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Que los viejos no voten

Recién conocidos los resultados de las Elecciones Generales, en los que la España que pide cambio ha dado al Partido Popular su tercera victoria consecutiva, y, pasados unos pocos días del referéndum del Brexit, cabe hablar sobre la malentendida democracia. Pero no venimos a comentar los resultados de lo primero ni de lo segundo, sino a dejar en negro sobre blanco la enésima vuelta de tuerca hacia la democracia totalitaria. Ya hemos escrito en esta misma casa sobre la imposibilidad de una abyecta democracia de fines en oposición a la imperfecta, aunque tolerable, democracia como medio. Hoy toca hablar de un tema que anunciamos hace unos meses, y que aunque era esperable no deja de resultar sorprendente.

Aquel mercado común surgido de la CECA, que buscaba aperturismo comercial y eliminación de aranceles, trataba de favorecer el único medio de crecimiento que el hombre ha conocido: el comercio. De aquellos tiempos, y tras años de burocratización y estatalización, surgió lo que Hoppe o Farage han llamado la Nueva Unión Soviética de Europa, una suerte de Eurocámara – Rada Suprema que decide sobre asuntos clave en la vida de todos. No compartimos ese punto de vista en su totalidad, pero no es menos cierto que no hay sentido en que una organización supranacional nacida para agilizar el comercio entre sus miembros y eliminar proteccionismos, termine legislando sobre LGTBfobia o subvencionando la popular serie Juego de Tronos. Y en ese mundo hiperdemocratizado, apareció la ultraizquierda con sus teorías antiglobalización, y la derecha mercantilista con el consiguiente proteccionismo, alentando el Brexit en Gran Bretaña, o en España hablando de recuperar la soberanía financiera. Los liberales podríamos alegrarnos de la salida de Gran Bretaña de Europa en términos teóricos, yo el primero; escapar del yugo de la regulación exhaustiva y poder decidir con quién comerciar.

En cuanto se conocieron los resultados del referéndum, los medios señalaron culpables; los mayores de 50 años. En España sólo hay que darse una vuelta por la caverna de cibervoluntarios y niños de papá que hoy sueltan espumarajos por la boca, para ver cómo desprecian el voto de sus abuelos –y casi de sus padres- por no votar por el cambio. La primera fase fue crear una democracia todopoderosa, eliminando la lucha de clases y con la que el 51% pudiera aplastar al 49 restante. Acabar con el sufragio censitario y abocarnos a una suerte de totum revolutum en el que el agricultor castellonense viera cómo el universitario leonés determinaba cuánto fertilizante podía usar. Una democracia donde la voluntad popular estuviera –y está ya- por encima de la libertad individual. Sólo hay que leer el artículo 128 de nuestra Constitución para tener clara la voluntad política colectivista del texto.

Y entonces, después de todo, ganó Brexit. Y entonces, por tercera vez, ganó el PP. Y los grandes demócratas que lograron que todo se vote, y santificaban la voluntad del pueblo como media de todas las cosas, se dieron cuenta de que quizás todos no podían votar, porque no convenía a sus intereses. Advirtieron que la democracia les beneficiaba cuando la mayoría votaba socialismo, pero no era tan atractiva cuando huía de las garras de los superestados. Demostraron que no creían en esa democracia para todos, sino que buscaban una democracia de los suyos.

Estos días leeremos titulares ingleses en los que los jóvenes lloran porque sus mayores han determinado su futuro: esos mismos mayores que, con lo que veían hurtado de sus patrimonios, han pagado la educación de los primeros. En España veremos cómo los iluminados colectivistas argumentan que “si hay edad mínima para votar, también debe haberla máxima”, y escucharemos la sempiterna falacia de que las monjitas llevan de la mano a los ancianos seniles a votar al PP. Historias para no dormir, tanto a un lado como al otro del Canal de la Mancha. Nos dijeron que podíamos votar sobre todo, nos convencieron de que con mi voluntad estaba facultado a determinar con quién se casaba este, qué fumaba aquel, o cuánto le quitaban de su riqueza al trabajador. Nos aleccionaron en que nuestro “deber” era votar, y que de no hacerlo no teníamos derecho a queja. Y también nos hablaron de solidaridad intergeneracional, de contrato social y de que la opinión de la mayoría era ley para la minoría. Nos contaron muchas mentiras para que fuésemos muy demócratas. Y ahora, que nos han convencido del todo, nos dicen que nuestros mayores no valen. Porque no son de los suyos.

Y aquí estamos. En la tesitura de ver que el siguiente paso vendrá de aquellos que se consideran herederos de los que acabaron con sufragios censitarios o dieron el voto a la mujer, pero quieren eliminar a los ancianos del sistema y prohibir que el que no vote cambio esté en la rueda. Por supuesto, la renuncia a la actividad electiva no eliminará la contributiva: los mayores que paguen y callen. Que dejen a los jóvenes sobradamente preparados decidir sobre sus pensiones y su sanidad. Porque ser la gente requiere unas atribuciones que los viejecitos no poseen. Lo importante no es quién vota, sino sobre qué. Hay que votar menos cosas, pero no olvidar que no se puede expulsar del censo a quien no nos guste. Parece que se busca un sufragio censitario donde las condiciones ya no sean de renta o nobleza, de estudios o posición social, sino las de afinidad en resultados. Eliminar de la lista a aquellos que, por mera lógica temporal votarán de forma más conservadora y menos rupturista; votarán estabilidad y libertad. A fin de cuentas, gente que no quiere ver el esfuerzo de toda una vida dilapidado por el Estado, porque han adquirido conciencia de lo que cuesta ganar el dinero y no se permiten el lujo de jugar al azar con el futuro. Las personas que no viven en la burbuja del carpe diem y la pseudociencia económica, los que hoy reciben el fruto de trabajar durante décadas y buscan actos y no intenciones. Aquellos que no necesitaron pisar la universidad para saber que no debes gastar más de lo que ganas, y que al trabajo se va a trabajar y no a hacer política. Esa gente, esos mayores, a los que muy demócratas desprecian.

Ya que tenemos que votar, dejemos votar a todos. Y no construyamos una democracia a la medida de los liberticidas.