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La sociedad abierta y sus enemigos

El filósofo Karl Popper describió magistralmente las dificultades que enfrenta nuestra civilización en su libro "La Sociedad Abierta y sus Enemigos". Los "indignados" del Movimiento 15M deberían leer esta obra intelectual que critica el "historicismo" determinista y explica el proceso de lenta transición sociocultural desde una sociedad tribal (o cerrada) de decenas o cientos de individuos hacia una sociedad abierta (o civilizada) caracterizada por la interacción en libertad de millones de ciudadanos.

En el año 1945, Popper explicaba cómo se pueden producir involuciones que son "guiadas" por la ingeniería social utópica de colectivos que difunden prejuicios, anatemas y falacias que, si se imponen, imposibilitan las reformas que conducen hacia mayores cotas de libertad y democracia.

Conviene recordar cómo, bajo la demagogia populista del "peronismo", la bella Argentina abandonó el club de los países desarrollados durante la segunda mitad del siglo XX y, lamentablemente, el proceso de emigración de argentinos brillantes y emprendedores ha sido incesante desde entonces. Y, desde luego, conviene observar con atención otros procesos de involución institucional aún más agresivos como los que padecen Venezuela, Ecuador o Bolivia.

El maremágnum de ideas utópicas, la carencia de propuestas concretas más allá de cuatro parrafadas, los intentos de manipulación desde grupos de extrema izquierda, la estética radical y las recientes performances en las sesiones de investidura de los Parlamentos y Ayuntamientos han terminado por desenmascarar un movimiento de "democracia asamblearia" que parece determinado a llevarnos hacia la argentinización de España.

Las últimas encuestas [1][2] muestran una elevada desafección ciudadana con los partidos políticos, las ideologías y la casta dirigente y, al menos inicialmente, cierta simpatía hacia los "indignados" del Movimiento 15M, que ha ido descendiendo aceleradamente después de la celebración de las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo.

Por ello, algunos entendemos que lo mejor que pueden hacer los indignados es organizarse legalmente en un partido político y ofrecer sus propuestas al conjunto del electorado por los cauces legalmente establecidos, actuando de forma pacífica y respetando a las demás personas, sin presiones ni coacciones callejeras, y sin molestar ni increpar a los ciudadanos.

Ante el descontrol de las movilizaciones acaecidas, resulta conveniente recordar a Popper en estos momentos, porque señalaba cómo los marxistas llaman ‹‹mera libertad formal›› a la democracia para justificar el incumplimiento del ordenamiento jurídico establecido:

Esta ‹‹mera libertad formal››, es decir, la democracia, el derecho del pueblo a juzgar y expulsar del poder a sus gobernantes, es el único medio conocido para tratar de protegernos del empleo incorrecto del poder político, su esencia consiste en el control de los gobernantes por parte de los gobernados.
(Popper, 2010: 342).

Y, efectivamente, la democracia constituye la base de la libertad de los ciudadanos siempre que arraigue con una estructura institucional que proteja de modo eficiente los derechos fundamentales a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad ante la ley por encima de las actuaciones de los Gobiernos y Parlamentos de turno.

Sin embargo, se constituyen en enemigos de la sociedad abierta los intervencionistas "de todos los partidos", e incluso de fuera de los mismos, porque critican el régimen democráticamente establecido para defender menos libertad, más Estado, más impuestos y expropiaciones y, si se les permite, movilizaciones y revoluciones para tomar el control de la calle y lograr por la fuerza el poder que les niegan las urnas.

Por otro lado, después de observar los eslóganes y protestas de los "indignados", es preciso recordar como Karl Popper señalaba que:

... debe desecharse el dogma de que el poder económico se halla en la raíz de todo mal, sustituyéndolo por la concepción de que han de tenerse en cuenta todos los peligros derivados de cualquier forma de poder incontrolado.
(Popper, 2010: 343).

Y otro tanto ocurre con las instituciones morales como la familia, el lenguaje, el dinero, el comercio, el mercado o la banca, cuando no son comprendidas y acaban siendo irracionalmente atacadas por "revolucionarios" que pretenden "guiar" el orden social según sus utópicas convicciones de lo que "debería ser" una sociedad.

Por mucho que los "indignados" del mundo no alcancen a entenderlo racionalmente, esas instituciones han sido generadas en un proceso de lenta evolución sociocultural, de un modo espontáneo y situado a medio camino entre lo racional y lo irracional, permitiendo al ser humano progresar desde los primitivos órdenes tribales de convivencia y economía de subsistencia hasta un orden extenso, complejo y abierto de colaboración que constituye la sociedad civilizada.

No deseo castigar en exceso a aquellos ciudadanos bienintencionados que se hayan sumado al movimiento 15M por motivos fundamentados como, por ejemplo, protestar por la deriva intervencionista de las autonomías, o por los privilegios y prebendas de la casta política. De hecho, aunque pecaban de generalistas y poco elaboradas, algunas conclusiones finales parecen sensatas cuando reclaman separación "real" de poderes, independencia judicial, control de las decisiones de los políticos (referéndum) o mejora del sistema electoral.

Sin embargo, entiendo que algunos deben aprovechar el verano para leer mejores libros que el panfleto político ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel, para poder reflexionar con seriedad, porque las reformas que necesita España deben ser coherentes con el desarrollo socioeconómico.

De hecho, existe un único camino para salir de la crisis institucional que, nuevamente aludiendo a Popper, nos insta a "interpretar la historia del poder político desde el punto de vista de nuestra lucha por la sociedad abierta", y solicita de los ciudadanos un permanente racionalismo crítico para "la defensa y el fortalecimiento de aquellas instituciones democráticas de las que depende la libertad" (Popper, 2010: 491).

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