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La pregunta no es quién vota, sino sobre qué

En los últimos días, y a propuesta del partido socialista y separatista ERC, ha saltado a los medios de comunicación y a la siempre demagógica opinión pública la propuesta legislativa referida al voto de los menores de edad, a partir de los 16 años. No vamos a entrar en los absurdos argumentos esgrimidos por los defensores de la medida, pero para muestra un botón: la diputada socialista que ha defendido en Cortes la propuesta ha afirmado que tendría sentido porque hay menores que pagan impuestos. Tortuoso camino recorre; muchos de los votantes de su partido, a fuerza de dádivas y exenciones, no pasan por caja estatal: ¿a esos les quitamos el voto?

Al hilo de la insensatez jurídica que supone la propuesta, debemos traer a colación una serie de argumentaciones. Ya hemos hablado en este mismo medio acerca de los males de la democracia tendente al totalitarismo, y la necesidad de entender esta como un medio, y no como un fin. Del mismo modo hemos citado -en este artículo no encontrarán citas al pie, lo absurdo del tema no encuentra casi bibliografía- a Bastiat en La Ley, que nos recordaba que cuando el legislativo todo lo puede, la pugna política se centrará en obtener el mando para reclamar beneficios lobbísticos o partidistas, que vienen a ser dos caras de la misma moneda. Afirmaba Allende (que no murió en vano, se esforzó y consiguió con el colectivismo dejar una de las inflaciones más elevadas de la historia) que "ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica". Una pena que en esta España nuestra, ser revolucionario consista en estar a favor de la indemnización por despido, la vivienda de promoción pública para todos y la educación adoctrinadora estatal. Todo medidas públicas del franquismo, que la izquierda dolosamente de arroga como propias al llamarlas "conquistas sociales". No se engañen: lo verdaderamente revolucionario es la Libertad.

Las fuerzas de izquierda no apoyan el voto de aquellos que ni se someten al Código Penal, o que necesitan el permiso de Papi y Mami -o en neolengua, progenitor A y progenitor B- para el viaje de estudios porque crean que el "invierno demográfico" europeo (causado parcialmente por su tendencia a destruir la familia) precisa de nuevos votantes; es mucho más sencillo. Buscan ampliar el espectro de voto por el lado de los que mayoritariamente les votarán a ellos: es muy fácil ser socialista con el dinero de los demás. Recuerden esto; en pocos años la siguiente propuesta será la edad máxima de voto. Los mayores mejor que no voten, que son de derechas.

Aunque critiquemos -como lo hacemos- la democracia expansiva, no debemos olvidar que en la visión minarquista, votar es una opción (en ocasiones mal llamado derecho) que nos asiste, sin caer en las tendencias del republicanismo, que pretende que votar también sea obligatorio. Hace falta centrarse en votar menos, y no en extender el voto a quien no puede asumir obligaciones al adquirir esos "derechos". ¿Va a poder vincular al resto de cara a reformas penales el que se somete a una legislación laxa y propia? ¿Va a poder opinar vía urnas sobre desahucio aquel al que la legislación no permite firmar hipoteca? ¿Va a poder votar sobre reglamento de vehículos a motor la que legalmente no puede conducirlos? Preguntas sin respuesta que no son sino la enésima demostración de la improvisación de nuestros insignes representantes a la hora de proponer novedades, y de su insensatez irresponsable al ver el contenido de las mismas. A todo lo anterior, por si no fuera suficiente, se añade: ¿no se suponía que con la sacrosanta democracia, todo el que votaba podía ser votado? ¿La siguiente sandez en caer será la de tener diputados de dieciséis años, que vayan al Congreso con el chándal del instituto? Absurdo.

En los últimos años las reformas en materia de edad y capacidad han venido del ala socialdemócrata (como si quedase algún no socialdemócrata en la política española) de las Cortes, para clientelizar -aún más- a un incipiente electorado que de por sí venía con el habitual lavado de cerebro de la enseñanza estatal. Sin atender a criterios de necesidad más allá de la propia del que legisla. No podrán beber hasta los dieciocho, pero sí abortar y votar.

Debe quedarnos ese consuelo: cuando asesinen a un niño en su vientre o introduzcan la papeleta de "el Cambio", al menos, no irán borrachos.