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Los complementos monetarios

Fue Richard Page quien en 1826 expuso con más claridad el llamado "principio monetario", frontispicio de toda la Escuela Monetaria: "Sólo se da una situación saneada y bien regulada cuando no circula una cantidad numérica de papel superior a la que, de no existir éste, hubiese circulado de metales preciosos". Bajo estos presupuestos, parecía lógico que se mirara con desconfianza a los bancos, cuyo negocio consistía precisamente en crear "medios de pago" por encima de la cantidad de oro con la que contaban en reservas.

Frente al principio monetario fue John Fullarton quien en 1845 formuló el llamado "principio bancario" –más popularmente conocido como la ley del reflujo de Fullarton– al afirmar que: "Dado que los billetes de banco se emiten siempre como préstamos, cuando el préstamo vence se ha de devolver al banco la misma cantidad de billetes emitidos (...) El banquero sólo se ha de preocupar de que sean emitidos contra garantía de suficiente calidad y el reflujo y la emisión siempre se compensarán a largo plazo".

La escuela austriaca ha seguido de forma mayoritaria las conclusiones del principio monetario. De ahí, por ejemplo, que Mises hable de "sustitutos monetarios" para referirse a los billetes o a los depósitos bancarios: son medios de pago que se crean para cumplir las funciones que habría satisfecho el oro inmovilizado en sus reservas, pero no unas funciones nuevas y distintas a las del oro. Como mucho, si esos sustitutos monetarios tienen carácter fiduciario (no están respaldados por oro) generarán inflación, pero nunca riqueza.

Sin embargo, en mi opinión, los seguidores del principio monetario no se dan cuenta de que la única manera de saldar una deuda (esto es, de pagarla) no es sólo a través de la entrega de una cantidad de dinero, sino que, siguiendo a Henry Dunning Macleod, existen al menos tres formas adicionales:

  • La condonación: El acreedor exime del cumplimiento de la obligación al deudor.
  • La novación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la constitución de una nueva obligación a su favor modificando alguno de los términos de la antigua (ya sea la identidad del deudor, el contenido de la obligación o el vencimiento de la deuda).
  • La compensación: El acreedor de una obligación acepta saldarla a través de la cancelación de otra obligación de la que es parte deudora.

El dinero sólo sirve para saldar las obligaciones de contenido monetario a través de su cumplimiento estricto (esto es, entregando el deudor la cantidad de dinero pactada y recibiéndola el acreedor). Pero los otros tres mecanismos son medios de pago igualmente legítimos de saldarla y que pueden arbitrarse al margen del dinero.

Proponer que una sociedad restrinja sus medios de pago al dinero supone limitar sus posibilidades de coordinación. Y no olvidemos que el dinero es sólo uno de los mecanismos con los que evolutivamente se dota un sistema económico para coordinar a sus agentes, pero no tiene por qué ser el único.

Por este motivo, los mal llamados medios de pago fiduciarios (no respaldados 100% por dinero, aunque sí por otro tipo de bienes con mayor o menor liquidez) no vienen a cumplir necesariamente las funciones que habría cumplido éste y, por ello, resulta confuso y equivocado denominarlos sustitutos monetarios. Más adecuado sería llamarlos "complementos monetarios", ya que sin ellos numerosas transacciones no llegarían a producirse.

Por ejemplo, los comerciantes acudían a las ferias medievales con su mercancía pero sin prácticamente oro. Una vez allí, se desprendían de sus mercancías girando letras y adquirían otras mercancías endosando letras (novación de la deuda). Finalmente, cuando la feria concluía, se ponían todas las letras de cambio en común y los saldos netos se pagaban en oro (compensación y posterior entrega de dinero).

Es muy probable que estos centros empresariales nunca se hubiesen desarrollado, o al menos no en toda su extensión, en caso de que los comerciantes no hubiesen podido recurrir a estos complementos monetarios. Por un lado, cada comerciante debería haber acudido a la feria con más oro del que probablemente disponía (y del que realmente necesitaba, porque su intención en la feria no era vender su mercancía, sino utilizar su mercancía como medio de pago para comprar la mercancía de otro comerciante) y, por otro, transportar semejante cantidad de oro a tan largas distancias los convertía en presa fácil de los delincuentes, con el mayor riesgo empresarial que ello suponía.

Por este motivo, creo que la adhesión de la mayoría de los austriacos al principio monetario supone un grave error que debería ir corrigiéndose con el tiempo si es que queremos favorecer el avance de la ciencia económica. Probablemente por estar preocupados por combatir las supercherías inflacionistas de John Law –según las cuales el incremento de la cantidad de dinero en una sociedad es fuente de riqueza– hayan tendido a negar prácticamente cualquier contribución de los complementos monetarios al desarrollo económico. Pero si la única función de los bancos es hacer lo que habríamos hecho sin ellos, realmente se vuelven superfluos salvo por cuestiones de seguridad y comodidad.

Es cierto que la cantidad de factores productivos o de bienes de consumo no aumenta por el hecho de que se incrementen los medios de pago. De hecho, no estoy proponiendo que aceptemos acríticamente el principio bancario, ya que los completos monetarios pueden ser fuente de nuevas coordinaciones, pero también de fuertes descoordinaciones (ciclo económico).

Sin embargo, tampoco deberíamos descartar la utilidad de los complementos monetarios por el hecho de que su emisión en apariencia no dé lugar automáticamente a más bienes consumibles o invertibles. Al fin y al cabo, la ciencia económica, decía Mises:

No trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, sobre las acciones humanas que de aquéllas se derivan. Los bienes, mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres (...) La producción no es un hecho físico, natural y externo; al contrario, es un fenómeno intelectual y espiritual.

La riqueza se crea coordinando más o mejor los planes de los agentes económicos, y no obsesionándose con aumentar la cantidad de objetos físicos. Los clásicos creían que el dinero era un velo monetario porque al final todas las mercancías se intercambian por mercancías. Hoy sabemos que una sociedad basada en el trueque no realizaría ni mucho menos las mismas transacciones que una sociedad que cuente con la institución social del dinero. Y ello con independencia de que la cantidad de objetos físicos que puedan ser consumidos o invertidos no se incrementara automáticamente con la aparición del dinero.

Si somos conscientes de ello con respecto al dinero, ¿por qué nos negamos a admitirlo para el caso de los complementos monetarios? No, la inflación no se debe a que se emitan medios de pago no respaldados por dinero, sino a que esos medios de pago pretendan sustituir el rol que debería desempeñar el ahorro a la hora de financiar la inversión a largo plazo. La emisión de complementos monetarios puede engendrar nuevas divisiones del trabajo y gracias a ellas incrementar nuestro bienestar futuro, como en el caso de las ferias medievales (ya sea en forma de más bienes y servicios o por otras vías).

Todo lo cual nos remite, otra vez, a que la reserva fraccionaria es habitualmente sólo un caso particular –aunque tal vez el más importante– de un problema mucho más amplio y complejo para explicar el ciclo económico: la iliquidez de los agentes económicos y, en especial, del sistema bancario.