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El regreso de Mr. Butskell

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De 1945 a 1979 la política del Reino Unido se caracterizó por un alto grado de consenso entre el partido conservador y el laborista al coincidir ambos en una amplia gama de objetivos políticos dirigidos a dar apoyo entusiasta al Estado del bienestar y a establecer una economía mixta a base de medidas keynesianas, modelo económico de demanda y régimen de reparto.

Se acuñó la denominación de Butskellismo para definir un modo de gobernar muy similar cualquiera que fuera el partido instalado en el poder, simbolizado tanto por el ministro de Hacienda conservador Rab Butler como por su antecesor en el cargo, el laborista Hugh Gaitskell. Se veía como algo completamente normal el gasto público desbocado, la bondad del mantenimiento de las nacionalizaciones y el otorgamiento de inmunidad y privilegios legales a los sindicatos, a los que se trató con guante blanco por aquella época.

Sin embargo, al término de este periodo la realidad fue que las trade unions camparon por sus respetos poniendo de rodillas a los sucesivos gobiernos de Wilson, Heath y Callaghan. Los violentos piquetes diseñados por Arthur Scargill y la implantación de errados incentivos en las empresas gestaron una aguda crisis de fines de los años 60 que duraría toda la década de los 70. Aquello dejó la economía y la productividad del Renio Unido "hechas unos zorros". Se tuvo incluso que acudir al FMI para solicitar su ayuda.

Margaret Thatcher denunció sin reparos dichas políticas consensuadas de la posguerra como destructoras netas de riqueza. Su llegada al poder supuso un punto de inflexión hacia políticas de privatizaciones, de desregulación y liberalizaciones, atando en corto a los sindicatos e intentando achicar el obeso e ineficiente Estado providencia mediante reducción del gasto público (el austero presupuesto público de 1981 se hizo célebre). Pero lo más importante de todo fue que se cambió de paradigma y de valores dominantes.

Fueron dichas medidas tan efectivas y contundentes para el saneamiento de la economía británica que al variar de color el gobierno tras John Major, el laborista Tony Blair –en su largo mandato como primer ministro– no osó cambiar las directrices principales que había fijado la dama de hierro, conformando una nueva época que vino a llamarse Blatcherismo.

Vargas Llosa, Mendoza y Montaner denunciaron en su brillante libro conjunto El regreso del idiota que la ideología marxista está fuertemente asentada en Latinoamérica y que, pese a sus clamorosos fracasos, volvía una y otra vez a manifestarse en diversas formas y caudillos. Mostraban lo difícil que es –por desgracia– cambiar el rumbo de la política en su sufrido continente. Lo mismo puede decirse de Europa con respecto a la socialdemocracia.

En el Reino Unido la actual crisis económica y financiera va a dar paso, sin duda, a un mayor intervencionismo del Estado en la economía. El laborista G. Brown no desaprovechará, como se ve, dicha oportunidad. Lo malo es que su contrincante, el conservador David Cameron, habla a veces como un perfecto centrista de consenso. Su trayectoria es aún una incógnita. El flamante Obama, por su parte, está tomando los pasos necesarios para europeizar y socialdemocratizar de igual modo a los EE UU.

En España no hemos dejado de padecer nuestro particular Butskellismo desde la época de la Transición (pese al primer interregno aznarista). Hoy está más vivo que nunca. Ante las ocurrencias progresistas de Zapatero, el líder de la "oposición" no hace sino poner paños calientes para amortiguar algunos de los excesos de su rival político pero no representa, desgraciadamente, una verdadera alternativa. Estamos embarcados sin remedio en un nuevo consenso político que calificaría de Zapajoyismo a la española.

La manera en que ninguno de ellos afronta la actual crisis para atajarla con determinación y la coincidencia de ambos partidos hegemónicos españoles en demasiados temas es tan clamorosa que no deja espacio a dudas: se ha instalado en nuestros pagos un paradigma único de pensamiento socialdemócrata redivivo.

Es, básicamente, la implantación de un régimen monopartidista disfrazado de bipartidismo (nacionalismos periféricos aparte) pensado para una sociedad adocenada y dependiente delEstado. ¡Bienvenido Mr. Zapajoy y el regreso de las viejas y gastadas recetas keynesianas de terceras vías!