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El Gobierno, y no la grasa, engorda

"Predigo la felicidad futura para los americanos siempre que el Gobierno no malgaste el esfuerzo de la gente bajo la pretensión de querer cuidar de ella".
Thomas Jefferson (1743-1826).

Dicen, y estoy de acuerdo, que hablar de Gobierno limitado es un desiderátum contrario a la realidad pues la realidad misma del Gobierno –como de cualquier monopolio- es crecer y expandirse ajeno a limitaciones. En este sentido, desde el comienzo de las democracias liberales allá por la Ilustración el Gobierno ha irremediablemente crecido y engordado a expensas de la sociedad civil. Pero en esta ocasión no me quiero referir a esto, sino a otra cuestión con matiz: el Gobierno te engorda. Me explicaré.

Decir que la grasa no engorda y, aún más, que hay que comer grasa para perder grasa es sencillamente una herejía nutricional. Esto da muestra de hasta qué punto hemos asumido unas recomendaciones pasadas por agua y contrarias a las evidencias. En los años 50, Kekwick y Pawan, de la Universidad de Londres, publicaron un estudio tan revelador como hoy ignorado. Sometieron a dos grupos de pacientes a una dieta muy baja en calorías, exactamente 1.000 diarias. Pero mientras un grupo consumía el 90% de dichas calorías provenientes de carbohidratos, el otro grupo consumía el 90% procedentes de la grasa. ¿Qué sucedió? Sólo perdieron peso los que consumieron un 90% de sus calorías en forma de grasa.

En el fondo, sólo hay que salir ahí fuera: desde los 70 hasta los 2000 los norteamericanos han reducido del 40% al 34% el aporte de sus calorías totales en forma de grasas y aun así han ostensiblemente engordado. Para entender nuestra sociedad grasofóbica, engañada y por ende ‘enfermante’ es imprescindible entender el rol del que parece haberse convertido en uno de los mayores enemigos de la salud pública: el Gobierno.

Los norteamericanos como nación, y el resto de países occidentales por imitación, comenzaron poco a poco a reducir el consumo de grasas –especialmente animales- tras la II Guerra Mundial impelidos por las recomendaciones políticas que tomaron forma definitiva y oficial en los Objetivos Dietéticos para los Estados Unidos de 1977. Si el Gobierno urgía a reducir el consumo de grasas, la consecuencia lógica acabó produciéndose: desde los años 70 hasta finales de los 2000, el 65% del aumento de calorías totales en la dieta del estadounidense medio no se debe a la grasa, sino a los carbohidratos.

En realidad, aquellos Objetivos Dietéticos de 1977 sólo fueron el comienzo de un constante hostigamiento burocrático contra la grasa acompañado del consiguiente ungimiento de los carbohidratos como nutriente perfecto. Así, en 1986 la FDA afirmó que el azúcar no sólo era seguro sino además saludable, ¡incluso para los diabéticos! No es de extrañar que la Asociación Americana de Diabetes (ADA), promocionada por el Gobierno americano, promueva entre los diabéticos dietas altas en carbohidratos, precisamente aquéllas que desmandarán sus niveles de glucosa e insulina. Es como recomendar trabajar en una central nuclear para prevenir el cáncer. Saber que Schweppes es una de las fuentes de financiación principales de la ADA puede hacernos entender algunas cosas. Y quien diga que con la llegada de los 2000 esta pesadilla comenzó a llegar a su fin se equivoca, y mucho: en 2011 el Congreso americano aprobó que la salsa de pizza se contaría como una ración de vegetales en los colegios. Y hablando de colegios, no olvidemos que la expropiación gubernamental de la educación ciudadana tiene realmente un profundo objetivo: la expropiación de nuestras mentes.

Al extenderse como la pólvora el mantra de lo desnatado y desgrasado al límite que ya sólo nos conformamos con el absoluto 0% de grasas, la desnutrición ha ido de la mano. Cómo puede uno obtener y absorber nutrientes esenciales solubles en grasa como las vitaminas A, E, D o K2 con una dieta sin prácticamente grasa permanece como uno de esos misterios que jamás se plantearán las preclaras mentes políticas, obsesionadas con imponer su verdad siempre antes que dejar que sus ciudadanos practiquen la libertad.

Y es que la verdad por decreto del Gobierno, también en los aspectos nutricionales, ha dramáticamente perjudicado el sano proceso de libre competencia y evolución de ideas, teorías y postulados en el ámbito de la salud y nutrición. Cuando, como es mi caso, uno se propone divulgar la importancia de la limitación de los hidratos de carbono, el infierno metabólico del azúcar y la fructosa aislada, la necesidad de incorporar determinadas grasas animales y tradicionales a nuestra dieta se topa de frente con un difícilmente franqueable muro de millonarias subvenciones gubernamentales que arrollan las mentes de los ciudadanos en forma de maná de carbohidratos caído del cielo como promesa mesiánica de nuestros líderes para una salud perfecta. Y si todo esto luego resulta mentira –que lo resulta-, los políticos vuelven a sacar rédito del asunto en tanto tendremos que pasar por la caja de las farmacéuticas compadreadas por ese mismo Gobierno, instaurándose lo que podemos llamar acertadamente una farmocracia.

El revolucionario y libertario Thomas Jefferson afirmaba que resultaba tiránico que uno tuviera que subsidiar opiniones contrarias a la suya. ¿Por qué tengo con mis impuestos que acabar promoviendo teorías e ideas nutricionales que creo falsas y aun perjudiciales? ¿Por qué tengo que subsidiar con el fruto de mi trabajo detraído en impuestos a los agricultores de maíz, trigo o soja, tres de los cultivos más hipersubvencionados en EEUU? Si en 1982 suponía el 12%, hoy el 23% de los presupuestos de compras de los supermercados norteamericanos va destinado al abastecimiento de dulces y alimentos procesados. Con una economía en crisis, uno acaba reduciendo su presupuesto alimentario. Y, ¿qué es lo más barato? Los alimentos más proinflamatorios y ricos en carbohidratos o grasas artificiales puesto que son los más subvencionados por el Gobierno.

La metafórica mano invisible del mercado y la cooperación voluntaria la hemos sustituido, también alimentariamente, por el puño bien visible del Gobierno y la coacción siempre forzosa. En Estados Unidos y Canadá hace tiempo, por cierto, tiene importante auge el movimiento en favor del etiquetado de los alimentos transgénicos hasta el punto de haber llegado a ser tema de debate político. Se trata al fin y al cabo de saber lo que comemos. En 2018, todos los estadounidenses encontrarán cuidadosamente etiquetados los alimentos con compuestos transgénicos pero no debido a un decreto gubernamental, sino gracias a la decisión de la mayor cadena de alimentación natural del mundo para sus supermercados: la empresa privada Whole Foods Market. Cinco años pues es el plazo para todos los que deseen seguir siendo proveedores del número uno mundial en alimentación natural para adaptarse a este etiquetado. En el asunto de los transgénicos, podemos decir que de momento Empresa privada, 1; Gobierno, 0. Una vez más se demuestra que cuando se le deja funcionar, el proceso de mercado atiende mejor y más rápidamente los intereses de los ciudadanos que el anquilosante proceso político. De hecho, el gigante de la alimentación natural y orgánica Whole Foods Market es producto del emprendedor John Mackey comprometido con demostrar que la conciencia social, comunitaria y la mejora de las condiciones de nuestros prójimos está al otro lado de los predios del Gobierno (donde impera la Ley de Hierro de la Oligarquía); esto es, en la sociedad civil, el tejido de relaciones voluntarias que denominamos "mercados" y el emprendimiento. Mientras el político es un monopolista aprobado o reprobado por los cautivos consumidores de sus servicios cada cuatro años, el empresario es aprobado o reprobado por los voluntarios consumidores de sus servicios cada día. Así pues, en el auténtico proceso de libre competencia, no gana el más fuerte, sino el que mejor sirve a la sociedad, el genuinamente más social cuyo favor del público debe renovar cada uno de sus días.

Quien crea que la nutrición y la ciencia social y política son cosas que deben separarse no alcanza a entender la guerra que hay ahí fuera. Hoy, comer es un acto social y político. En mi caso, seguir la paleodieta antiinflamatoria que promuevo supone un desacato y un acto revolucionario. Y yo me rebelo contra que la verdad absoluta provenga de la Derecha, la Izquierda o el Centro. Porque sólo hay un Abajo de la opresión y coacción, y un Arriba de la emancipación y autonomía de cada individuo.

Sin libertad, y el rechazo del absolutismo del Gobierno, no puede haber Verdad.

juventudybelleza.com / @AdolfoDLozano