poco de economía, aún sabe menos de finanzas. Así se explica que un sistema financiero éticamente ilegítimo basado en dinero fiduciario sin respaldo real de curso legal impuesto coactivamente por el Estado y manipulado por un Banco Central se considere un mercado libre.