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Un poeta liberal

Para Friedrich Schiller la libertad es previa al poder: “el gobernante no produce la libertad; se puede dejar que uno sea libre, pero no darle la libertad. …La libertad está en el punto medio entre la presión legal y la anarquía” (De la gracia y la dignidad). Presenta en Fiesco una idea en línea con Smith: “Los seres de naturaleza superior pueden distinguir los eslabones más diminutos de la cadena que conecta una acción individual con el sistema del universo, y acaso ver cómo se extienden hacia los límites extremos del tiempo, pasado y futuro; pero el ser humano muy rara vez ve más allá de los hechos sencillos, desprovistos de sus diversas relaciones de causa y efecto” (cf. Alberto Benegas Lynch (h.), “Schiller poeta de la libertad”, aquí: https://bit.ly/2qwNFHo.)

Hay clamores en favor de la libertad en varias de sus obras (cf. Schiller y la libertad), como en Demetrio, donde el protagonista alude a Polonia y exclama: “Trasplantaré a mi tierra la gloriosa libertad que aquí me rodea”; y en Guillermo Tell: “El precioso tesoro de la libertad”. Pero también en favor de las instituciones de la libertad, como sucede en La doncella de Orléans con la propiedad y el comercio: “Nuestro pueblo es pueblo de mercaderes, y cuanto hay precioso bajo el cielo, afluye al mercado, para recreo y contento del ánimo”.  Ahora bien, no hay libertad sin responsabilidad, como remarca la propia Juana de Arco: “El espíritu que me inspira, sólo me descubre los destinos del mundo. Tu suerte privada se halla en tus manos”.

Schiller incluye críticas al poder: “Es muy raro que suban al trono los ángeles; y aún más raro que bajen de él siendo ángeles” (Fiesco);  “La avaricia de los gobernadores extiende sus latrocinios hasta el último confín de la naturaleza” (Guillermo Tell);   “El deleite de los potentados de este mundo es insaciable hiena que busca sus víctimas con hambre jamás harta” (Intriga y amor); “El poder es siempre un gigante para los débiles…un rey recientemente elegido puede hacer hogueras con las leyes” (Don Carlos). Se elogia la división de poderes en María Estuardo: “¡Ay de la víctima, cuando unos mismos labios formulan la ley y pronuncian la sentencia!”. Y se proclama en Los bandidos: “nuestras leyes constituyen los límites de nuestro poder…son las instituciones más admirables”.

En la trilogía de Wallenstein también hay liberalismo: “El poder extravió su corazón” (El campamento de Wallenstein); “el río rodea los campos de trigo y las colinas con viñedos, honrando los sagrados lindes de la propiedad” (Los Piccolomini); “los impuestos nos golpean hasta derribarnos” (La muerte de Wallenstein).

En Fiesco se advierte sobre el peligro de las revoluciones: “Es evidente que Fiesco derrocará al tirano. Es igualmente evidente que se volverá un tirano aún más peligroso”. Y se rechaza la redistribución forzada: “No perdonamos al ladrón porque regale lo que saquea”.